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Nuestro tiempo de falacias socio políticas, está presentando instancias de suma gravedad, no solo por el dramatismo de sus alcances sino también porque al aceptarlas, nos transformamos en cómplices de la instalación de una verdad inexistente que complejiza el análisis de la actual crisis histórica.
Es también un acto de responsabilidad comunicativa y compromiso con la verdad, ya que significa hablar con honestidad y precisión, evitando eufemismos o rodeos innecesarios para describir la realidad. Un ejercicio de claridad que evita malentendidos, asegurando que los conceptos mantengan su significado real en la comunicación y sobre todo combatiendo la invisibilización de algunos hechos.
A veces no queda más remedio que apelar a la crudeza del lenguaje, ya que donde hay eufemismos y frases hechas, comparecen el dolor y la grieta de las frases deshechas. Tampoco debemos olvidar loque está en juego y quién está en juego:

El que agrede a una persona es un agresor, quien la maltrata un maltratador y quien no ofrece un sueldo digno es un explotador.
El mejor ejemplo actual es yanquilandia que, aunque hoy esté tropezando, construye su inmenso poder con la mentira organizada y naturalizada, como puede verse muy bien en el caso de Japón, vendido como paladín de la equidad democrática, pero que en realidad hace 80 años que es una colonia con todas las letras.
Con sus 130 millones de habitantes está gobernado por una autocrática monarquía parlamentaria desde 1947, tiene un ejército propio que solo sirve para seguridad interna y además olvida los ataques atómicos yanquis de 1945, con las 250 mil víctimas de Hiroshima y Nagasaki, pero soporta silenciosamente las 130 bases norteamericanas, 32 de las cuales están en una sola ciudad: Okinawa, con el cuento de custodiar Taiwán como si fuera el último bastión asiático.
A la cabeza de este escenario de mentiras, los EE.UU. se venden como democráticos, aunque en realidad son una maquillada dictadura planetaria de derecha, cuya conducción gubernamental (falsamente llamada “bipartidismo”) es en realidad un solo partido con dos caras, marginando rigurosamente los disensos, donde Obama es Trump y Trump es Obama. El resto no existe.
Con este esquema, los fracasados políticos norteamericanos tratan de resolver su propia crisis declinante, corriéndose a un costado mientras ponen a los empresarios de la usura financiera al frente del gobierno, sin advertir que sus conductas cortoplacistas y de falso contenido nacional los están conduciendo a la más dura derrota.

No obstante, sin chistar todos se comen el relato de un Trump que actúa de prócer, castigando y culpabilizando a Irán porque intenta construir una miserable bomba atómica, mientras ellos con Israel disfrutan sus 5.360 ojivas nucleares. En rigor, una guerra puede ser entendida eufemísticamente como un “conflicto armado” o bien como una “intervención humanitaria que vela por la paz del territorio” pero nunca como una payasada histórica.
Con esas mismas anteojeras y mentalidad enfermiza, hoy analizamos nuestro país, preocupadísimos por los viajes a Punta del Este o Bariloche de los funcionarios del gobierno, sin mencionar que nuestro ministro de economía viaja todos los fines de semana a EE.UU. para ver a su familia que reside en Nueva York.
Multitudes conviven con estas falacias gigantescas y también nosotros en la Patagonia nuestra de cada día, donde cobró especial vigencia el caso Chubut, con su población inequitativamente amontonada en el vértice sudeste de la provincia, viviendo la extinción repentina de las cuencas hidrocarburiferas descubiertas hace un siglo.
Ese auge extractivista insustentable, amontonó un tercio de la población provincial en la ciudad de Comodoro Rivadavia, contradiciendo que, desde los primeros tiempos, Chubut atrajo poblamiento para desarrollar la cuenca sustentable del valle del rio Chubut, hasta que cambió el esquema con el festival hidrocarburífero y las inversiones inmobiliarias de los enriquecidos petroleros.
Ahora todo se fue al demonio cuando caducaron para siempre esas explotaciones petroleras, dejando un territorio fragmentado, con el agravante que la agro-cuenca del rio Chubut, se desactivó con la especulación inmobiliaria, sin otra salida que reprogramarse productivamente. Es tan grave esta falacia que el brusco empobrecimiento de la población sobreviviente se manifiesta en hambre y violencia familiar, con traumáticos asesinatos infantiles, donde se ha vuelto normal la comercialización de la carne de burro en las carnicerías locales.
Falacia por falacia, así como se habla poco de este inesperado fenómeno chubutense, nada se dice tampoco de nuestro exagerado poblamiento concentrado en la región de la confluencia de Neuquén y Rio Negro, y menos aún de la construcción de las desproporcionadas infraestructuras viales y urbanas en el temporario yacimiento de Vaca Muerta en Añelo.
Ya nadie recuerda los nodos petroleros desactivados como Catriel, Rincón de los Sauces, Plaza Huincul o Cutral Co que hoy carecen de un rumbo productivo preciso, ni tampoco se comenta como la especulación inmobiliaria está destruyendo la inmensa cuenca agrícola del valle del rio Negro, afectando localidades verdes y sustentables como Senillosa, Plottier y Centenario mientras disimulamos la contaminación ambiental de los basureros petroleros o los numerosos sismos rurales del fracking.

En estas últimas décadas nos vienen vendiendo la idea de que las conductas irracionales están situadas en el centro de nuestras vidas y que la racionalidad es la excepción.
Ya compartimos que la clave será, sobre todo, asumir las historias tal cual son, porque este tiempo de falacias socio políticas, nos dejará efectos muy dañinos como el cuento del próspero modelo petrolero, no solo por el dramatismo de sus alcances sino también porque, nos estamos transformando en cómplices de la instalación de una verdad inexistente, justamente la misma que complicará la situación de la actual crisis histórico-económica hasta niveles inimaginables y donde el futuro será bastante más difícil para todos.
No hay otra quehablar directo y con franqueza, llamando a las cosas por su nombre, sin mirar para otro lado.
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