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Como Walt Whitman en el siglo anterior, Allen Ginsberg levantó muy alto la demasiada humanidad del cuerpo y los sentidos. El desorden querido por Arthur Rimbaud, ese joven subversivo anclado en el más allá; la desnuda muerte de Vincent van Gogh en un pueblito francés, las narices asomadas al abismo de Antonin Artaud y los dieciocho whiskies de Dylan Thomas no fueron más que la heroína de Charlie Parker y William Burroughs, el LSD de John Lennon & compañía o el mezcal de Henri Michaux y Aldous Huxley.
Demasiado para Ginsberg: quería él aullar de placer, mezclar el placer y el arte y llevarse por delante la vida. Demasiado para el pobre Allen, con tantos locos en la familia y adoptando a un loco como Ezra Pound como un faro.
Demasiado para el pobrecito nacido en Nueva Jersey en 1926, de madre comunista y emigrada rusa y padre maestro de escuela y poeta de ratos libres, muerto setenta años después. Las drogas fueron una clave para su búsqueda y luego, por su hígado enfermo debió alternarlas y casi reemplazarlas por la meditación budista zen, que también “actúa por acumulación”.
Howl, publicado en 1956, es una de las tres obras que caracterizan los beatniks, una camada de escritores y artistas surgida luego de la generación perdida de la entreguerra. Las otras dos pertenecen al maestro de todos ellos, William Burroughs –El festín desnudo- y a Jack Kerouac, compañero de correrías de Ginsberg: En el camino. El grupo estaba integrado también por Neal Cassady; Gregory Corso; Lawrence Ferlinghetti –fundador y propietario de City Light Books, la editorial que los publicó a todos-; Gary Snyder y, un poco más allá, Norman Mailer y Peter Orlovsky.
Lo que importaba no era el efecto instantáneo causado por las drogas sino el residuo de las alucinaciones, materia prima de la escritura. El grupo recurría de esa manera a una especie de mística oriental que se condensó en la adopción del budismo zen. Kerouac y Snyder son dos ejemplos: el primero publicó luego Los vagabundos del Dharma, y el segundo se recluyó a escribir poemas breves de estilo japonés. Pero el budismo zen también resultaba más una excusa literaria que el fin de una búsqueda religiosa.
Un poco sobre Aullido
El verso de Whitman es la clave. La sordidez descriptiva de Blake, la segunda. Y Pound, mucho Pound con las yuxtaposiciones. La analogía es la siguiente: el provenzal y el griego son a Pound lo que los letreros luminosos y la industria es a Ginsberg. La soledad de Federico García Lorca en Nueva York: los negros que sacan los ojos con cucharas, las relumbrantes aguas del Hudson como la piel aceitunada de los andaluces. Allí están Ginsberg y García Lorca, lejos de la muerte del segundo, lejos de la persecución al primero.

La sociedad no los espera sino para aniquilarlos. Aullidoes demasiado para soportarse en los andamios, las estructuras de hierro y vidrio, el aire polucionado. El grito de las entrañas, el aullido del lobo solitario, el alcohol desparramado en el vómito en las góndolas del supermercado.
Leer hasta quedar sin aliento, como escribir hasta quedar sin aliento, como vivir hasta quedar sin aliento. Ése es el juego de trasposiciones y correspondencias. Mirar y mirar, virar de un estado al otro y volver a lo mismo. El sutra relata el regreso del espíritu de las generaciones desde la locura, la muerte, la esquizofrenia, las desnudeces, el hambre. Sólo es menester mirar el girasol destrozado como si fuera un chakra y repetir la palabra elegida hasta casi el desvanecimiento, o la iluminación. Aullido.
