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Al parecer, la fatalidad del progresismo en América Latina consiste en preparar las condiciones para que la derecha se haga cargo del gobierno. Gustavo Petro, el todavía presidente de Colombia, luce acuciado por tal fatalidad. Por su parte, Yamandú Orsi, en Uruguay, viene perfilándose como inminente umbral de un gobierno opositor al Frente Amplio. Su anodina gestión evoca a un Alberto Fernández de la margen izquierda (del Río de la Plata) ya salpicado, incluso, por denuncias de corrupción. Podría perder, a su turno, las próximas presidenciales, con lo cual un candidato bendecido por Julio Sanguinetti se haría cargo de los asuntos de Estado que conciernen a Uruguay. A propósito de Sanguineti, quien goza de gran predicamento en los círculos ideológicos de la derecha argentina, nadie le pregunta qué hiciste tú en la guerra, papá... esto es, dónde estaba y qué hacía este buen hombre durante las dictaduras cívico militares de Pacheco Areco y Bordaberry y durante las sólo militares que vinieron después a rigorear malamente al bravo pueblo oriental. Hay quienes rumorean que quien fuera ministro de Defensa de Pepe Mujica, Eleuterio Fernández Huidobro, se llevó a la tumba algunos secretos inconfesables referidos a espectables civiles de la vecina orilla con reputación de impolutos padres de familia.
Así las cosas en el nivel local y regional, el escenario global exhibe una fisonomía marcada por un presunto declive de la influencia estadounidense y el simétrico fortalecimiento de sus rivales, Rusia y China en primer lugar. En la historia de Rusia está la URSS y en la de China reverbera, persistente, Mao Tse Tung y el Partido Comunista por él fundado.
Decimos, así, que nos ha parecido siempre que el odio, como el amor, puede mover montañas. Pero, sobre todo, también puede mover la mano de un brillante escritor inclinándolo, de ese modo, hacia opciones ideológicas ciertamente insólitas. Vasili Grossman -de él se trata- sesga tanto su pluma hacia el lado del odio al "stalinismo", que llega a describir al general Paulus y su estado mayor en el frente de Stalingrado en términos casi cálidos, humanos y amables, y que apuntan -queriéndolo o no- al corazón del lector para suscitarle, incluso, admiración por esos militares nazis que venían invadiendo y devastando tierra ajena con Auschwitz y Buchenwald detrás, de todo lo cual Grossman parece no tomar nota,, cuando se emociona con Paulus.
Va de suyo que al autor de Vida y Destino le asiste todo el derecho a odiar un sistema político-social que él conoció y sufrió en su propia piel y que fue lo que se implantó en Rusia en 1917 y que enseguida devino experimento conocido como Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Ésta, bajo la dirección política de Stalin, es lo que critica Grossman. Pero da la impresión de que lo que el brillante periodista-escritor ruso está impugnando, por cierto con cabal conocimiento, es el primer "ensayo general" de alternativa al capitalismo que intentó la humanidad a partir de 1917. También es verdad que ello puede explicar insuficiencias pero no justifica nada, sobre todo no justifica datos elocuentes acerca de lo que fue la vida cotidiana en aquella URSS: la hipocresía instalada como valoren un clima asfixiante y el horror de la Lubianka como rasero disciplinador aplicado a toda sospecha de "colaboración" con el enemigo o a potenciales rivales en la disputa de poder, como Bujarin o Trotski.
A los chinos, a lo que parece, les fue mejor con su "ensayo general". Consolidaron como "buen negocio" el cambiar libertad por prosperidad y calidad de vida material. Pero nada es para siempre ni colma el deseo humano de libertad. Y, sobre todo, antes de mirar la paja en el ojo ajeno, habría que tomar conciencia de que en occidente, las acciones privadas de los hombres que de ningún modo ofendan al orden y a la moral pública, están sólo reservadas a Googley exentas de la autoriad de los magistrados que, casi casi, es lo que dice el artículo 19 de la malhadada Constitución de los argentinos.
Grossman no supo (no podía saber) que el concepto de "totalitarismo" iba a cambiar tanto en el siglo siguiente al suyo. Pero lo "totalitario-tecnológico" sí debería ser motivo de reflexión hoy para quienes, con demasiada presteza, se anotan en la fila donde se convoca a demonizar a la Rusia o a la China actuales, por no hablar de la "teocracia" iraní, como dice Miriam Bregman coincidiendo con Marco Rubio.
