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Se necesita de un plan realizable y creíble para enfrentar la actual policrisis global, situación en la que múltiples crisis, ecológica/climática, económica, geopolítica, del cuidado de las personas, y de los lazos sociales, ocurren al mismo tiempo e interactúan potenciando los efectos negativos. Se presentan así tres grandes desafíos civilizatorios: el cambio climático, el impacto de la IA en el empleo y los vínculos humanos, y la amenaza de una guerra nuclear que no tienen respuestas a la altura de los desafíos en la actual arquitectura institucional de poder. La imaginación dominante en torno al futuro oscila así entre la catástrofe ecológica, la incertidumbre económica permanente y un régimen tecnológico de gobernabilidad administrado por corporaciones. En ninguno de esos casos la sociedad aparece como sujeto capaz de decidir colectivamente su destino o transformarlo.
Podría sostenerse así que la principal crisis contemporánea es de la imaginación política que conlleva a la económica, ecológica o vincular, ya que evidencia la incapacidad de construir poder para alcanzar un futuro deseable. Si queremos evitar que el porvenir sea como en el documental 2073 de Kapadia, un régimen distópico y autoritario autorregulado por la tecnología donde los tecnócratas viven aislados en un paraíso artificial, mientras la mayoría vive controlada y habita un paisaje desolador por el cambio climático, es necesario pasar a la acción guiados por un plan.
En ese sentido en un nuevo documento titulado “Un Plan para la Igualdad y la Prosperidad dentro de los Límites Planetarios”1, producido por el Laboratorio Mundial de la Desigualdad, conducido por Thomas Piketty, plantean los ejes fundamentales a implementar. La Plataforma propone un paso hacia la justicia global con fundamentos cuantitativos e institucionales y ofrece una base transparente sobre la cual los ciudadanos, los sindicatos, los parlamentos y los organismos internacionales pueden debatir, cuestionar y decidir el rumbo de las próximas décadas. Dicho informe es resultado de un trabajo colaborativo de 45 autores que analizaron bases de datos elaboradas por más de 200 investigadores de distintas regiones del mundo, abordando dos siglos de datos históricos y la literatura reciente sobre el clima y las reparaciones coloniales.
Entre los ejes centrales incluye reducciones de horas laborales hasta un 50% para garantizar empleo, disminución del estrés ecológico y mejoramiento de la calidad de vida, desacoplando el bienestar del consumo material excesivo; impuestos progresivos y globales a las emisiones de carbono, el patrimonio y los superricos; límites al crecimiento en los países ricos; y transferencia de recursos y tecnologías limpias a los países en desarrollo para pagar la deuda climática histórica de las naciones industrializadas; así como grandes cambios en los patrones de consumo.
Dos grandes objetivos para lograr escenarios futuros deseables se plantean alcanzar con estas medidas y evitar el colapso social y ambiental hacia dónde nos llevan las fuerzas ciegas de este sistema: por un lado la igualdad socioeconómica, es decir convergencia económica total entre países, igualdad de género total en cuanto a horas de trabajo y salario, fuerte reducción de la escala de ingresos y riqueza dentro de cada país, combinada con un acceso equitativo a la educación, la atención médica y la participación efectiva en todos los aspectos de la vida social, económica, cultural y política; y por otro lado, la habitabilidad planetaria, entendida como alinear el uso global de los recursos dentro de los límites ecológicos, teniendo en cuenta los presupuestos de carbono, las limitaciones de las materias primas y la preservación de la biodiversidad. El informe sostiene que la transición energética por sí sola no será suficiente, y deberá combinarse con la «suficiencia» para mantenernos dentro de los 2 grados de aumento de la temperatura global.
A fin de recaudar los recursos necesarios para financiar dicha convergencia sostenible, así como mejorar los niveles de vida de los grupos de ingresos bajos y medios (tanto en el Sur Global como en el Norte), es inevitable reducir drásticamente la desigualdad de riqueza e ingresos. De esta manera, la mitad más pobre del mundo alcanzaría el 30% de la riqueza global, frente al 2% actual, y como contracara la participación en la riqueza de los multimillonarios caería. Plantea en ese sentido la creación de un Fondo Global de Justicia, para financiar ese camino, que recaudaría ingresos mediante impuestos globales sobre la riqueza y los ingresos, y se utilizarían para inversiones climáticas, la expansión de la salud y la educación, y la creación de un Fondo Soberano Mundial. Estas medidas se sustentan también en compensar los daños climáticos e históricos coloniales causados por el Norte. Piketty también plantea que la izquierda debe proponer un referéndum para adoptar un impuesto de solidaridad nacional dirigido a multimillonarios.
Además se plantea transformar el orden internacional plutocrático, una reforma de la arquitectura financiera global hacia uno nuevo democrático con un principio de un hombre, un voto. En la actualidad en el FMI y el Banco Mundial, los países ricos tienen cuatro veces más derechos de voto que su proporción de población, mientras que los países pobres tienen cuatro veces menos.
