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Columnistas
19/07/2026

Hegel y Haití

Hegel y Haití | VA CON FIRMA. Un plus sobre la información.
(Der.) Senadora paraguaya Celeste Amarilla y Kylian Mbappé. (Izq.) Eduardo Feinmann.

El Mundial disparó exabruptos que dan vergüenza ajena, como el de una senadora paraguaya contra Mbappé. En la televisión argentina alguien exhibió su desconocimiento estentóreo sobre México y los mexicanos. La esclavitud presupone la discriminación, y ésta aflora como el mal aliento de medianías transidas por el odio.

Juan Chaneton *

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Hubo épocas en que ser español y ser fascista era más o menos lo mismo. La avenida de Mayo, en Buenos Aires, escenario de célebres trifulcas, puede dar cuenta de ello. El rescoldo de unos fuegos que abrasaron ayer al bando republicano sufre el inapelable olvido, y consagra que "Azaña" sea hoy nada más que un error de ortografía. Unamuno o Franco, tal fue la opción que quedó como saldo de un conflicto cívico militar cuyo hálito llegaba a geografías distantes pero no del todo extrañas en un siglo XX que, todavía casi en su cuna, ya se insinuaba cambalache, problemático y febril. Esos nombres propios pretendíanse optativa metáfora de libertad o totalitarismo. Se trataba del liberalismo abocado a librar su batalla cultural, es decir, invitando a propios y extraños a identificar sofisma con verdad.

En su caso y por su parte, y siempre con el retrovisor apuntando hacia el pasado reciente, puede constatarse que un progresista argentino es aquel que en 1970 creía en el pueblo y en las leyes de la Historia y en 2026 en el Parlamento y la división de poderes.

Y el vocablo "populista", en la Argentina, a su turno, hubo de desnaturalizarse -cuándo no- por la acción teórica y práctica de unas corrientes liberales, que comenzaron a usar aquella palabreja con el fin de calumniar toda iniciativa política que hiciera del asistencialismo estatal una variable más en el combate a la pobreza, cuyo origen aquellos liberales decían advertir en "el peronismo" y no en el modelo agrario que habían fundado y del cual vivían con provecho.

Pero luego de esa desnaturalización fundacional, también cierta izquierda abominó de los "montoneros" porque -decía- inoculaban el veneno "populista” en las venas de una "clase obrera" llamada a unas realizaciones que si no plasmaba en hechos era, precisamente, a causa de aquella sedicente ponzoña que, encima, no actuaba sola en su enajenante tarea sino en combinación deletérea con otro tósigo de similar calaña antiobrera: el "reformismo", significante con el cual se aludía al partido Comunista. La izquierda que así razonaba trataba de nadar en el agua sin mojarse. Su lugar en el tinglado era un anómalo punto de cruce entre populismo, reformismo y trotskismo, sin que fuera ni lo uno ni lo otro sino todo lo contrario, según la celebérrima ocurrencia del doctor Arturo Frondizi, que dijo eso una vez que le preguntaron si su presidencia iba a mantener o romper relaciones con Cuba. Las cosas, así, no salieron bien para nadie, y vino a ocupar el lugar de tanta ofuscación el modelo pastoril que había fundado Julio Roca en el siglo anterior y que ahora mostraba su rostro más fiero en unas políticas económicas: Martínez de Hoz, Rodrigo, Sourrouille, Cavallo y Caputo constituyen la línea "historiográfica" que opera como "ficción orientadora" (Shumway) de la oligarquía agrario financiera que gobierna hoy este país bajo la forma de un atroz experimento llamado "neoliberal" y no liberal a secas, como debería serlo. Pues al final de su "camino de prosperidad" los liberales siempre tuvieron como meta la destrucción del Estado o su reducción al mínimo indispensable para garantizar lo que no podía ser privatizado: el ejército y la administración de justicia.