El caso es que la extensión de las relaciones de producción capitalistas a todo el orbe debería haber tenido su correlato en un fuerte crecimiento de las fuerzas productivas. Este último, a su vez, debería tener su expresión en el dinámico ritmo de unas inversiones directas cruzando constantemente las fronteras que separan al centro de sus márgenes. Pero no ha ocurrido así. En lugar de un crecimiento de las economías nacionales -fruto de un capitalismo presuntamente benéfico- tenemos, como dato central, un descomunal aumento de los beneficios financieros de las tecnológicas que monopolizan la comunicación digital y, sobre todo, la inteligencia artificial.
En tanto, la fisonomía que exhibe hoy aquella globalización que se hizo tendencia a finales del siglo XX y comienzos del XXI, estaría actualizando, inesperadamente, el así llamado "principio de Pareto", que debe su nombre a Wilfredo Pareto, una especie de enciclopedista del siglo XIX nacido en Italia y devenido ciudadano del mundo, y que se enuncia como "regla 20/80", cuyo significado es una afirmación tal vez errónea hoy, a saber, que en las sociedades humanas el 20 % de la población produce el 80 % de los resultados e, inversamente, el 80 % sólo es causa del 20 % de los resultados. Nada más parecido, por cierto, a una ideologización legitimante de la dictadura "tecnofeudal", que es como usan a Pareto hoy quienes lo citan.
Los que han leído y conocen bien a Pareto (que no es mi caso), sostienen la vigencia de sus elaboraciones teóricas. Aunque esa vigencia no sea más que artículo de fe de prosélitos supérstites, pues al italiano le estaría sucediendo lo mismo que al ruso nombrado el comienzo de esta nota: como Grossman, Pareto no podía saber que en el siglo siguiente al suyo, las cosas iban a cambiar tanto como para desactualizar sus conclusiones teóricas, pues esa regla 20/80 se ha tansformado, a lo que parece, en otra cosa: hoy, más de la mitad de la población mundial (India y China) sustenta -directa o indirectamente- casi todo lo que produce el mundo. Tal vez la reflexión paretiana persista -eso sí- como metáfora de un conflicto social mundializado: la mayoría contra la minoría (o el 99 contra el 1%, que es otra metáfora).
En la Argentina, en tanto, y como para que no se note mucho que no hay ninguna propuesta de programa económico (salvo seguir vendiendo soja), ese precipitado patológico que irrumpió en 2019 con el rótulo "LLA" fue, en lo sustantivo, una masiva interpelación dirigida al prejuicio antiperonista de unas clases medias urbanas políticamente analfabetas pero con las cosas muy claras en materia de preconceptos sociales y raciales. Con el agregado de que ciertos difusores de esta excrecencia no trepidaron, incluso, en denostar las evidentes calidades políticas de una ex Presidenta a la cual, en el colmo de la ofuscación clasista, le llegaron a atribuir unas limitaciones culturales inexistentes y que tal vez eran las que aquejaban a sus impugnadores.
El caso es que vivimos en un país tan estrafalario que cualquiera puede decir la barrabasada más espantosa para, seguidamente, asegurar que "esas declaraciones mías no representan en absoluto mi forma de pensar". En los países serios y respetables, como los Estados Unidos de América, pasa lo mismo. Acaba de decir ese bienechor de la humanidad llamado Bill Gates que sus fotos con unas niñas "provistas" por Jeffrey Epstein, "...no expresan los valores de mi Fundación". El señor Gates dice de sí mismo ser "filántropo".
Son una cloaca las redes sociales y sería apropiado reglamentarlas. En las redes circula todo lo que piensa y siente la masa anónima. Funcionan como inconsciente colectivo de la sociedad. Si se las reglamenta, se las reprime y todo lo que se reprime retorna como síntoma y el síntoma, si grave y penoso, genera conciencia de visitar al médico. Todavía nadie se da cuenta de que el mito del "equilibrio fiscal" es una grave patología cuando sirve para encubrir el proyecto de un país pastoril; tal equilibrio sólo es un tónico apropiado cuando es instrumento, no fin; y el fin, en esta Argentina que todavía puede, tiene que ser el país que agrega valor a lo que exporta, y eso sólo es asequible cuando el proyecto es la Argentina industrial.
Un feo neologismo acuñado cuando comenzaba el siglo pretendió, sin éxito, expresar un fenómeno que ya en ese entonces, podía preverse como futuro posible: la amalgama entre lo local y lo global. La palabreja, en fin, era "glocal" (suena a cloacal), y su fealdad es lo menos importante, pues tenía un gran mérito semántico: anticipaba un fenómeno que, décadas después, devendría dato insoslayable en los textos especializados. Lo que importa, a nuestros fines, es que el vocablo presume que lo lejano y lo cercano están interconectados.
