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Belfast es la capital de Irlanda del Norte y su principal puerto. Fue fundada a principios de siglo XVII por inmigrantes presbiterianos escoceses en el marco de las políticas de colonización de la Corona Británica.
Desde el siglo XVIII la ciudad creció apoyada en la expansión industrial, primero del algodón, luego del lino y a partir fines del siglo XIX con la industria naval.
Este desarrollo prolongado atrajo una enorme migración desde las áreas rurales, abrumadoramente católicas, hacia una ciudad fundamentalmente protestante.
Nació así una tensión religiosa y política, agravada tras la independencia de Irlanda en 1920-22, entre los sectores protestantes que lograron mantener a los seis condados del norte dentro del Reino Unido y los católicos que aspiraban a su incorporación a la República de Irlanda, tensión poblada de episodios de violencia armada y revueltas callejeras durante casi un siglo.
El enfrentamiento tuvo su pico durante los llamados eufemísticamente Troubles (Problemas) desde fines de los años 60s hasta principios de los 90s del siglo pasado, con la ocupación militar británica y su lucha contra el católico Ejército Republicano Irlandés (IRA).
Y Belfast fue su epicentro, dividida la ciudad por alambradas y barricadas entre los sectores protestante y católico, hasta el final del conflicto con el Acuerdo del Viernes Santo en abril de 1998.
El 10 y 11 de este mes, Belfast volvió a explotar, con centenares de incendios de casas, comercios, automóviles y violentos choques entre manifestantes y policías. Pero esta vez, como había ocurrido ya en 2024, el motivo no fue político religioso. Jóvenes católicos y protestantes se unieron contra lo que ven como un enemigo común: la inmigración desde las antiguas colonias del Imperio.
El apuñalamiento de un hombre en una pelea a manos de un presunto inmigrante africano, luego se supo que era un sudanés con status legal de refugiado, produjo una revuelta atizada desde las redes y encabezada por jóvenes encapuchados que bloqueó calles, atacó con bombas molotov, piedras y palos a los barrios de población migrante y se enfrentó con la policía.
En noviembre de 2025 Amnistía International describió al año que terminaba como “un vergonzoso año de odio” en Irlanda del Norte. Documentó, a partir de registros policiales, 2048 “incidentes racistas” y 1280 “crímenes de odio racial”.
Los partidos políticos conservadores como también el laborismo gobernante en Gran Bretaña, son ciegos a estos fenómenos y los alimentan con sus propias y desorientadas políticas anti inmigración.
Gavin Robinson, el líder del protestante Partido Unionista de Belfast, sólo atinó a reclamar a las autoridades británicas “detener la inmigración descontrolada”.
Estos terribles acontecimientos, que se repiten con alarmante frecuencia en otras partes del Reino Unido, particularmente en Inglaterra y también en la Unión Europea, con eje en Francia, España y Alemania, son la herencia del colonialismo europeo y su inherente racismo.
Los cientos de miles de personas que llegan desde el sur global provienen de países nacidos de una descolonización adrede defectuosa, hundidos en la pobreza y los conflictos internos, atizados por las potencias occidentales que continúan explotando sus recursos y atando sus economías a los intereses financieros de Londres, París o New York.
Esta migración forzada asentó en las antiguas metrópolis una diversidad étnica y cultural poco asimilable para una población blanca, demográficamente en declinación, y educada en una visión de superioridad racial y social difícilmente coincidente con sus actuales realidades materiales.
Porque el segundo elemento explosivo en Irlanda del Norte y en el resto de Europa son las políticas neoliberales que por décadas han golpeado a las viejas clases trabajadoras y reducido a su mínima expresión los estados de bienestar nacidos del final de la II Guerra Mundial.
La violencia estalló en Belfast, como antes en otras partes del Reino Unido, en áreas marcadas por una depresión económica de larga data, desde las políticas de desindustrialización y privatización del Tatcherismo, con su estela de desempleo crónico y marginalización de dos generaciones de trabajadores blancos cada vez más empobrecidos.
La dificultad de comprender las contradicciones de la inmigración, el hecho de que su peso cae primero y sobre todo en las clases trabajadoras y las clases medias proletarizadas, ha impedido a la izquierda y al progresismo comprender la naturaleza de la exasperación de esos sectores sociales, librando su representación a la derecha radical global.
El dominio de ésta en la redes ha echado más nafta al fuego. Apenas ocurrido el incidente, sus plataformas digitales llamaron a la revuelta contra “el ataque de los invasores”.
El activista digital inglés Tommy Robinson (alias de Stephen Yaxley-Lennon) protagonista de los disturbios de 2024, publicó inmediatamente en X una lista de 70 sitios a lo largo de todo el Reino Unido para concentrar a los manifestantes.
El hoy primer billonario del mundo, Elon Musk, replicó el posteo llamando a los ciudadanos a protestar “repetida y estentóreamente” contra las políticas migratorias del gobierno.
Está claro que condenar la barbarie racista de la revuelta es necesario, pero resulta absolutamente insuficiente y… a la postre, casi irrelevante.
Como acertadamente señaló el filósofo político italiano Lorenzo Pacini, “Belfast se está incendiando y sobre sus cenizas yace la verdadera pregunta que Europa sigue eludiendo: ¿queremos ocuparnos de las causas o preferimos sentarnos de guardia sobre el tambor de gasolina?”.
*Esta columna fue realizada con materiales producidos para Bajo un Cielo Rojo Sangre, el programa de política internacional de Radio Universidad Calf. Los domingos a las 11.
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