Este plan demuestra que la igualdad y la ecología no son enemigas, sino dos caras de la misma moneda. No podemos tener un planeta sano con sociedades sumidas en la miseria, al tiempo que una minoría de privilegiados vive en el hiperconsumo, ni podemos tener una sociedad próspera en un planeta muerto. La reducción de la desigualdad global no solo es compatible con una profunda descarbonización, sino que es una condición necesaria para la prosperidad compartida en un planeta finito. La verdadera prosperidad consiste en crecer en equilibrio, desmercantilizando áreas como salud, educación y vivienda. Esta propuesta debe leerse como un intento de construir una imaginación política para el futuro, tan contaminada por visiones apocalípticas que llevan a la pasividad.

El economista francés Thomas Piketty, especializado en estudios sobre distribución de la riqueza, conduce el Laboratorio Mundial de la Desigualdad.
¿Por qué hoy resulta tan difícil pensar un programa como este?
Uno de los problemas de la política contemporánea bajo la dictadura del capital es que solo parece tratarse de administrar restricciones ("no hay plata", "el humor de los mercados no permite", "la tecnología es ingobernable", "el cambio climático exige sacrificios"), pero rara vez produce horizontes deseables, democtratizantes y expansivos. Como sostiene el FMI Milei pudo realizar “el ajuste fiscal más grande de la historia en tiempos de paz”, proeza realizada con casi nula conflictiva social y la poca que se registra es de carácter defensiva asociada por ejemplo a despidos o reclamos sectoriales como jubilados, personas con discapacidad o docentes.
La política también se modifica con la deuda entendida como dispositivo que disciplina conductas y produce subjetividades. Establece una temporalidad donde el futuro está hipotecado y aparece únicamente como obligación de pago o ajuste. La política deja así de prometer un mundo mejor y solo gestiona el cumplimiento de compromisos previamente adquiridos. Esta es la lógica que baja desde el gobierno del Estado a los individuos. Este panorama se revierte con una planificación que invierte esa lógica para que el futuro vuelva a ser una inversión colectiva y no únicamente una carga heredada.
Al mismo tiempo aparecen los efectos de la IA que terminan potenciando las tendencias existentes: concentración económica, administración algorítmica del Estado, pérdida de puestos de trabajo y colapso de su rol social, aislamiento social, falta de reciprocidad, comunicaciones autorreferenciales, y la pérdida de la capacidad de agencia ciudadana. Las grandes empresas tecnológicas administran las visiones del mañana, los mercados financieros determinan los márgenes de acción de los Estados, las predicciones algorítmicas reemplazan la deliberación política. La ciudadanía queda reducida a adaptarse a escenarios que otros diseñan. Por el contrario, se trata de planificar y poner a esta tecnología como una herramienta subordinada y al servicio de fines sociales. Claro que para ello el Estado debería intervenir a las grandes corporaciones que se manejan con total oscurantismo en cuanto a la manipulación de los datos que obtienen de todos los dispositivos conectados, el ecosistema de asistencia de IA que ya envuelve toda la vida.
Disputar el futuro
Si la democracia pierde la capacidad de formular proyectos colectivos plausibles, deja de representar intereses para convertirse en una formalidad vacía, en una administración de los intereses de las fuerzas del mercado. En ese sentido, un programa concreto que combine igualdad y sostenibilidad puede funcionar como un ejemplo de que todavía es posible disputar el futuro. Hay que abandonar el politicismo que reduce la política a una carrera de negocios personales y lucha permanente por posiciones de poder mientras las grandes transformaciones estructurales quedan fuera de discusión. Se decide quién gobierna cada tantos años en elecciones donde el ciudadano elige según la figura del votante consumidor, pero no se disputa qué mundo construir. Un programa como el referenciado en este texto, obliga justamente a salir de esa lógica, porque discute arquitectura económica global, impuestos, circulación del capital, modos de consumo y justicia climática.
Sin proyectos concretos de transformación que sean una alternativa creíble al orden actual la política seguirá girando alrededor del politicismo, la gestión de la deuda, la adaptación social a la IA, y la administración de las crisis. La disputa por el futuro quedará entonces en manos de los mercados y las plataformas tecnológicas con una sociedad que asiste como espectadora envuelta en un espíritu fatalista de desencanto, malestar y pasividad. La verdadera disputa política del siglo XXI es quién tiene la capacidad de imaginar, planificar y decidir el futuro. Mientras esa capacidad permanezca solo en manos de los mercados financieros y las corporaciones tecnológicas, la democracia seguirá administrando un presente sin horizonte. Recuperar esa capacidad colectiva es la condición para que la igualdad, la sostenibilidad y el desarrollo tecnológico vuelvan a formar parte de un mismo proyecto emancipador.
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