Y así, a estas horas, Córdoba supura hedor, que es como decir olor a podrido. Barrelier es el síntoma de una putrefacción pero no es lo principal. Lo principal es que el abominable crimen de una adolescente previamente secuestrada revela que el criminal es hijo político de un sistema. Llaryora, el gobernador "peronista"que detesta la "corrupción K", decretó, oportunamente, la eliminación de los concursos para ingresar a su administración, de modo tal que, con un puesto en la administración, se pudieran pagar otros servicios. Pero eso ya lo había inventado Victoria Donda. Cero originalidad, Llaryora. Por esa ventana, mediando nocturnidad y escalamiento, se metió el criminal. Barrellier es hijo político de Llaryora porque es hijo político de ese sistema. El barra de Instituto trabajaba en el orden municipal. Y en el Deliberante provincial, los radicales tienen presencia sustantiva. No se opusieron a que Llaryora eliminara los concursos, no fuera que mañana les tocara gobernar a ellos. Llaryora, el intendente Passerini, De Loredo, Schiaretti, como antes el "milico" Aguad, han hecho cola, a su turno, para horrorizarse por la "corrupción K". Carecen de pudor.
Esta Córdoba es del orden de lo cercano, de lo "local"; pero hubo otra Córdoba, y ha de haberla todavía. El gobierno nacional está más allá, pero guarda con la ciénaga provincial una relación de conectividad: los une la corrupción. La "docta", que sufre su sistema político actual -que es, en los hechos, bipartidario- exhibe las pestilencias y las hipocresías locales. En el orden nacional, en tanto, el "premier" Adorni y el presidente de la Nación, se aprietan espalda con espalda para defender, con uñas y dientes, el secreto del insólito crecimiento patrimonial del jefe de gabinete. Milei dijo "ni en pedo se va Adorni". Y ahora resulta que la información que mana a raudales de los dispositivos electrónicos en la causa Adorni, estaría aclarando mucho de lo que pasó con la causa $Libra. Ni en pedo se puede ir Adorni, claro. Si el fiscal Taiano -que tiene delegada por el juez Martínez de Giorgi la causa que comprometería a Milei y a su hermana- quisiera honrar a su función y al poder judicial debería reclamar aquella información proveniente del "affaire" Adorni. Pero no es sólo la remanida lentitud de Taiano. Pues el juez Lijo, a lo que parece, ya habría dicho que él "no va a perjudicar la gobernabilidad", léase, no va a proveer nada que pueda comprometer al jefe de gabinete. No es que no sabe que la corrupción impune conspira mucho más contra esa gobernabilidad. Lo sabe, pero ciertos jueces, que no han comprendido bien qué cosa significa ser "un hombre de Estado", antes de dictar un proveído ponderan sus opciones político-ideológicas. La gobernabilidad no es -o no debiera serlo- el sancta santórum de ningún juez. Con ese equivocado criterio no habría habido mani pulite ni Bettino Craxi -primer ministro- hubiera sido condenado por corrupción. En aquella Italia había jueces. Los había, incluso, que enfrentaban a la mafia calabresa. Giovanni Falcone lo pagó con su vida.
Nadie le pide heroicidades al juez Lijo. Pero, entre Lijo, Taiano y Mahiques padre (que quiere sancionar a sus propios colegas si éstos filtran información a la prensa) constatamos que el derecho constitucional, en la Argentina, ha devenido narración descriptiva de una dinámica institucional presunta a la que se le atribuye no ser presunta sino pura realidad. Y eso no es verdad.
La noción de destino atenta contra la de libertad porque el destino es inexorable y fatal. Y de algún modo se ratificaría como destino si éstos lograran reinventarse y continuar su labor predatoria reciclados en "el próximo paso", que es como Macri se ve a sí mismo: volviendo y amigado con "Patricia". Se veía venir que la anomalía Milei debía de tener un reaseguro. El "círculo rojo" será rojo pero no es tonto. No le soltaron la mano del todo -todavía- porque algunos multimillonarios la están levantando en pala (la minería, el "campo", las energéticas) y no hay unanimidad en el "estado profundo" acerca de si cabe seguir o hay que cambiar de caballo preventivamente. Se verá el año que viene a medida que se acerque octubre, pero Macri y Bullrich son opciones de recambio para una derecha que navega, continentalmente, con viento a favor.
¿Qué dirán Axel y Cristina, a todo esto? Y, sobre todo, ¿qué harán?
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