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Los historiadores son comparatistas. Comprender a un personaje del pasado y contemporáneo demanda desandar biografías y diversas realidades históricas. Los parecidos de familia se imponen. Los políticos también se comportan como los historiadores, al menos aquellos que pretenden ser algo más que una estrella fugaz. Requieren de la historia comparada para ser locuaces y convincentes. Para ser eficaces en el barro del poder real. Con todo saben que la Historia no da lecciones, pero si información y comprensión. Ofrece perspectiva. Quienes la ignoran, ni siquiera tienen el beneficio del olvido, según el Maquiavelo de hace 500 años, muerto tantas veces. El último que lo “ejecutó” fue Javier Milei, sin siquiera haberlo comprendido.
A Milei le interesa poco una disciplina como la Historia. Sobre todo, si habla del pasado del país real, de la política tal cual es o del estado existente de la sociedad. Le importa poco la humanidad que come y vive. Es un hombre de mitos. Y lo que dice saber del pasado ha decido descarnarlo hasta dejar un esqueleto sin identidad ni propósito. Siempre se autopercibe como un ser único y excepcional, es el mejor de la totalidad. Hitler, en cambio, tenía fe en la Historia que era una de sus disciplinas predilectas. Entre las favoritas la historia militar. Igual que la que refería al pasado y estado de la cultura-civilización. De ella aprendió su modernismo reaccionario que en cierta medida lo emparenta con el Milei de sus amigos tecnos e hipermillonarios que piensan en un Elysiun para abandonar el planeta Tierra. El protagonismo de Hitler también fue para el espectáculo, con una potente voz y narrativa que por supuesto carecía de la vulgata del “digamos”. Construyo su figura para la tragedia humana.
Los parecidos de familia se han impuesto en el análisis de este tiempo. Como cuando asomó el primer Donal Trump. Su llegada al poder fue comparada con la manera en que los sectores conservadores de la Alemania de 1933 decidieron rendirse frente a Hitler convencidos que serían capaces de domesticarlo. Con Milei, ocurrió algo similar: por fuera del voto popular el poder de los empresarios, publicistas y otras yerbas del llamado círculo rojo lo apoyaron a rajatablas con la convicción e irracionalidad de que haría lo que ellos quisieran. Lo domarían. Para esta gente, lo conservador y reaccionario de nuestra historia había encontrado en un individuo extravagante el instrumento para desmontar la Argentina peronista que se resiste a morir. Sin embargo, Milei aun no alcanzo a Hitler. El dictador germano nunca fue un outsider ni un loco, fue un político para una nación que sabía de Historia. Y ambos se montaron sobre ella. Impusieron sus personalidades y con ello el destino de sus países.
Hay mucho parecido de familia en Hitler y Milei. Si bien resulta imposible comparar la Argentina de hoy con la Alemania de la recuperación económica bajo la égida de Hitler. Este contó con el genio de su primer ministro de hacienda. Hjalmar Schacht solo se parece al Caputo del endeudamiento permanente por portar osadía y contabilidad creativa. Con la salida de Schacht en 1937 la elección entre mantequilla y cañones selló la suerte del nuevo Reich. En esto si se parece la Alemania de Hitler y la Argentina de Milei porque ambos privaron a sus pueblos de mantequilla. También debemos dejar del lado el antisemitismo. El semitismo proisraelí, radical e irracional de Milei, tiene el espejo en la voluntad de Hitler de endiosar a los arios y con ello abrir el camino al antisemitismo criminal. Tampoco las fake news de hoy son comparables a la fabricación de mentiras para ir a la guerra, como lo hizo Hitler con el montaje de una supuesta agresión polaca para despedazar un país y llevar a Europa a la catástrofe de la Segunda Guerra Mundial.
Hitler y Milei se parecen más por algunas cuestiones de la furiosa militancia del anticomunismo y el antiliberalismo. Hitler podía enarbolar su bandera antibolchevique porque los comunistas existían mientras Milei los inventa. Ambos también apelan al mando decisionista para señalar enemigos y amigos para un Estado excluyente. Asimismo, Milei está lejos de su amado Friedrich Hayek que ponía delante del carro económico al Estado de Derecho liberal. Hitler no lo conoció y considero al liberalismo ideología decadente. Milei invento el iliberalismo como su amigo el húngaro caído en desgracia Víctor Orban. Hay otro punto común en Austria, un Estado que después de la Primera Guerra hablaba alemán, pero no quería ser Alemania. Hitler cambio las tornas, de austriaco a alemán. Milei se declara austriaco, pero aborrece la Alemania del Estado federal presente. Milei, tomo de los austriacos una parte de su tradición intelectual, dejando atrás a muchos teóricos brillantes como Rudolf Hilferding, que era judío y socialdemócrata. Del otro gran austriaco, Joseh Schumpeter, decidió tomar solo el concepto de destrucción creadora para aplicarlo solo como destrucción.
Los parecidos de familia se imponen para el momento del desencanto. Es el tiempo del derrumbe. De allí las comparaciones que se están haciendo para pensar al Milei de hoy desaforado y encapsulado en su bunker de la irrealidad. Igual que Hitler frente a la presencia de las tropas soviéticas invadiendo Berlín.
Es seguro que los historiadores y una parte de la sociedad frente al final del “momento Milei” se hagan la misma pregunta adaptándola a nuestras circunstancias con que inicia la gran biografía Ian Kershaw sobre Hitler: “¿Cómo un inadaptado social tan estrambótico pudo llegar a tomar el poder en Alemania, un país moderno, complejo, desarrollado económicamente y avanzado culturalmente?¨.
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