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28/06/2026

Austria y nosotros

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Área industrial cerca de la ciudad de Viena, la capital austríaca.

En ese país europeo hoy desarrollado, un teórico del “mercantilismo” elaboró una tesis que se resume así: “Es preferible pagar por un artículo dos pesos que queden en el país, que un peso que se vaya al exterior”. Sin petróleo, gas ni litio, Austria siempre defendió la industria nacional y la justicia social.

Humberto Zambon

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Si hiciéramos una encuesta en la calle preguntando qué saben las personas sobre Austria, la respuesta en principio sería que es el segundo país con el que jugó nuestra selección en este Mundial y que se ganó 2 a 0, lo que es cierto, como también es verdadero, y posiblemente el supuesto entrevistado lo sepa, que es un país de muy rica historia y que aportó mucho al desarrollo científico y cultural, especialmente en la música, del mundo. Allí nacieron Carl Menger y la escuela austríaca de economía, de la que Milei se dice seguidor, y también Felipe Von Hornick (1683-1712), importante figura del mercantilismo, del que nos ocuparemos hoy.

El mercantilismo es una especie de escuela del pensamiento económico que floreció entre los siglos XVI y XVIII. El trasfondo histórico que lo explica es el enriquecimiento de España gracias a las riquezas que, en forma de oro y plata, provenían de América y la convirtieron en la gran potencia hegemónica de la época.

Como los demás países no tenían posibilidad de descubrir y colonizar nuevos mundos lo suficientemente desarrollados para poder esquilmar los metales preciosos que hubieran acumulado, el único camino para enriquecerse era obtener parte de la riqueza que España recibía. Como quitársela por las armas no era posible (no olvidemos que España era la principal potencia económica, política y militar), el camino era venderles más y más productos a cambio de metal. Y esa es la esencia del mercantilismo: un estado nacional que regule el comercio y la actividad, que impida importar productos extranjeros, excepto que sean imprescindibles, y que logre exportar la mayor cantidad de bienes para asegurar la entrada de metal en beneficio del soberano. El fundamento de esta política intervencionista y las reglas prácticas para aplicarlo, conforman lo que conocemos como pensamiento mercantilista.

Los grandes beneficiarios del mercantilismo fueron Inglaterra y, mucho menos, Francia y otros países continentales. Mientras estos desarrollaban manufacturas y comercio, entre los españoles se impuso el criterio de que hacer dinero trabajando o comerciando era indigno de hombre nobles, con ese desprecio hacia el dinero que es un lujo que solamente los muy ricos se pueden dar. Conclusión: cuando se acabó el flujo de oro y plata que venía de las colonias, Inglaterra desarrollaba el capitalismo y comenzaba con la revolución industrial, mientras que España se transformó, durante siglos, en un país pobre de Europa.

Un importante teórico del mercantilismo fue el austriaco Felipe Von Hornick, quien escribió, en forma anónima, el libro “Austria sobre todos, siempre que quiera”, donde desarrolla la tesis que se resume así: Es preferible pagar por un artículo dos pesos que queden en el país, que un peso que se vaya al exterior.

Uno de los problemas que veía estaba relacionado con las señoras ‘bien’, que siempre querían estar a la moda, con modelos, joyas y perfumes importados; creía que “sería beneficioso que mandásemos a la moda femenina al diablo, que es su padre”.

Sin embargo, lo que tuvo trascendencia del libro no fue su opinión sobre la moda femenina sino el resumen, en nueve reglas, de los principios del mercantilismo. A continuación van algunas de ellas, transcriptas textualmente, a título de muestra: 1- Que cada pulgada del suelo se use para la agricultura, la minería o las manufacturas, 2- Que todas las materias primas que se encuentren en un país se utilicen en las manufacturas nacionales, porque los bienes acabados tienen un valor mayor que las materias primas(¡Que diría de nuestras exportaciones de granos en bruto!) (…)4- Que se prohíban las exportaciones de oro y plata y que todo el dinero nacional se mantenga en circulación (hoy diríamos que se combata la fuga de capitales); 8- Que se busquen constantemente las oportunidades para vender el excedente de manufacturas de un país a los extranjeros, en la medida necesaria, a cambio de oro y plata (es decir, que se organicen misiones comerciales, que se participe de ferias, que se otorguen facilidades comerciales y financieras para la exportación, etc.); 9- Que no se permita ninguna importación si los bienes que se importan existen de modo suficiente y adecuado en el país.

En el siglo XVIII Inglaterra –gracias a la política mercantilista- era la principal potencia emergente, gran exportador de manufacturas y en condiciones de desafiar política y militarmente a España. Entonces, sus políticos y pensadores, en particular Adam Smith, llegaron a la conclusión de que el mercantilismo estaba totalmente equivocado. Que había que liberar al comercio internacional y al interno, dejando que la “mano invisible” del mercado lograra el óptimo económico. En otras palabras, dejar que Inglaterra se siguiera enriqueciendo con su exportación de manufacturas y que los demás países (con industrias incipientes y, por lo tanto, más caras) no pudieran competir con ella. Es el nacimiento del liberalismo económico.

Los Estados Unidos no se dejaron convencer. En el siglo XIX Alexander Hamilton y Abraham Lincoln, entre otros, fueron los abanderados del proteccionismo que permitió industrializar al noreste de esa nación y convertirla en la potencia del siglo XX; claro está que cuando lo lograron, se convirtieron en adalides de la “libertad de comercio” para seguir beneficiándose. Algo parecido sucedió en Alemania y en los demás países europeos.

Mientras que los países desarrollados siguen aplicando medidas mercantilistas según su conveniencia (por ejemplo, los subsidios a la agricultura), la protección a la producción nacional y la integración regional disgusta a los organismos internacionales y a nuestros economistas liberales.

Austria ha conservado la memoria histórica (ya que estuvieron anexados por la Alemania de Hitler) y mantienen una democracia social con alta intervención estatal y profundo contenido de justicia social, rechazando el avance de la extrema derecha, común en Europa. Hoy un país muy desarrollado: según las Naciones Unidas es el 20° país del mundo ordenado por su desarrollo humano (Argentina es el 47°) y cuyo ingreso per cápita más que duplica al nuestro.

Austria no tiene petróleo, gas ni litio; no tiene las riquezas naturales de Argentina, pero en Austria han gobernado economistas que defienden a la industria nacional y a la justicia social que, seguramente, han leído a Von Hornick y no son economistas neoliberales o anarcocapitalistas que, en nombre de las privatizaciones y del libre comercio, entregan las riquezas nacionales al mejor postor.

29/07/2016

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