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Oscar Parrilli, uno de los dirigentes de mayor confianza de Cristina Fernández de Kirchner, declaró ante los medios que la prioridad del peronismo debe ser lograr la libertad de Cristina, es decir, revertir el fallo de la Corte Suprema que la inhabilita a postularse en 2027. Ante la pregunta de un periodista sobre si ese objetivo era prioritario a derrotar a Milei, respondió: “A Milei hay que sacarlo con los votos, pero lo cierto es que, si Cristina sigue presa, el presidente que le gane va a ser un presidente rengo, debido al debilitamiento institucional”. Es decir, presumiblemente quiso señalar que asumiría con poco poder, y que la debilidad política suele derivar en ingobernabilidad. También sostuvo que “esta es una democracia trucha” y planteó la necesidad de una reforma constitucional , que aborde qué hacer con un sistema judicial que calificó de mafioso, cuál será la relación con el FMI y cómo se enfrentará el problema de la deuda externa.
Las declaraciones de Parrilli generaron inquietud en sectores axelistas o kicillofistas, y no sin razón desde su perspectiva, ya que el gobernador bonaerense lanzó de manera anticipada su candidatura presidencial desde el inicio del gobierno de Milei. Esta falta de oportunidad política le ha traído más problemas que beneficios dentro del peronismo. Tal vez lo hizo porque, al igual que Guillermo Moreno, creyó que Milei no lograría sostenerse en la presidencia más allá de los primeros meses. Fue un diagnóstico equivocado. Los sectores más duros del kirchnerismo consideran al primer mandatario bonaerense poco menos que un traidor.
Volviendo a los dichos de nuestro coprovinciano, en realidad no hizo más que describir una situación frente a la cual el peronismo, en su conjunto, poco ha hecho por evitar. La idea de que vivimos en una “democracia trucha” encuentra múltiples evidencias, no solo en la actualidad, sino desde el 11 de diciembre de 2015, cuando Mauricio Macri asumió la Presidencia.
Los sectores privilegiados y conservadores de nuestro país han recurrido históricamente al endeudamiento externo, sin consulta ni consenso social, cuyas consecuencias terminaron siendo afrontadas y pagadas por gobiernos populares. Del mismo modo, apelaron reiteradamente a las fuerzas de seguridad y a las fuerzas armadas para reprimir reclamos y luchas por derechos no reconocidos o no respetados.
La persecución política, la proscripción, la represión y la concentración del poder en detrimento de las mayorías constituyen un denominador común que se ha profundizado desde la asunción a la presidencia de Javier Milei. En ese recorrido también estuvo Alberto Fernández, que no modificó absolutamente nada para mejorar el sistema democrático, acondicionando el sótano de la mafia judicial, el cual venía a cerrar.
La afirmación del exsenador neuquino, respecto de la “renguera” de un eventual presidente electo, en un contexto donde Cristina Fernández de Kirchner permanece proscripta, tampoco deja de ser cierto. Por eso, tras el desplante a CFK al momento de su postulación a la presidencia del Partido Justicialista, el gobernador bonaerense habría cambiado, retomando la consigna: “sin Cristina no se puede”.
Generalmente se le endilga al Peronismo un carácter autoritario; sin embargo, la historia ofrece numerosos ejemplos que cuestionan esa afirmación. Los sectores que lo califican como fascista o neofascista evocan, en cierto modo, aquel juego infantil que decía: “el que lo dice, lo es”.
En la Argentina, cada vez que el fascismo encontró terreno fértil para desarrollarse, lo hizo de la mano del antiperonismo. En ese sentido, la acusación parece funcionar como una proyección que invierte responsabilidades y subvierte el relato de los procesos históricos.
Estamos ingresando hoy, a una etapa de disputa por la conducción del Peronismo, y mientras esa tensión no se resuelva, los distintos actores deberán convivir con este malestar. Sin embargo, como el fascismo encuentra en el peronismo su principal anticuerpo —tal como explicaba Juan Domingo Perón al pensar la política en términos casi fisiológicos—, este parece ser el momento de preparar una respuesta para enfrentar esa “enfermedad”.
Los anticuerpos han comenzado a activarse y expandirse: el peronismo se reorganiza y se reproduce. En mi apreciación, a pesar de las declaraciones de Oscar Parrilli - primero, se buscará enfrentar el mal mayor para recomponer el cuerpo social; luego, llegará el momento de definir la conducción. Esa definición, sin embargo, no recaerá exclusivamente en la dirigencia, sino en nuevas “células” capaces de devolver vitalidad y credibilidad al cuerpo social, es decir, al propio peronismo. Quizás se vuelvan a consignas de campaña de principio de los años 70, donde se separaba el gobierno para uno y el poder para otro. Sería lo más inteligente.
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