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17/05/2026

El Naranjo, el silencio, la memoria

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“Moreno, Castelli y después Monteagudo serán los que en serio querrán “una nueva y gloriosa nación”. Bebían en fuentes europeas y no por eso eran ‘cipayos’”.

Juan Chaneton *

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El país en que vivimos no ha saldado sus cuentas con el divorcio histórico existente entre “liberales” y “nacionalistas”. La tensión agonal de esta polaridad bien podría constituir un signo de personalidad propia del colectivo social, es decir, de identidad nacional. Pero sólo a condición de que tomáramos nota de tal contradicción y la trasmitiéramos a las nuevas generaciones como eso: una contradicción no resuelta y sujeta a debate.

El expediente ha sido otro, sin embargo. La Argentina es un país que, como ninguno, ha resuelto esa contradicción fundacional mediante el facilismo de construir una historia escrita por vencedores que ni siquiera se han tomado el trabajo de parecer ecuánimes. No han hecho, de ese modo, por cierto, concesiones a la hipocresía, y esto no deja de ser, aunque poca, virtud.

Pero la verdad de los derrotados se filtra, a veces, por intersticios impensados. La literatura, por ejemplo, ha suplantado con ventaja al discurso político en los casos de Numancia y Cartago, dos paradigmas de la no victoria. El drama numantino residió en que, aun cuando la verdad estaba de parte de ese pueblo, su resistencia a la barbarie romana sería infructuosa. Su única victoria posible era la derrota. En ello, junto con la verdad de su causa, residió también su gloria… Pero esto no nos lo cuenta la historia sino la literatura de Carlos Fuentes(El Naranjo o los Círculos del Tiempo).

Pero a los nacionalistas argentinos –que han estado tan lejos de la “verdad” como los liberales, ni esa reparación histórica les ha sido dada. La literatura no ha podido, aquí, desmentir a la política, tal vez porque a su causa, en suma le faltó grandeza.

Se diría que, con la versión “revisionista de su historia” los argentinos han hecho lo que Mitre con Saldías. Éste, hijo espiritual de las luces europeas y formado culturalmente en una buena familia de genuina prosapia liberal, no pudo sino enrolarse, originariamente, en aquella visión de nuestras cosas que tenía, en la demonización de Rosas, su núcleo ideológico.

No es conocido con la generalidad y extensión que sería de desear (un silencio asaz pernicioso) que el puro azar hizo que, en uno de sus viajes a Europa, el bon vivantAdolfo Saldías trabara amistad con descendientes de Rosas que le facilitaron el acceso nada menos que al archivo personal del caudillo. El deslumbramiento que experimentó Saldías con la lectura de ese rico material fue causa no poco relevante que lo indujo no sólo a modificar su punto de vista sino a escribir “otra” historia.

Hijo, en fin, de las buenas maneras heredadas de sus mayores, Saldías se dirigió a Mitre –autoridad reconocida por todos en materia historiográfica- para comunicarle la buena nueva. Ésta consistía, poco más o menos, en afirmar que, hasta ese momento, se había creído -erróneamente- que el espíritu objetivo se desarrollaba en la Argentina, según la versión liberal. El error, no obstante, era excusable –decía Saldías- pues se carecía, al momento de escribir nuestra historia, de esa espectacular fuente documental que eran los archivos del Restaurador. Éstos mostraban ahora que, al fin y al cabo, lo esencial de su política había sido una legítima defensa de la nacionalidad avasallada por Francia e Inglaterra, y un inteligente programa de desarrollo económico autónomo basado en protectorios instrumentos de política fiscal y tributaria. Federalismo auténtico, en suma, en la visión de Saldías.

Como no podía ser de otro modo, su ingenuidad chocó con una soberbia de Mitre que, en realidad, disimulaba su picardía. No contestó al novel historiador y atribuyó a su juventud el “extravío”. Porque no era, en fin, la “verdad” lo que interesaba al general historiador, sino legitimar el presente dirigente de su clase a partir de enraizar en el pasado sus títulos de dominio. Así procede una autoridad de crisis, al decir de Andre Malraux. Ésta no se ocupa de la cotidianeidad –como la autoridad de rutina- sino que el futuro –la gobernabilidad- es su desvelo.

No ha sido, en fin, la refutación sostenida en argumentos sino la descalificación por el silencio la actitud que el púlpito liberal ha tenido frente a la versión “nacional” de la historia. La astucia de la razón,en la Argentina, ha consistido en que el espíritu objetivose ha expresado siempre a través de los liberales. Sus “cerebros”, instituidos en el “lugar del supuesto saber” han ignorado o estigmatizado, más que derrotado, al revisionismo.

Lo cual no debería obstar a comprensiones tal vez incómodas pero sostenidas en los hechos, que son la materia prima del historiador. A las jóvenes generaciones de argentinos les debería estar dado comprobar cotidianamente en las aulas que la “hispanidad” encarnada en los caudillos, en la medida en que significaba nada más que un repliegue autista sobre el atraso, no podía constituir programa eficaz para una nación en cierne. Asimismo, habría sido un rasgo de inteligencia social parar mientes en que la política antagónica a Moreno no era “democrática” por el hecho de que se propusiera ampliar el número de miembros de la Primera Junta para dar cabida, en ese órgano ejecutivo, a la gente del interior; antes bien, su signo era conservador del antiguo orden y enemigo de que estas provincias tuvieran gobierno propio. No era sólo ampliar el número lo que perseguía Saavedra, sino ampliarlo con partidarios de España.

