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Columnistas
17/06/2016

“España y el manejo del multipartidismo”

“España y el manejo del multipartidismo” | VA CON FIRMA. Un plus sobre la información.

La crisis profunda que sacudió a Europa y a la península, también golpeó a los dos partidos tradicionales, incapaces de cumplir las expectativas de la población como hasta entonces. En ese contexto, la ciudadanía comenzó a dar entidad a dos nuevas formaciones políticas.

La política en España ha cambiado y esta es una afirmación que nadie puede negar tras la falta de gobierno, inédita en el país, desde que venciera el mandato de Mariano Rajoy, hoy presidente en funciones, y no se haya podido elegir aún su sucesor.

Recordemos que el régimen español es parlamentario y esto implica la elección indirecta del presidente del gobierno, que emerge del legislativo. Esto posibilita que tras las elecciones se realicen pactos que logren investir presidente al líder de un partido que no haya sido el más votado pero obtenga la mayoría por alianzas con otras fuerzas.

El país ibérico, que padeció una de las dictaduras más largas de las que se tenga memoria en la edad contemporánea, tuvo una transición a la democracia que fue modélica para muchos países que salían del autoritarismo. Esta transición terminó dejando un escenario político bipartidista. En ocasiones con claras mayorías y en otras con el apoyo de fuerzas políticas menores, los gobiernos de la democracia española se repartieron el poder en una alternancia entre el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y el Partido Popular (PP), representante de la centro izquierda el primero, y de la derecha, a veces centro derecha, el segundo.

Pero después de tantos años y tras la crisis profunda que sufrió Europa y golpeó duramente a España, algo cambió. La ciudadanía comenzó a darle entidad a dos nuevas formaciones políticas nacidas al albor de esas crisis y también de la de los dos partidos tradicionales, incapaces de cumplir las expectativas de la población como hasta entonces. Para ello contribuyó en demasía el ajustador gobierno de Mariano Rajoy, fiel seguidor de las recetas neoliberales para manejar las crisis, y los casos de corrupción que afloraron por doquier en la geografía española de los últimos tiempos, mancillando a las dos fuerzas históricas pero en particular a los representantes de la centro derecha que tienen en su haber auténticas tramas de corrupción en el manejo de los fondos públicos y de las finanzas partidarias. Las causas han salpicado hasta al mismo presidente del gobierno y a líderes principales del PP en varias regiones clave del país.

Esta situación provocó el ascenso de dos fuerzas, por un lado Ciudadanos, el partido del joven líder catalán Albert Rivera, de ubicación ideológica en el centro del espectro político y que ha tomado como bandera la política transparente, el rechazo sin ambages de la corrupción, y la necesidad de renovación. Por el otro lado, y como la herencia más clara de los movimientos de protesta, de la juventud sin esperanza ni confianza en la vieja política, de esos “indignados” que hicieron sentir su descontento en el país, nació Podemos. Una fuerza política de nuevo cuño, liderada por jóvenes politólogos de amplio discurso y de propuestas claras hacia un estado social y que pretenden renovar la política por izquierda.

Es así que desde las dos vertientes posibles del arco ideológico, al PP y al PSOE le han surgido fuertes competidores, como quedó demostrado en las elecciones del 20 de diciembre de 2015, las primeras en las que la competencia a cuatro se estrenó. El resultado fue claro, una amplia caída del PP, que pasó de 186 a 123 diputados, y también un PSOE en descenso, aunque menor, perdiendo 20 diputados e instalado en los 90, su peor resultado. Podemos con 69 diputados y Ciudadanos con 40 se convirtieron en los protagonistas necesarios de las negociaciones para formar gobierno.

El Rey encargó dicha formación a Mariano Rajoy, que rechazó el ofrecimiento por falta de apoyo, y luego a Pedro Sánchez, el líder socialista, que aceptó y empezó arduas negociaciones. Desestimó desde un principio aliarse con el PP y tuvo grandes oposiciones internas para pactar con Podemos, el partido que ya había casi hundido a la histórica Izquierda Unida y que podría hacer lo propio con el partido socialista. Finalmente y con el candente problema de los nacionalismos como fondo de disensos, pactó con el centro, con el partido de Rivera, en una coalición que necesitaba de otros apoyos o abstenciones para alzarse con la presidencia del gobierno. Esto no ocurrió y por primera vez en la historia española de la recuperada democracia, no hubo investidura posible y esto motivó el inicio de los dispositivos institucionales hasta ahora desconocidos, la repetición del proceso electoral.

En este marco pudimos presenciar esta semana el debate de los cuatro candidatos en la televisión española. Todo un signo si pensamos que en las elecciones anteriores el debate fue solo entre Rajoy y Sánchez. Más allá de lo allí ocurrido, que necesitaría otra reflexión, el propio debate es prueba clara de que el multipartidismo está instalado y con seguridad en las elecciones del 26 de junio se va a reproducir.

Esto plantea un gran interrogante. De las anteriores elecciones los partidos políticos no supieron o no pudieron recoger el testigo de la sociedad y lograr un gobierno de consenso. Ahora tendrán una segunda oportunidad pero con alteraciones, con las diferencias electorales que puedan producirse, con nuevas cifras de diputados, a luz de lo que la ciudadanía haya evaluado sobre estos meses que transcurrieron. La lectura de los resultados indicará quienes se equivocaron y quienes acertaron en las negociaciones previas. Pero también cuan heridos están los dos grandes partidos nacionales y como se recuperarán de lo que obtengan. También marcará el destino de las dos nuevas fuerzas y en especial de una de ellas, de Podemos, liderada por Pablo Iglesias, que insiste en un pacto por izquierda, que ya lo sustanció yendo juntos con Izquierda Unida, y que sigue tendiéndole la mano al PSOE, pero quizás pronto desde un lugar diferente, sobre todo si lo supera electoralmente. Las cartas están por echarse y el tórrido verano español tendrá un tiempo político agitado al que no están acostumbrados y que seguiremos de cerca. 

29/07/2016

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