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24/05/2026

El obispo que conocí

El obispo que conocí | VA CON FIRMA. Un plus sobre la información.
El obispo De Nevares saliendo de la antigua U9 acompañado (de izquierda a derecha) por los periodistas Luis Cabáñez, Wálter Pérez, Bernardo Guerra y David Lugones.

Se cumplieron 31 años del fallecimiento de Jaime Francisco de Nevares, incansable luchador por los derechos humanos y paraguas protector de pobres, perseguidos y exiliados.

Bernardo Guerra

Habrá sido enero o febrero de 1974 cuando lo conocí personalmente. Por aquellos días el país era una caldera a punto de explotar. América también. El exilio, el desarraigo eran moneda casi común.

Sin embargo y, pese a todo, Argentina y, en mi caso, Neuquén, eran un oasis en medio de tanto dolor, de tantas perdidas. Por aquellos días Neuquén resultaba aún más atractivo porque se había corrido la voz que acá había un cura de “bototos”, de pantalones y saco negro muy gastado que protegía a los exiliados. Un hombre sencillo, que escuchaba, y que cómo única señal que permitía descubrir su “profesión”, además del anillo, tenía una cruz que colgaba de su cuello.

Ese hombre era Jaime de Nevares, hijo de una familia de la aristocracia porteña de principios del siglo, alumno del exclusivo colegio Champagnat, al que llegaba en un vehículo manejado por un chofer.

Con estos antecedentes cualquiera podría suponer que se trataba de una persona altiva, arrogante. Sin embargo, con de Nevares fue todo lo contrario. Años después el obispo diría que Neuquén lo cambió.

Este cura, Jaime Francisco de Nevares, en junio de 1961 había sido nombrado obispo de la recién creada Diócesis de Neuquén

A poco de haber asumido, de Nevares mostró la hilacha. Para desazón de algunos que hubieran preferido un obispo más cerca de los encuentros en los que abunda el perfume caro, las joyas y los brindis con copas de cristal, de Nevares, con sus decisiones, hizo ver que se sentía más a gusto con la gente simple, con la gente humilde. Sobre todo, del interior de la provincia. Con esa gente que conoció en sus viajes, generalmente solo, conduciendo su Estanciera.

Los mapuches lo esperaban en algún camino arriba de sus caballos, con sus estandartes y los cantos típicos de su cultura. Un recibimiento que no dan a cualquiera.

De Nevares no paraba: incentivó la creación del gremio ATEN, creó la Pastoral de Migraciones luego del golpe de estado en Chile. Estuvo con los obreros del Chocón, de Piedra del Águila, de la UOCRA, acompañó a las Madres, visitaba a los presos.

Incansable luchador por los derechos humanos a él se debe la creación de la APDH neuquina.

Para los exiliados, De Nevares fue un paraguas protector. Se le debe mucho. Fue un hombre comprometido. No le gustaban los “neutrales”.

Cuando se jubila, se va a vivir a Parque Industrial, a una casa que estaba en la Parroquia. Allí lo visité acompañado por mi hija. Me abrió la puerta San Sebastián su celoso guardián, en rigor su canciller que al recibirme me dijo “Bernardo, tenés poco tiempo, no hay que cansar al obispo”. De Nevares estaba en cama, flaco, pero bien de semblante. Risueño. Lo vi bien. Conversamos, le presente a Martina. Aquel día, me regaló una Biblia Latinoamericana firmada por él que está guardada junto a algunas esquelas, de su puño y letra, que le enviaba a mi madre contándole de mí. De esto me enteré el día que mi madre murió. Hurgando en sus cosas, para ver qué tirar, qué guardar, descubrí esas cartitas.

En Neuquén, dos personas son reconocidas con el “don” uno es el varias veces gobernador de la provincia Felipe Sapag el otro, el Obispo. Recuerdo que a De Nevares no le gustaba que los “citadinos” le dijeran “don Jaime”. Lo aceptaba de la gente del interior de la provincia. Esto lo recuerdo muy bien porque yo desconocía el significado de “citadino” y, le pregunté, qué significaba. Con el tiempo, con los años, concluí que de Nevares era, fue un grande y yo un atrevido. En una oportunidad casi lo “interpelo” preguntándole por Pio Laghi, el aborto, el rol de las monjas. Él con santa paciencia, nunca mejor utilizada la frase, me escuchaba y respondía.

El mejor y más importante premio que recibió, así lo dijo, vino del interior y fue el título que le dio la Comunidad de los Huayquillán de Colipilli, nombrándolo, el 22 de marzo de 1990 "Peñi" (hermano, en mapuche).

Contó que se trataba de un pergamino, escrito a mano donde pasaba de "Huinca" a "Mapuche" y que decía: "En señal de afecto y gratitud, declaramos a nuestro obispo: "Peñi Jaime de Nevares, Miembro Honorario de la Agrupación Mapuche Huayquillán de Colipilli".

Falleció un 19 de mayo de 1995 a las 01.50 en la ciudad de Neuquén, tras una larga enfermedad.

Fue un viernes. Un día gris, lluvioso, frio. Por la clínica Pasteur desfilaron cientos de personas que se acercaban para elevar una oración o simplemente para estar cerca del hombre, del cura que siempre se brindó por los demás. El periodismo regional se instaló en un café que estaba frente a la clínica. Entre muchos cafés, algunos tostados y contando anécdotas, esperábamos la recuperación del Obispo que sabíamos no llegaría. El desenlace llegó la madrugada del viernes 19 de mayo.

29/07/2016

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