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Columnistas
24/05/2026

Postales de Beijing y los fantasmas de Templo del Cielo

Postales de  Beijing y los fantasmas de Templo del Cielo | VA CON FIRMA. Un plus sobre la información.

“Con elegancia Xi Jinping le dijo a Trump que China es hoy una Gran Potencia, un par en la construcción de un nuevo orden mundial, donde su voz pesa y debe ser escuchada y respetada”.

Gustavo Crisafulli *

Entre el 13 y el 15 de mayo pasados Donald Trump viajó a Beijing para reunirse con su par Xi Jinping. Hacía nueve años que un presidente estadounidense no pisaba China, desde el viaje del mismo Donald en 2017. Se convirtió así en el octavo mandatario de su país en hacerlo, desde la histórica visita de Richard Nixon en febrero de 1972.

Posiblemente, aunque de un modo diferente y en un contexto internacional completamente distinto, esta visita sea la más importante desde entonces.

Como aquella, se da en el marco de una guerra incierta, de tensiones económicas y financieras y es una apuesta para estabilizar un esquema de relaciones profundamente estresado. Pero hasta ahí llega el parecido.

A diferencia de todas las otras cumbres, aquí no hubo una larga preparación por equipos de especialistas de ambos lados que garantizara el contenido y el lenguaje de las conversaciones y los acuerdos.

En su ya clásico estilo, Donald fue sin agenda previa acompañado tan solo por tres de sus secretarios de primera línea, Scott Bessent, Marco Rubio y Pete Hegseth, y por diecisiete empresarios tecnológicos y de agro-negocios. Ningún diplomático ni experto en China.

No hubo entonces Comunicado Final y el contenido de las conversaciones privadas no se conoce sino por lo que las partes han querido decir públicamente.

Como era de esperar, los relatos estadounidense y chino no son coincidentes más allá de algunas promesas mutuas de profundizar las relaciones y la cooperación en temas de comercio y de resolución de los conflictos internacionales.

La Casa Blanca y los medios estadounidenses afirmaron que se acordó que el estrecho de Ormuz debe ser abierto, que Irán nunca tendrá un arma nuclear y que China comprará petróleo estadounidense para reducir su dependencia del Golfo, así como más soja y aviones Boeing.

El gobierno chino dijo sólo que los dos líderes intercambiaron puntos de vista sobre Medio Oriente.

Pero en la recepción a Trump y en declaraciones posteriores Xi Jinping dejó en claro la posición de China: como en todas las reuniones desde 1972, la cuestión de Taiwan es determinante en la relación con los EE.UU.

El retorno pacífico de la isla a la jurisdicción de Beijing (como ocurrió con Hong Kong y Macao) y la vigencia del reconocimiento de “Una sola China” por parte de Nixon en 1972 son la base para avanzar en cualquier dimensión de la cooperación mutua.

A toda vista resultaba evidente que Trump llegaba a Beijing en desventaja. Desde octubre de 2025, cuando se pactó la reunión en Corea de Sur, la situación cambió drásticamente.

La guerra comercial desatada desde 2017 recibió un golpe de KO con la restricción china a la exportación de tierras raras y la decisión de la Corte Suprema en EE.UU. contra los aranceles establecidos por el Ejecutivo en el grotesco “Liberation Day” el 3 de abril de 2025.

La situación interna de Trump empeoró cada día. La inflación alcanzó el 3.8% en el último año, pero es casi el 18% en la energía. La deuda pública subió a 39 billones de dólares, la más alta desde la II Guerra Mundial, superando el 120% del PBI.

Los archivos de Epstein y la guerra de agresión contra Irán han horadado su base electoral a seis meses de las elecciones de medio término.

