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Neuquén
02/05/2016

Crónicas neuquinas

La Epet 17 en "estado crítico"

La Epet 17 en

El diagnóstico lo brindó la directora del establecimiento Graciela Ramos, en diálogo con "VaConFirma". Sin clases desde hace dos semanas, se agrava una situación que no da más.

Carlos Marcel *

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 Graciela Ramos dice “estoy vieja pero mi cabeza está espléndida”. Es la directora de la EPET 17, uno de los dos únicos colegios secundarios al norte de la avenida Novella y al Oeste de la calle Moritán que hay en la ciudad de Neuquén.

Cobijan una población de varios miles de pibes, de los cuales una pequeña porción de ellos están escolarizados. Dos colegios secundarios para uno de los sectores más poblados de la capital neuquina, en la que tratamos de vivir unas trescientas mil almas.

Graciela Ramos orilla la media vida y, en efecto, está espléndida. Pero luce cansada, hay pocas sonrisas en su rostro a la hora de hablar de “su” escuela y los ojos disputan una batalla sin cuartel y sin éxito para doblegar a sus párpados.

“Estamos en un estado crítico” dice, y eso es lo primero que cualquiera que pase por la vereda del edificio puede advertir. Los carteles escritos a mano que anuncian que no hay clases, las convocatorias a reuniones y los trapos de los alumnos que reclaman mejores condiciones, reflejan la estética de crisis que ocupa todo el espacio del colegio. 

Foto David Sánchez

Dos madres se agolpan frente a la secretaría y la dirección, separada de aquella por una pequeña puerta, mientras el teléfono no para de sonar. Graciela está sola y trata de atender dos cosas a la vez (tres, si consideramos al cronista parado en la escena, ubicado ni adentro ni afuera de la situación).

A la voz del teléfono le responde que no hay clases. Con las madres intercambia algunas palabras más, y las invita a la reunión de “la comunidad educativa” prevista para la tarde. La charla se decora con los trémulos lamentos que contextualizan la pena de las mamás, y hasta luego.

La secretaría tiene vidrios que dan al pasillo, muchos escritorios dispuestos con desdén por las formas geométricas y apenas tres sillas. Una las cuales acaba de ser ocupada por el flamante jefe de preceptores, que hoy tomó el cargo y acaso por eso haya ido a trabajar.

 

“Al principio tuvimos suspensión de clases porque no había auxiliares de servicio” cuenta Graciela y comienza a enumerar una serie de infortunios propios de un lugar maldito.

Dirá que las autoridades del Hospital Heller informaron que “el 70% de los adolescentes que padecen sífilis en toda la provincia”, concurren a estos establecimientos del oeste extremo de la capital; que se suceden los robos porque las familias están “enfrentadas” en los barrios que rodean a la escuela y porque la población allí “es complicada”; que luego del último robo violento se suspendieron las clases y ahí, ante la ausencia de las blancas palomitas, hubo espacio para notar el olor a gas, que unos pocos días después culminó con la voladura de la caldera; y que sus superiores en el Consejo Provincial Educación, como toda solución al faltante de sillas que tiene sin comenzar sus clases a una división de primer año, les ofrecieron rotar los cursos, de tal modo que tengan clases dos veces a la semana cada uno de los primeros años del colegio.

También dirá que no tiene ni secretaria ni pro secretaria; que el taller no funciona y sus alumnos deben hacer 20 cuadras para cursarlo en otro colegio (que a su vez no tiene el edificio habilitado) y que comen como pueden, porque el refrigerio, en esas condiciones, es muy difícil de implementar.

Es probable que siga hablando, pero uno se pregunta si ya no es demasiado. Por suerte está el grabador encendido. El cronista pone en mute a la directora y recuerda los avisos publicitarios de las campañas electorales. En uno de ellos, el ahora gobernador ponía voz de candidato y decía que lo más importante era la educación.

Vuelve a mirarla y Graciela sigue hablando. El colegio alberga a 540 alumnos este año, lo que da un promedio de 33 de ellos por cada aula, con capacidad para 28. Faltan Diez sillas por curso, para 16 cursos divididos en ocho aulas.

El estado de cosas

Cuando el cronista se cansa, la directora le ofrece un recorrido turístico incluido en la promo “vení que te lo cuento a ver si aguantas” y pasean, aula por aula. Son todas iguales. Iguales de maltratadas, con sillas ausentes, rayones de todo tipo y un clima de desamparo que no desentona con ninguna cosa que se pueda ver por ahí, salvo la directora, que está espléndida.

La sala de profesores tiene una mesa grande, dos sillas y una heladera. Cumpliendo alguna inexplicable función también tiene un pizarrón. Sin tizas, porque las tizas valen su peso en oro y se “administran” en pequeñas dosis que serán convenientemente sustraídas ante la primer distracción.

 

La “situación” no es crítica. Es repugnante. Es imposible, cree el cronista, no ingresar a esa escuela y preguntarse, cada vez como si fuera la primera “¿Cómo es posible?”.

¿Cómo es posible que TODO un gobierno no pueda resolver la compra de unas cincuenta sillas para la escuela?

¿Cómo es posible que alguien acceda a trabajar en semejantes condiciones?

¿Cómo es posible que un adolescente amenazado por toda una serie de incertidumbres encuentre aunque más no sea una respuesta, un aliento a algo que no sea frustrante o propicio a la rebelión?

¿Cómo es posible?

La situación de la EPET 17 no se arreglará con la caldera ni la calefacción. Ni con el regreso de las clases.

Hay algo más profundo allí que necesita ser ignorado para que todo siga igual.



(*) Conductor del programa “La Palangana” de FM Mix.
29/07/2016

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