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Columnistas
12/11/2017

La Revolución

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A casi 30 años de la caída del Muro de Berlín, hemos vuelto a presenciar las consecuencias devastadoras de un régimen concentrador de la riqueza que, al decir de un teórico capitalista como T.H. Marshall, es intrínsecamente generador de inequidades y desigualdades.

María Beatriz Gentile *

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Hace cien años, el  25 de octubre de 1917 (7 de Noviembre en el calendario gregoriano) el asalto al Palacio de Invierno consagraba la revolución más formidable que cambiaría la historia del siglo XX.

La Revolución Rusa fue hija de la guerra del siglo XX. En 1914 la vieja sociedad, la vieja economía, los viejos sistemas políticos habían perdido ‘el mandato del cielo’, escribió Eric Hobsbawm. Los partidos socialistas  europeos y sus bases obreras encarnaban la alternativa a un mundo que se diluía  en la miseria y en los dolores de la guerra pero también en el fracaso del orden liberal decimonónico.

Que en 1917 el régimen zarista fuera derrocado era esperable, lo que no se podía prever era lo que sucedería después. Rusia era un país atrasado y marcado por la pobreza con  núcleos urbanos que demandaban comida y se oponían a la contienda bélica. Donde el reducido proletariado industrial exigía la reducción de su jornada de trabajo y el campesinado su acceso a la tierra. Todo ello hacía suponer que a la caída de la dinastía Romanov debía seguirle una típica revolución burguesa capaz de dar las respuestas necesarias. Sin embargo lo que sobrevino fue una verdadera revolución social.

Como dice E.H. Carr la Revolución Rusa fue la primera que se proyectó como tal y se llevó a la práctica de manera consciente. Otras experiencias que fueron llamadas ‘revoluciones’ como la inglesa de 1689,  la francesa de 1789,  o las gestas por la independencia americana no se vieron a sí mismas de esa forma  e incluso sus protagonistas pocas veces osaron mencionar la palabra revolución. La bolchevique en cambio, construyó sus herramientas teóricas,  su aparato político y su proyección de futuro. Su finalidad no fue instaurar la libertad y el socialismo en Rusia sino llevar a cabo la revolución proletaria a escala  mundial

Su repercusión no tuvo parangón en la historia. Gran parte del siglo XX se dirimió en el enfrentamiento entre las fuerzas del viejo orden y la revolución social.

El socialismo soviético fue por mucho tiempo el fantasma destinado a enterrar definitivamente al capitalismo. Sin embargo los proletarios del mundo no se unieron y este último no logró ser derrotado.

Para León Trotski la revolución terminó con la llegada de Stalin y de ahí su fracaso. Así y todo, 30 o 40 años después de que Lenin llegara a Petrogrado, un tercio de la humanidad vivía bajo regímenes que derivaban del modelo organizativo del partido comunista.

Al valorar estos 100 años de historia podemos coincidir con Boaventura de Sousa Santos, que uno de los mayores triunfos de la revolución rusa fue haber planteado todos los problemas que las sociedades capitalistas enfrentan aún hoy. Mostró a las clases trabajadoras que había una salida a la miseria y a la explotación, al desempleo y al hambre. Que la relación entre capitalismo y democracia era, y lo sigue siendo, contradictoria. Porque mientras el primero se siente seguro sólo si es gobernado por quien se identifica con sus ‘necesidades’, la democracia es idealmente el gobierno de las mayorías que no tienen capital ni razones para identificarse con él.

Paradójicamente su colapso en 1989 demostró que mientras duró su estabilidad y fue considera una amenaza para el Occidente, muchas de las conquistas sociales del siglo pasado fueron posibles. Hoy a casi 30 años de la caída del Muro de Berlín, hemos vuelto a presenciar las consecuencias devastadoras de un régimen concentrador de la riqueza -que al decir de un teórico capitalista como T.H. Marshall- es intrínsecamente generador de inequidades y desigualdades.

La Revolución Rusa construyó una alternativa. Abrió las puertas a la indeterminación desafiando las creencias sobre la fatalidad de la historia. Se rebeló a sus propias condiciones de atraso y decadencia. Tomó el cielo por asalto y les devolvió a mujeres y hombres la confianza en ser artífices de su propio destino. Este fue tal vez su mayor mérito.



(*) Doctora en Historia, rectora de la Universidad Nacional del Comahue.
29/07/2016

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