Pero esa debilidad torna el escenario más peligroso. El secuestro de Nicolás Maduro y la sumisión del gobierno venezolano a la política de Washington, el ataque brutal a Irán y el posterior bloqueo naval y las acciones de piratería en el Océano Índico, junto al aumento de la presencia militar estadounidense en Filipinas y el incentivo al rearme de Japón, apuntan todos contra Beijing.

El gobierno chino sabe que está en una posición de ventaja pero sabe también que no hay que llevar al enemigo a un rincón desesperado (más aún cuando éste posee un enorme arsenal nuclear) y porque no piensa, además, en el obtuso molde occidental de los juegos de suma cero.

Por eso planearon una bienvenida cordial y cálida dentro del muy estructurado protocolo diplomático y luego Xi Jinping marcó los alcances de la reunión cuando declaró: “Básicamente esta visita ha sido histórica y simbólica, durante ella hemos establecido una nueva relación bilateral, una relación estratégicamente estable y constructiva”.

Con elegancia le dijo a Trump que China es hoy una Gran Potencia, un par en la construcción de un nuevo orden mundial, donde su voz pesa y debe ser escuchada y respetada.

Con su milenaria sutileza el principal mensaje es simbólico y los estadounidenses, si llegan a poder entenderlo, lo tienen en las postales que se llevan de Beijing.

La delegación fue sólo a tres lugares: el Gran Salón del Pueblo, el complejo de Zongnanhai y curiosa y raramente al Templo del Cielo.

El Gran Salón del Pueblo, en el lado oeste de la Plaza de Tiananmen es donde se celebran las reuniones de la Asamblea Nacional Popular, el Parlamento chino, y donde se reúne una vez por quinquenio el Congreso Nacional del Partido Comunista de China, junto a otras reuniones políticos y de cuerpos consultivos.

Fue inaugurado por Mao en septiembre de 1959 y es uno de los diez grandes edificios públicos erigidos para conmemorar el décimo aniversario de la República Popular.

Con más de 100 mil metros cuadrados, su magnífica decoración dejó boquiabierto al secretario Marco Rubio (en imágenes que se hicieron virales). La misma expresión de asombro que se dibujo en el rostro de John Macartney, el primer enviado del rey de Inglaterra cuando visitó al Emperador Qianlong en la Ciudad Prohibida en 1793.

En las cercanías de ésta se encuentra Zongnanhai, un conjunto de edificios construidos en el siglo XV, a fines de la dinastía Ming, que en 1912 fueron brevemente la sede de gobierno de la recién nacida República de China. Hoy es la sede del Consejo de Estado y del Secretario General del Partido Comunista.

Ambos lugares son la expresión del poder colectivo del Partido y del Estado y la continuidad de siglos y siglos de estatalidad.

Aún más simbólica es la recorrida de Trump por el Templo del Cielo, un lugar completamente infrecuente para visitas de autoridades extranjeras.

Construido en el siglo XV para adorar las cosechas en primavera y agradecer los frutos en el otoño, la recorrida podría leerse como el deseo de que la relación bilateral tenga la armonía y previsibilidad de la naturaleza y buenos resultados.

Pero el motivo es otro: en agosto de este año se cumplen 125 años de que unos 50.000 soldados británicos, estadounidenses, franceses, alemanes, italianos, japoneses y rusos tomaron Beijing.

Aquella coalición, formada para liquidar a la rebelión bóxer, ocupó en agosto de 1900 la capital y saqueó la Ciudad Prohibida y el antiguo Palacio de Verano. Fue el comienzo de lo que los chinos llaman “El Siglo de la Humillación”.

El Templo del Cielo, también saqueado, fue el Cuartel de la ocupación. La postal que se llevó Donald Trump dice en el dorso: El Siglo de la Humillación ya ha terminado.


 

(#) Esta columna fue realizada con materiales producidos para Bajo un Cielo Rojo Sangre, el programa de política internacional de Radio Universidad Calf. Los domingos a las 11.



(*) Historiador, ex rector de la Universidad Nacional del Comahue.
29/07/2016

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