Moreno, Castelli y después Monteagudo serán los que en serio querrán “una nueva y gloriosa nación”. Bebían en fuentes europeas y no por eso eran “cipayos”. Leían lo que había a mano: Rousseau, Lamennais. Era mejor que inspirarse en Savonarola.

El destino trágico de la Argentina en fragua quiso que nadie entendiera en aquel tiempo que, como escribió Alberdi, “…con caudillos, con unitarios, con federales, y con cuanto contiene y forma la desgraciada República, se debe proceder a su organización, sin escluir (sic) ni aun a los malos, porque también forman parte de la familia” (J. B. A, Cartas sobre la prensa y la política militante de la República Argentina;en O.C., Bs. As., ed. La Tribuna Nacional, 1886, t. IV, p. 16).

Y bien. Los problemas que agitan a una generación se extinguen para las generaciones sucesivas, no porque hayan sido resueltos sino porque el interés general los deroga, como descerrajó una vez Cesare Pavese.

Es lo que ha pasado aquí. Y no es para menos. A vosotros se atreve, argentinos, la actual coyuntura global con sus rispideces, enigmas y dificultades. Y con el denso espesor de sus problemas.

La Argentina ha llegado hasta acá. Y lo ha hecho en el estado que exhibe hoy. La pregunta es, ¿qué sentido tiene toda esta historia de entrecasa en el marco de la actual globalización económica, social y cultural en que vegeta hoy la humanidad? ¿Es aceptable que sin consultar con nadie se haya embretado al país en un seguidismo automático con potencias guerreristas como Estados Unidos e Israel? Y hay que saber: lo cuestionable no es celebrar alianzas; lo inadmisible es hacerlas con sujetos jurídicos de la comunidad internacional (Estados) con prontuario que ya ha sido puesto en precio por la Corte Penal Internacional.

Tramos enteros de la historia nacional ya son pergamino seco, letra muerta, detritus primordial y originario de los que nadie da cuenta. Las gentes que se ofrecen en el mercado electoral ni mencionan el tema porque presumen que a nadie le interesa un pasado muerto. Sólo resta preguntarse si ese pasado no resucitaría si se aludiera a él diciendo que no está muerto. Ya nadie recuerda a Frederic Chopin, como una vez nos hizo notar el insigne Tito Cossa, pero tal vez haya que parar mientes en desmemorias peores que ésa. Ese Día de la Victoria que llevan grabado a fuego los pueblos eslavos es un recuerdo suyo pero no de nosotros, que sin embargo también celebramos, en su momento, esa victoria. El 9 de mayo la humanidad debería conmemorar cómo y de qué modo pudo sepultar una barbarie que se presentó en sociedad diciendo una cosa pero sabiendo que venía a hacer otra. Sucedió así.

El componente irracional galvaniza voluntades en torno a metas que, de otro modo, resultarían ineficaces como estímulo convocante. Pero esto es apenas una descripción; y los analistas y filósofos de la historia y de la política rara vez van más allá de la descripción cuando se trata de decir algo que sirva para comprender el descenso a esas simas inhóspitas que significó la epifanía "nacionalsocialista". No alcanza con "la banalidad del mal"; esa es una "explicación" que no explica nada. Es una declaración de una señora confundida por su propia cosmovisión; es ésta -la ideología- la que les impide adentrarse en el conocimiento del fenómeno. Ningún liberal del tipo Arendt, sir Isaiah Berlin o Karl Popper atinaron nunca a dar cuenta de por qué y para qué existió el nazismo como opción vital elegida por los alemanes. A los liberales les alcanza con decir que el nazismo fue un horror y nunca quisieron decir nada más que eso. Tal vez porque, si investigaran más a fondo, se encontrarían con su propia silueta devuelta como borrosa imagen en ese espejo del espanto y tal vez también divisarían lo que el azogue suele revelar, una inherente weltanshauungde inquietantes puntos de contacto con el "totalitarismo". Lo que es totalitario, primero, es el capital, no el nazismo. Por caso, un enamorado de los facilismos fuertemente prejuiciado contra todo lo que no sea su propia opinión, supo una vez decir en el NYTimes que la causa del nacionalsocialismo había sido Neville Chamberlain (Thomas Fridman). Este es el tipo de profundidades conceptuales que nos depara siempre el liberalismo cuando analiza la historia humana y las causas que promovieron tal o cual fenómeno. Hoy, para contar lo que pasa en el mundo, están haciendo lo mismo.

