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Columnistas
02/04/2017

El partido de los derechos humanos

El partido de los derechos humanos | VA CON FIRMA. Un plus sobre la información.

Las organizaciones de DDHH cuentan con una larga permanencia y una extraordinaria capacidad para atraer a nuevos colectivos de todas las edades y situaciones socio profesionales.

Gabriel Rafart *

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“Las organizaciones de derechos humanos se han convertido en partidos políticos” sentencia un editorialista de domingo después de la movilización del 24 de marzo. Y sigue: “a partir de esa aceptación que era ya inocultable en su relación con el kirchnerismo, le caben las mismas reglas de análisis que a los dirigentes partidarios y pueden ser medidas con esa vara”, insiste el opinador de Clarín. Seguidamente afirma que la mutación de las organizaciones de derechos humanos no impactara en el próximo ciclo electoral. Pero si reconoce la intensidad del tema, sin destacar que la convocatoria fue hecha por un puñado de organizaciones que en sus 40 años de historia no tuvieron dobleces éticos ni acciones contrarias al Estado de Derecho. Tampoco señala que durante mucho tiempo, todas esas entidades además de batallar lejos de los partidos mayoritarios, enfrentaron un Estado que en democracia tuvo un comportamiento sinuoso frente a los requerimientos de justicia y verdad. Siempre fuera de su relato de conveniencia el editorialista nada dice acerca de que durante los años más recientes se estableció un puente con la primera etapa de transición democrática haciendo posible que en el país se pudiera condenar crímenes y criminales de lesa humanidad, además de ofrecer una discusión pública para que el Estado actué en la reparación de las victimas e impulse nuevas investigaciones que ayuden a establecer la verdad sobre el terrorismo del Estado.

Hay algo más que no se dice: las organizaciones de DDHH cuentan con una larga permanencia y una extraordinaria capacidad para atraer a nuevos colectivos de todas las edades y situaciones socio profesionales.  Según el editorialista este conjunto de atributos es el centro de una confusión. Habla de confusión entre partidos políticos y derechos humanos. E insiste que esas organizaciones solo se proponen ingresar en la carrera hacia el mes de octubre en oposición al partido de gobierno a pesar que ese esfuerzo es incompatible con la necesidad de producir una nueva mayoría electoral. El tema no es nuevo: recuérdese que hasta el 9 de diciembre de 2015 se decía que hubo un proceso de cooptación de esas entidades haciéndolas prácticamente agencias del Estado. Y que los ocupantes de entonces levantaron la bandera de los derechos humanos solo por conveniencia electoral.

Es cierto que en la actual era de desconfianza los partidos son otra cosa aunque cuentan con mucho de aquello que tuvieron en otro tiempo. En todo caso fueron las mismas democracias electorales las que llevaron a la actual crisis al someter sus estructuras al mundo de los negocios y negociantes. De allí que el programa de estos actores sea la desmovilización y el elitismo. Es cierto que su esfuerzo desmovilizador por momentos parece jugar una carta de activismo militante en una arena virtual con las ventajas que proveen las redes sociales.  La Argentina del Pro está viviendo esta mutación de las arenas comunicacionales y políticas.

Por defecto en algo tiene razón el editorialista: la pérdida de protagonismo de los partidos tradicionales. Por ello importan las organizaciones de interés, como ocurre con quienes siguen levantando las causas de los DDHH del pasado y del presente. Ellas cuentan con intereses y valores que perdieron centralidad en los partidos. Lo suyo es parte de un proceso de ventajas acumulativas. En cambio los partidos –también organizaciones de interés y valores- han extraviado su horizonte. Recuérdese que en nuestro país el proceso de desconfianza sobre la democracia de partidos tuvo que ver con la cartelización de la era neoliberal. Cartelización que amplió la brecha de representación y produjo la monumental crisis del 2001. En ese tiempo los partidos capitularon frente a los valores y los intereses de las mayorías.

Podemos estar frente a un tiempo de vacios -Duran Barba dixit- o en una época de interpelación por un tipo de organizaciones que antes llamábamos partidos. Esos artefactos que además de colgar candidaturas suponían liderazgos, biografías políticas, algún tipo de organización difundida en el territorio nacional, y por sobre todo una idea de que su presencia representaba intereses de partes de la sociedad. Hoy esos artefactos han perdido vigencia tan cual se los conocía. Les ocurrió algo muy parecido a lo sucedido en los mundos de los trabajadores: fueron flexibilizados, precarizados y perdieron los ingresos que los hacían valiosos. Su desguace dejó a la deriva muchos liderazgos potenciales, contenidos y valores, además de parir ciudadanos huérfanos y volátiles. De hecho se puede ser un jefe político sin contar con un partido.

La causa de los derechos humanos en su dimensión del pasado-presente y exigencia de justicia frente a los crímenes de Estado y, del presente - futuro por la continua vulneración de los derechos sociales, económicos y libertades-, no tiene molde alguno y sí sentidos colectivos de apropiación. Lo que molesta a muchos editorialistas es la permanencia de esas organizaciones y esa gran capacidad de continuar en el tiempo, de atraer a nuevos grupos, biografías y tradiciones políticas.



(*) Historiador, autor del Libro “El MPN y los otros”
29/07/2016

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