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En el día de ayer, 4 de julio, Donald Trump, su 47mo Presidente, encabezó la conmemoración de los dos siglos y medio de existencia de los Estados Unidos de América.
Pero quizás sean otras dos imágenes, la de la multitud asaltando al Capitolio, en Washington, el 6 de enero de 2021 y la de él mismo firmando el Memorándum de Entendimiento con Irán, el 17 de junio pasado, en Versalles, las que evoquen con mayor profundidad la encrucijada actual de aquella nación nacida en Filadelfia en julio de 1776, independizando a las 13 Colonias del Imperio Británico.
La segunda presidencia del volcánico Donald, ha sido hasta ahora un acelerador de todos los rasgos y las contradicciones de la sociedad estadounidense, unas cargadas desde su nacimiento, otras arrastradas a lo largo de los últimos 160 años y muchas generadas por el impulso imperial de la “nación indispensable” desde 1945.
Hay dos rasgos fundacionales que acompañan al país hasta hoy. El racismoy la violencia. Los Estados Unidos nacieron de la expansión colonial de los imperios marítimos europeos del siglo XV. Los “Padres Fundadores” fueron miembros de la élite blanca, plantadores esclavistas, con profundo desprecio por las “razas inferiores”.
El fin del esclavismo, producto de la Guerra Civil de 1861-65, estuvo lejos de llevarse también a su fundamento. La población afro-estadounidense, después de una lucha secular, obtuvo los derechos civiles y políticos recién entre 1963 y 1968
Estos derechos se han erosionado metódicamente desde entonces, a la par del constante deterioro de las condiciones de vida, las restricciones electorales y la violencia policial para con la “gente de color”.
Las banderas confederadas que acompañaron el asalto al Capitolio y las recurrentes expresiones racistas del Presidente Trump y los personajes de su entorno político nos dicen a las claras que el supremacismo blanco sigue dando su batalla de siglos.
Permeó siempre la relación contradictoria con las migraciones. En 1963 John F. Kennedy publicó un libro que tituló “Una Nación de Inmigrantes”, celebrando la herencia multicultural del país y abogando por la reforma de las leyes migratorias restrictivas sancionadas desde fines del siglo XIX contra los migrantes orientales y latinoamericanos.
Sus sucesores, tanto republicanos como demócratas, siguieron el camino inverso, alcanzando su paroxismo en la administración Trump, con la abierta criminalización de las y los inmigrantes y la violenta acción del militarizado Servicio de Control de Inmigración y Aduanas.
El ICE (en su sigla en inglés) desató una campaña de razzias callejeras y detenciones en campos de concentración con una estela de muertos dignas de las SS nazis, que ha llevado a la máxima tensión social, poniendo en escena el otro rasgo constitutivo de los EE.UU.: la violencia generalizada y legitimada.
Desde “El Nacimiento de una Nación” (originalmente titulada “The Clansman” en 1915) de David W. Griffith, hasta “Apocalipse Now” (1979) de Francis F.Coppola, y más acá, el cine ha sido siempre el registro de su glorificación y su condena.
La expansión continental, del Atlántico al Pacífico, durante los siglos XVIII y XIX, fue un largo y metódico genocidio de las poblaciones indígenas y de sometimiento y humillación del campesinado mexicano en los territorios arrebatados a la nación vecina.
Fue también la cuna del Imperio, con la guerra de 1898 contra España, conquistando las Filipinas, Guam, Puerto Rico y Cuba y la siguiente dominación y ocupación intermitente de Centro América y el Caribe, “el patio trasero”, hoy extendido a Sudamérica con la ampulosa “Doctrina Donroe” de diciembre de 2025.
El fin de la II Guerra Mundial abrió su período de esplendor con la supremacía industrial, financiera, científica y militar.
El Imperio, por sí o con sus estados vasallos, llevó la guerra de Corea y Vietnam a Afganistán, Irak, Somalia, el Sahel, Palestina, Libia, Panamá, Colombia y ahora a Venezuela, Ucrania y el Golfo Pérsico, produciendo decenas de millones de muertos y aún más de desplazados y refugiados.
Pero los EE.UU. son también el hogar de una dinámica y resistente sociedad civil multicultural que ha luchado contra la esclavitud, la discriminación y la desigualdad social.
Hoy está de pie frente al racismo, el militarismo y la plutocracia bipartidista. El país de Marco Rubio y Pete Egseth es también el de Zohran Mamdani y Spike Lee.
El ocaso del Imperio, vencido en la guerra de agresión contra Irán, quizás abra la puerta para concluir con la agonía de la República y en los años por venir los estadounidenses logren construir una democracia verdadera y podamos dialogar con ellos sin una pistola en la cabeza.
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