Aullido
I (fragmento)
Yo vi las mejores mentes de mi generación destruidas por la
locura, hambreadas, histéricas, desnudas
arrastrarse por las calles de los negros en el crepúsculo en busca de
un pico desesperado,
hipsters de cabeza de ángel ardiendo por la antigua conexión celestial al motor estelar en la maquinaria nocturna,
esos que en la pobreza y en andrajos y con ojos huecos y en lo alto se incorporan fumando en la oscuridad sobrenatural de los
departamentos con agua fría corriente y flotan cruzando los
techos de las ciudades y contemplando el jazz,
esos que desnudaron sus sesos al cielo bajo el Empire State y vieron
a los ángeles mahometanos vacilando sobre los techos iluminados de los conventillos,
esos que pasaron por universidades con radiantes ojos tibios alucinando Arkansas y Blake -una tragedia luminosa entre los eruditos de la guerra,
esos que fueron expulsados de las academias por locos y por haber publicado odas obscenas en las ventanas de la calavera,
esos que se agacharon en ropa interior en las habitaciones, sin afeitar, quemando su dinero en basureros y escuchando el
terror a través de la pared,
esos que se quebraron en su vello púbico mientras volvían de Laredo hacia New York con un cinturón repleto de marihuana,
esos que comieron fuego en pintura en los hoteles o bebieron trementina en el callejón del Paraíso, murieron o purgaron sus torsos noche tras noche
con sueños, con drogas, con pesadillas en vigilia, alcohol y coca y tragos interminables,
incomparables calles ciegas de nubes temblorosas y relámpagos en la mente, saltando hacia los postes de Canadá & Paterson, iluminando todo el mundo inmóvil del entre Tiempo
solidez del peyote en los salones, amaneceres del cementerio del árbol verde en el patio trasero, borrachera de vino sobre los tejados, fachadas de almacenes municipales picadas de neón eludiendo los semáforos, vibraciones de sol y luna y árbol en las rugientes oscuridades invernales de Brooklyn, ceniceros delirantes y majestuosa luz de la mente;
esos que se encadenaron a los subterráneos para un viaje sin fin desde Battery al Santo Bronx en benzedrina hasta que el ruido de las
ruedas y los chicos los llevaron a un naufragio estremecedorcon el apaleado desierto del cerebro totalmente vaciado de brillo en la lóbrega luz del zoológico,
esos que se sumergieron en la luz submarina de Brickford's, salieron a flote y se sentaron ante una cerveza rancia por la tarde en el desolado Fugazzi's mientras oían el juicio final del tocadiscos automático de hidrógeno,
esos que hablaron continuamente durante setenta horas desde el parque al colchón al bar a Bellevue al museo al puente de Brooklyn,
una patrulla perdida de conversadores platónicos saltando desde los
escalones de las salidas de emergencia de los antepechos de las ventanas del Empire State hasta la luna,
rebuznando chillando vomitando susurrando hechos y memorias y anécdotas y patadas en el ojo y electroshocks en los hospitales y cárceles y guerras
íntegros intelectos lanzados en una convocatoria de siete días con sus noches y ojos brillantes, carne para la sinagoga arrojada sobre el pavimento,
esos que se esfumaron hacia ningún lado Zen de Nueva Jersey dejando un rastro de ambiguas postales de Atlantic City Hall,
. . .
quienes soñaron e hicieron encarnar brechas en Tiempo & Espacio a
través de imágenes yuxtapuestas, y atraparon al arcángel del alma entre dos imágenes visuales y unieron los verbos elementales y fijaron el sustantivo y el golpe de conciencia juntos saltando con la sensación del Pater Omnipotens Aeterna Deus
para recrear la sintaxis y medir la pobre prosa humana y que darse ante ti sin palabras e inteligente y sacudiéndose con vergüenza,
rehusando aún confesar el alma para conformar el ritmo del
pensamiento en su desnuda cabeza sin fin,
la vagancia del enajenado y el golpe del ángel en el Tiempo, desconocido, todavía puesto aquí lo que podía dejarse para decir en el tiempo después de la muerte,
y se alzaron reencarnados en las fantasmales ropas del jazz en la
sombra de la trompeta de la banda y tocaron el sufrimiento de la mente desnuda de América para amar en un lamento de saxofón
como un eli eli lammma lamma sabactahani que sacudió a las ciudades hasta la última radio
con el corazón absoluto del poema de la vida amputado de sus propios cuerpos y bueno para comer por mil años.
(versión G.B., que se publicará completo próximamente con el sello la cebolla de vidrio ediciones)
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