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Franklin Delano Roosevelt fue una de las grandes figuras públicas del siglo XX. Fue electo presidente de los Estados Unidos en cuatro oportunidades (1932, 1936, 1940 y 1944), único caso de un presidente estadounidense con cuatro mandatos sucesivos (en 1951 se aprobó la enmienda constitucional que prohíbe la 3ª reelección). Murió de cáncer en 1945, a los 63 años de edad.
Le tocó presidir Estados Unidos en los años ’30, el pleno período posterior a la crisis de 1929, y su fama se asienta precisamente en que logró superar los efectos de la misma, aplicando el llamado “New deal”, un plan de medidas económicas keynesianas mucho antes que Keynes escribiera su obra publicada en 1936. En particular, se aprobó la creación de la Autoridad del Valle del Tennessee, un ambicioso plan de obra pública bajo la planificación estatal, se redujo la jornada laboral a 40 horas semanales, se aprobó la ley de salario mínimo y se crearon pensiones por desocupación, jubilación e invalidez.
Usted se podrá preguntar ¿A qué viene el hablar de Roosevelt y los años ’30 en una nota sobre la actualidad económica en Argentina de hoy?
La respuesta sería que tiene mucho que ver, especialmente cuando el actual gobierno procura una reforma laboral que tiene como objetivo aumentar los ingresos de los empresarios disminuyendo el costo laboral, flexibilizar el trabajo, tanto en horarios como en la posibilidad de despidos, y, en última instancia, bajar sueldos y jubilaciones.
El punto clave de la reforma propuesta es eliminar la cláusula legal actual que establece que los derechos laborales son irrenunciables. Esto implica suponer que el de trabajo es un contrato bilateral entre dos partes iguales, la patronal y el trabajador, cuando se sabe perfectamente que hay una relación de poder que rompe toda simetría: el empresario detenta el poder del capital y el posible empleado, que tiene una necesidad real e inmediata de obtener trabajo, se somete a las decisiones del empleador. Una cláusula de este tipo está anunciando el fin de la legislación social del país, algo a lo que no se atrevieron los intentos de reforma anteriores.
Por otro lado, hay que tener en cuenta que, simultáneamente al proyecto de reforma laboral, el Banco Central anunció la suba de la tasa de interés de referencia al 28,75% anual, lo que fomenta la especulación y la “bicicleta financiera”.
Roosevelt en 1932 sostuvo, refiriéndose a las causas que motivaron la crisis de 1929, que “…los salarios no subieron proporcionalmente a la recompensa que obtenía el capital y, al mismo tiempo, se permitía que el poder adquisitivo de grandes grupos de nuestra población se contrajese”. Es decir, “fue una insuficiente distribución del poder adquisitivo unido a una excesiva especulación en la producción” lo que llevó a la crisis de 1929. Las causas que incubaron la crisis fueron el aumento de las ganancias empresarias por pérdida del poder adquisitivo de la masa de trabajadores unido a una fuerte especulación. Precisamente, lo que son las consecuencias de la actual política económica y que el proyecto de reforma laboral, de aprobarse, profundizaría.
Para lograr la recuperación y el desarrollo económico, para Roosevelt, hay que hacer exactamente lo contrario; como dijo en 1933: “El aumento de los salarios y la reducción de las jornadas de labor no perjudicarán a ningún empleador. Por el contrario, una acción semejante beneficiaría más al empleador que la desocupación y los salarios reducidos, por cuanto crea un número mayor de consumidores para su producción.”
El camino al crecimiento argentino pasa por aprender de experiencias exitosas, como las que fue en su momento el “New deal” y, a partir de allí, tratar de profundizarlas. A pesar de las ocho décadas transcurridas, tenemos mucho que aprender de la política económica seguida por Franklin D. Rooselvelt.
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