Ha pasado ya mucho tiempo y aquellos problemas siguen sin solución. Y el canal Crónica, por caso, sigue haciendo lo que siempre hace durante los meses de julio y agosto, esto es, exhibir un zócalo que dice, "el frío que duele", y que preside unas imágenes de ollas enormes, ahítas de incógnito potaje, que constituyen el anticipo de lo que viene a continuación, esto es, una sucesión de más zócalos que enorgullecen al medio en estos términos: "repartimos comida caliente y abrigo ... el frío no espera, la ayuda tampoco ..." (¡ ...!). Hace varias décadas que Crónica "se solidariza" con los pobres. Hace juego con aquel Alberto Fernández que, recién asumido, dijo, ni más ni menos, "¿quién sabe más de pobreza que Daniel Arroyo?". Alberto Fernández se atribuye ser peronista, como Crónica, que no lo dice pero sí dice que los pobres son su desvelo. Crónica y Alberto pues, un dueto devenido patético ménage a trois si se incorpora a esta música de cámara a un violín roto que les reprocha a los curas "llenar de pobres la ciudad", porque los amontonan en las iglesias para darles de comer en el nombre del Señor, pero siempre del lado de afuera, nunca "los hacen pasar", agregó el camisa parda de Vicente López, al que le calza tan bien la jefatura de Gobierno porteño como a Infantino la presidencia de la FIFA.

Todos tienen a "la pobreza" incorporada, y Alberto venía, además, con un valor agregado: además de confesarse lector de las "novelas de Borges", él sabía, como nadie, que "los brasileños vienen de la selva", como los monos, no como nosotros -se entendía-, que venimos de los barcos europeos. Y fueron capaces, también, de iniciar una gestión de gobierno apostando, de movida, a un Ministerio de la Pobreza que, cuidadosa y preventivamente, se llamaba "de Desarrollo Social". Así ocurren las cosas. Luego, cuando se van (por lo general, ante el vituperio generalizado), dejan tras de sí el ministerio de Economía, porque la Economía sigue existiendo; y el ministerio del Interior, porque las provincias siguen existiendo; y el ministerio de la Pobreza, porque la pobreza sigue ahí, como cuando se la entregaron a Daniel Arroyo que "sabía mucho de pobreza", pero se tuvo que ir dejando todo más o menos igual, aunque no se fue a ninguna intemperie sino a una banca de diputado nacional, a una bien merecida banca de diputado nacional desde donde, ahora, puede contemplar la pobreza a través del canal Crónica. Esto también es liberalismo porque es, a cabalidad, el sistema político liberal en pleno funcionamiento. Hay otro, pero es carísimo.

Y las cosas van como van y son lo que son. Un hombre contaminado por odios inverosímiles (por ejemplo, a los empleados públicos) y que profiere anatemas estúpidos (por ejemplo, hacia los que profesan gratitud a los presidentes Kirchner que tuvo este país), hizo clic con los sentimientos más bajos y con los instintos más brutales del hombre medio argentino y de una mostacilla sin edad ni interés para pensar en los asuntos de la polis, escaldados, todos ellos, durante demasiadas generaciones, por frustraciones y resentimientos que ahora afloran como pústula descompuesta en la piel lacerada por una enfermedad infecciosa.

Esos liberales y otros que no lo eran alucinaban que su único futuro esperable con un kirchnerismo consolidado, era el exilio en Uruguay, al modo como Miami lo fue para la burguesía cubana desapoderada y privada de sus privilegios. Era lo que decían pero no lo que creían. Simulaban pánico pero sabían que ese kirchnerismo ladraba pero no mordía. Su impostada alarma era demonización preventiva. Hoy suele escucharse en las usinas cristinistas que a la ex Presidenta le sucede lo que le sucede "porque enfrentó al poder real", lo cual es verdad; pero no se escucha que Kicillof sufre un ahogo financiero criminal porque enfrentó a Milei. Al contrario, algún equilibrista de ocasión se despacha diciendo que "Axel ajusta más que Milei". Y eso que es un "amigo" el que dice eso. Se llama Álvarez Agis. Y, como es economista y hombre atento a los avatares de la situación social argentina, no puede ignorar que Kicillof ha tenido que gobernar semejante provincia sometido a una cuasidelictiva desfinanciación por parte del gobierno nacional.