El enemigo de los nazis fue el comunismo no los judíos. Eso vino después en su loca abstracción razonativa, y tuvo la función descripta más arriba: el componente irracional galvaniza voluntades en torno a metas que, de otro modo, resultarían ineficaces como estímulo convocante. En esa Europa enferma y lóbrega de 1930, quien quisiera hacer política debía vestirse de rojo y llamarse “socialista”, de lo contrario, no existía. Un sedicente judaísmo internacional y sus protervos designios agregaron el componente irracional que, asociado al bolchevismo soviético, suscitó las adhesiones que, de ordinario, requieren las tareas político-militares extremadamente difíciles y los crímenes de magnitud histórica. Pero la dificultad, ahí, no ha hecho más que empezar.

Pues las complejidades de la vida nos llevan por otros caminos en los que aguarda, latente, la conjetura o cuanto menos la duda. O bien detrás del liderazgo británico operaban unos servicios de inteligencia que presionaban con éxito en favor de la "solución nazi" al problema bolchevique, dejando hacer a la Alemania de Hitler para que avanzara sobre Stalin con la URSS como objetivo; o bien Mr. Winston Churchill fue autónomo en sus decisiones y vislumbró (en lo que habría sido un alarde de sabiduría histórica, versación filosófica y destrreza política) que, en última instancia, el bolchevismo bebía, a través de Marx, en las fuentes del racionalismo occidental y, con ello, era tributario de la idea iluminista del progreso infinito como destino inexorable de la Humanidad; en tanto el nazismo hundía su raíz en el atavismo ancestral de las hordas paganas prebíblicas, esas a las que les cantó Richard Wagner y Nietzsche les salió de garantía. Con los primeros se podía conversar. Con la barbarie, nunca, habrá colegido sir Winston.

El caso es que, contra lo que supuso Adorno, no sólo se pudo seguir escribiendo poesía después de Auschwitz sino que son ahora otros pueblos los que se holocaustan en ópalos dispersos (Vallejo), y el sujeto activo del lito de genocidio (CPI) ya no es alemán sino judío israelí.

Europa y su clase media –para quien sus emociones fuertes consisten en visitar un shopping- se pasa todo el año sin recordar ni pío de esta catástrofe que la tuvo como protagonista. Sólo Rusia no olvida. Con su insistencia, Rusia reclama que el 9 de mayo sea una fecha de todos.

Esos tramos de la historia humana que los humanos olvidan o fingen olvidar tienen, sin embargo, una extraña vitalidad sanguínea, como si fuera una energía intracorporal latente y presta a aflorar cuando las circunstancias parecen convocar el acto reflejo en defensa de una vida que se percibe amenazada.

Nosotros balconeamos estos avatares, sentires y decires, desde un margen llamado Latinoamérica, esa a la que, una vez, el director del periódico parisiense “Liberation”, Serge July, se refirió sentenciando, con fatuidad europea: “no cuenta políticamente; sólo es una potencia literaria” (cit. en A. Colombres; América Latina: el desafío del tercer milenio; Bs. As., Del Sol, 1993). Pero tanta ajenidad con Europa, no nos evita pesadillas, que son similares en tanto tienen a la creciente estupidización de las masas como artículo de fe que motiva el apoyo delirante a cualquier imbécil que aparece en el púlpito diciendo lo que un auditorio cansado y torpe no puede ni quiere oír, pero que invita a creer.

Un entero medio siglo del siglo pasado, en la Argentina fue llenado, casi en exclusividad, por la eufemísticamente llamada “alternancia cívico-militar” en el poder del Estado. En tanto configuración institucional, las dictaduras militares no significaron ruptura trascendente con las líneas generales del modelo agroexportador basado en capitales externos que resultó hegemónico a lo largo del siglo. Pero la excepcionalidad de estas dictaduras –en particular las que van desde 1966 en adelante- residió en la respuesta consensual que encontraron en la sociedad civil, así como en la calidad y el grado de las transgresiones a la moral que perpetraron, en gran medida, alentadas por aquella respuesta consensual. Un pequeño sector de la sociedad civil argentina enarboló la ambigüedad como arma para enjuiciar el delito atroz: demandaron la “aparición con vida” de esos hijos de aquellos inmigrantes que fueron asesinados porque una vez decidieron tomarse a sí mismos como argentinos de verdad. No se pudo velar a esos muertos porque no se sabía dónde estaban. Y en defecto de rito significante, no le quedó a aquel pequeño grupo más que persistir en la más atroz de las ambigüedades argentinas: reclamar por la vida de sus muertos. Lo que hicimos los argentinos en aquellos años –no olvidar- también es un retazo de identidad. Lo que estamos viviendo hoy, tampoco hay que olvidarlo. No nos tiene que ocurrir nunca más.

Los nazis se vieron a sí mismos como el "katechón" bíblico que venía a matar al anticristo bolchevique... y fundaron Sobibor. Hay epígonos argentinos de Carl Schmitt. Pulularon, incluso, alguna vez, en la cátedra. Hoy, ya retirados y afrontando las inquinas de la senilidad, se debaten en unos espasmos alucinatorios, atormentados por imaginarios ejércitos ornados con el símbolo del rayo y disciplinados en el crimen que va en pos de las "esencias". En algunos lugares, incluso, son gobierno.



(*) Abogado, periodista, escritor.
29/07/2016

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