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El discurso anarcocapitalista nos ha habituado a escuchar mentiras, hoy finamente denominadas “fake news”, y a estadísticas inventadas, sin correlato real, como herramientas habituales de publicidad y armas en la “batalla cultural” que han declarado unilateralmente. Desde diversas publicaciones se ha señalado esos errores, pero, sin respuesta ni justificación alguna, se siguen repitiendo, posiblemente por la aplicación del principio atribuido al ministro de Propaganda de la Alemania nazi, Joseph Goebbels: "miente, miente que algo quedará, cuanto más grande sea una mentira más gente la creerá". En ese contexto me voy a permitir repetir conceptos ya desarrollados en notas anteriores.
Son tres los principales “caballitos de batalla” de ese discurso que no son ciertos: primero, el que la inflación es un fenómeno de origen exclusivamente monetario y originado en el déficit fiscal; segundo, que al asumir Milei se estaba al borde de la hiperinflación y, el tercero, que Argentina era una potencia hasta mediados del siglo XX, época en que entró en decadencia.
El primero tiene que ver con la justificación del ajuste del gasto público, que afecta seriamente a la educación, salud, obra pública y justicia social. El exceso de dinero disponible (que se manifiesta en exceso de demanda global) causó la primera inflación moderna, en España del siglo XVI, pero, en las economías actuales, la inflación es, más que enfermedad, un síntoma de desequilibrios y es multicausal. En el caso argentino hoy se origina en la lucha por la distribución del ingreso, que se manifiesta con presiones sobre el tipo de cambio, los salarios, las tarifas reguladas (incluyendo subsidios) y la marcación de los precios por parte del empresariado. Que esto lo sabe el gobierno no cabe duda: la lucha antiinflacionaria se basa en el dólar y los salarios “planchados” y en las presiones sobre el “mark up” que, si fuera un fenómeno puramente monetario, no tendrían sentido.
El ajuste extremo del gasto, en búsqueda de superávit en las finanzas públicas, interesa fundamentalmente a los acreedores extranjeros, para asegurar el cobro de intereses y deuda.
Al segundo lo ha dicho el presidente en diversos foros y lo repiten en forma permanente sus seguidores. Por ejemplo, Agustín Etchebarde, presidente de “Libertad y progreso”, en una nota en el diario “Río Negro” del 4-5-26, dice “El gobierno de Milei recibió un país en colapso económico, culminando la última fase de un proceso hiperinflacionario. La inflación del 2023 cerró en 211,4% anual con diciembre marcando 25,5 mensual en precios minoristas y 54% en mayoristas”.
Lo que no dice Milei ni sus seguidores es que en diciembre del año 2023 él ya había asumido el gobierno y que fue él quien ordenó una megadevaluación del 118% (el dólar oficial pasó de $ 366 a $ 800), la mayor de la historia argentina, superior al famoso “rodrigazo” de 1975 y que generó el salto inflacionario. Si bien el índice de inflación mensual venía aumentando desde mediados del 2023, el gran salto inflacionario se da bajo el gobierno de Milei, debido a su devaluación.
El tercero de sus caballitos de batalla es que hubo una Argentina liberal exitosa que duró hasta la llegada del peronismo en 1946 y que la convirtió en el paraíso perdido. Así lo dijo en Davos el 17 de enero de 2024 (aunque ahí fechó el inicio de la decadencia en la crisis del ’29) y lo transcribió en su libro “Capitalismo. socialismo y la trampa neoclásica”: “Cuando adoptamos el modelo de la libertad, allá por 1860, en treinta y cinco años nos convertimos en la primera potencia mundial… (con el colectivismo) “a lo largo de los últimos cien años, vimos como nuestros ciudadanos comienzan a empobrecerse sistemáticamente hasta caer en el puesto 140 del mundo”. Lo repitieron muchísimas veces, tanto Milei como sus seguidores; por ejemplo, Emilio Ocampo en una nota de Infobae, sostiene que: "La decadencia económica argentina a partir de 1946 es un hecho histórico innegable y casi único en la historia del mundo moderno”. También José Luis Espert y de Ramiro Castiñeira en el artículo “Auge y decadencia argentina” (Infobae, 11-7-22) y diciendo “después de ochenta o cien años de decadencia…”.
No es cierto que hayamos sido primera potencia mundial a principios del siglo XX ni que seamos, hoy, el país 140 del ranking de naciones. Según la única estimación conocida del PBI por habitante de aquella época, en 1900 éramos 13 entre 45 países, mientras que en el año 2023, cuando asume Milei, ocupábamos el número 30 entre más de 140 países; según el índice de desarrollo humano de las Naciones Unidas, en ese año, cuando asumió Milei, éramos un país de “desarrollo muy alto” (índice que toma en cuenta el ingreso por habitante, la educación y la salud, mayor a 0,8) ya que el índice es de 0,842 que nos ubicaba en el puesto 47 entre los 191 países del mundo; segundos en América Latina (después de Chile, con 0,855) y el de mayor desarrollo humano que los 5 países que conformabanlos BRICS: Rusia (0,822), China (0.768), Brasil (0.754), Sudáfrica (0.713), e India (0.642).
La riqueza de principios del siglo XX es un mito que nace porque en el período 1900-1945 el PBI argentino creció a una tasa promedio del 3,7% anual, pero en ese período la población creció a una tasa del 2,6% anual, por lo que el crecimiento por habitante fue de un módico 1,1% anual (1,7% si se excluye la crisis de los años ’30; es decir, si se toma 1900-1929), con una alta concentración del ingreso en manos de los terratenientes de la pampa húmeda, esos que pasaban muy pocos meses en Buenos Aires, el verano en la estancia y el invierno paseando por Europa y gastando a menos llenas el dinero que recibían sin trabajar (“tirando manteca al techo”) y que dio lugar a la leyenda de la “riqueza argentina”, mientras que para el grueso de la población nada cambiaba.
Por el contrario, en el período 1946-1975, que abarca el peronismo hasta 1955, los gobiernos militares y civiles que mantuvieron la intervención estatal en la economía, hasta el período Cámpora-Perón, el crecimiento del producto per cápita fue mayor, del 2,2% anual. Luego vinieron las políticas neoliberales de Videla-Martínez de Hoz, Menem y De la Rúa y el crecimiento se redujo al 1,1%. En el nuevo siglo, con Néstor y Cristina Kirchner (2002-2015) subió al 3,8% anual. Finalmente, con las dos nuevas experiencias neoliberales, la de Macri y la de Milei y con el gobierno de Fernández y el COVID en medio, el producto total se mantuvo estable (creció 0,5% en diez años) mientras que la población, según INDEC, aumentó el 8,5%, lo que implica una disminución del producto per cápIta del 7,4%.
Es decir, los hechos parecieran dar lugar a una tesis opuesta a la liberal: el desarrollo económico que implica la industrialización del país no pudo madurar por las continuas interrupciones del proceso (tanto por vía militar en 1976, como electoral en 1989 y en el 2015) con políticas liberales que se aplicaron y fracasaron, pero que interrumpieron e hicieron retroceder en el proceso de industrialización. Si hubiera frustración argentina, se debería al hecho de haber quedado a medio camino su desarrollo industrial; cual moderno Sísifo (aquel que, según la mitología griega, fue condenado a empujar cuesta arriba por una montaña una piedra que, al llegar a la cima, volvía a rodar hacia abajo, repitiéndose una y otra vez el proceso), Argentina pareciera condenada a reiniciar una y otra vez su proceso de modernización industrial.
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