Y el acontecer histórico sigue, indiferente, su propio curso. Y así, Borges es magnífico hasta cuando toca de oído. Dice: "... la obra de Kipling (poética y prosaica) es infinitamente más compleja que las tesis que ilustra. Lo contrario sucede con el arte marxista: la tesis es compleja, como que deriva de Hegel, y el arte que la ilustra es rudimental" (J.L.B. ; OC, T 4, pp. 280/281). Da por hecho el maestro que Hegel es “complejo”. Y una primera duda suscita su dictamen: pareciera no haber ninguna "tesis" a la que "el arte marxista" se haya propuesto ilustrar; antes bien, lo que se describe mediante esa especie de patronímico ("marxista"), es el origen del capital y se extrae de allí unas consecuencias políticas. Segunda duda: "como que deriva de Hegel". Pero no por mucho derivar se amanece más temprano. En realidad, falla allí (por impreciso) ese "como que” y falla también la derivada de Hegel. Con igual soltura podría decirse "como que" una de sus fuentes es la economía política inglesa (Ricardo); o "como que" lo es el pensamiento social francés (Saint-Simon, Owen y Fourier); la filosofía juega su baza ahí, junto a las otras fuentes, pero no las excluye ni prevalece sobre ellas. Por lo demás y en cuanto al “realismo socialista” y los mamarrachos que produjo, estamos plenamente de acuerdo.

En tanto y disparados por el Mundial, se han conocido exabruptos que dan vergüenza ajena y que habrían merecido considerarse falacia ad hóminemsi no fuera que se trató, en un caso, de la insultante injuria de una ignorante. Celeste Amarilla es "senadora" paraguaya y debería ser declarada espécimen no grato en todas las latitudes civilizadas. En otro caso, otro animal político que frecuenta la televisión argentina acaba de exhibir, no sin impudicia, su desconocimiento estentóreo respecto de México y los mexicanos. Ignora que México, a diferencia de la Argentina, es no sólo un país sino, tal vez en primer lugar, una cultura ancestral en movimiento. Su relevancia histórica y su densidad espiritual se expresan en cada aporte que ese país señero y generoso le ha hecho a la humanidad, que no es sólo la literatura de Carlos Fuentes o de Juan Rulfo, que ya sería más que suficiente. Por caso, supe escuchar una vez de labios del doctor Zaffaroni una anécdota que fija indeleblemente la calidad espiritual de unos y otros. La recuerdo así: hallábanse reunidos en la Plaza de las Tres Culturas, el por entonces joven jurista argentino y su coterráneo, el penalista Sebastián Soler, ambos huéspedes de un anfitrión de lujo: el muy mexicano Alfonso Quiroz Cuarón, célebre ya por, entre otras razones, su decisiva intervención en la elucidación de los pormenores del crimen que tuvo a Ramón Mercader por autor del homicidio de una célebre víctima: León Trotski. El prestigioso criminólogo mexicano agasajaba a sus contertulios extendiéndose en una erudita explicación acerca del significado de los monumentos que exhibe ese lugar, y en su discurrir cobraba forma la magnitud civilizatoria de México para un occidente cuya cosmología siempre se organiza menos en función del espíritu que del dinero. Al cabo, se hizo un instante de silencio, como si los destinatarios de la disertación estuvieran asimilando la calidad de lo oído. Pero intervino entonces el liberal Sebastián Soler, para decir: "Para mí, todo lo que no entra en Hegel no existe". La estulta frase, además de escandalizar a los presentes, echaba luz prístina sobre el origen de ese racismo tan liberal y que tan bien expresaba el exabrupto de Soler.

La gran corriente de la "historia humana" es lo que protagonizaron en Europa hombres blancos desde los tiempos de Grecia y Roma. Todo lo "otro" queda a un costado, en la "banquina" de esa historia, y dice Susan Buck-Morss: "Cuando las historias nacionales son concebidas como autosuficientes, o cuando diferentes aspectos de la historia son abordados por disciplinas aisladas, la contraevidencia se hace a un lado por irrelevante ..." (S.B-M. Hegel y Haití). Es decir, se deja a un lado por irrelevante todo lo que no es "espíritu absoluto" (Razón) desenvolviéndose a sí mismo y constituyendo, en ese despliegue, la "historia universal". Y no sólo Haití no “entraba en Hegel”; tampoco Latinoamérica entera. Para algunos, incluso, no entra hasta hoy.

Sin embargo, el gran mérito de Hegel es haber roto con la vieja dicotomía sujeto-objeto(que ya entrado el siglo XX, postuló Adorno como la gran totalidad de la filosofía) que conduce a aceptar que la historia humana es nada más que producto de la decisión humana, con lo cual se legitima, sobre todo, la injusticia social. Conviene diferenciar, así, la percepción dialéctica que Hegel tiene de la experiencia humana, de las consecuencias políticas que ciertos seguidores suyos (como Soler) han extraído de esa percepción.

Todo lo que se publicaba en los medios europeos durante el siglo XIX y todo lo que circulaba en los centros del conocimiento (las universidades), no se refería nunca a la esclavización en las colonias de los hombres y mujeres de raza negra. En tal discurso académico, la esclavitud era, siempre, huésped incómodo en una oquedad silenciosa y vacía. Ello se debía, puede suponerse, a que no se contaba con una explicación superadora de la contradicción dura: la declamada retórica igualitarista propia del Iluminismo frente a la realidad práctica que ocurría más allá. Se me ocurre que la única "solución" a mano era desplazar hacia el plano político eso que los romanos concibieron en el ámbito jurídico: los esclavos se asimilan a las cosas, no son humanos. Pero era una coartada inaceptable para las buenas conciencias iluministas en la Francia de las Luces.

En todo caso, esta nota, que a causa de su naturaleza periodística, no ha podido ni querido ser un ensayo sobre el racismo, hace de éste, más bien un pretexto para sobrevolar temas y problemáticas de argentinidad indiscutible, como ciertamente lo son la genealogía del populismo, la responsabilidad en la tarea de informar y los niveles de instrucción y probidad moral con que los candidatos alcanzan las máximas investiduras.

Así, populismo y racismo confieren al texto su andadura elemental postulando implícitamente, que ambos expresan menos a la razón que a la emoción; y las emociones suelen ser las miasmas en las que sobrenada el prejuicio, además de que, se sabe, han desbrozado demasiadas veces el camino de la humanidad hacia extravíos cuyas consecuencias ésta parece no superar nunca.

La esclavitud presupone la discriminación y ésta, como se ha dicho más arriba, aflora hoy como el mal aliento de medianías transidas por el odio. No es bueno para la sociedad que se disponga de un auditorio mediático sin que esa sociedad vuelva sobre sus pasos regularmente para controlar la conveniencia de mantener vigentes las licencias que una vez entregó. Es frecuente y vicioso confundir “trayectoria" con tercera edad; así como es igualmente grave que desde lugares espectables de los sistemas institucionales se ejerza el racismo más obsceno y repudiable. Fue digna y cabal la contestación del futbolista destinatario del insulto “paraguayo” aun cuando, a su turno, una vicegobernadora argentina también se perdió la oportunidad de callarse la boca y prorrumpió en obscenidades contra el ciudadano francés al que acusó de no ser francés por su color de piel.

Afortunadamente, Dios no ha consentido que este buen hijo de la “V° República” pudiera enfrentar a la Argentina. Si ese hubiera sido el caso, entre su bleu-blanc-rouge y nuestro celeste y blanco no tenemos dudas. Impossible n'est pas argentine, decimos nosotros ahora, modificando el dicho popular gestado a orillas del Sena, y que remite a que no hay imposibles para Francia. Tampoco para la Argentina, decimos. Nada de eso es verdad, sin embargo. Pero verdad y mentira suelen verterse, a veces, como las gotas de un sentido extramoral o, como si dijéramos, lúdico.



(*) Abogado, periodista, escritor.
29/07/2016

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