-?
Tarde o temprano esta pesadilla habrá de terminarse.
Que falte más o menos tiempo para que eso ocurra dependerá de cuánto le lleve a la sociedad recuperar la conciencia, el buen criterio, que nos impida seguir retrocediendo hasta la época de las cavernas.
Porque ya llevamos más de dos años de sostenida involución y no parece que haya otro destino que ese.
Es cierto, son muchas las regiones del mundo que optaron por elegir gobiernos de derecha o de extrema derecha, ignorando las enseñanzas de la historia.
Después de la desafortunada experiencia vivida entre 2017 y 2021, cuando lo eligieron presidente por primera vez, los ciudadanos estadounidenses volvieron a llevar a Donald Trump a la Casa Blanca en 2025. Y de poco importaron las causas judiciales en su contra o los intentos antidemocráticos de sus seguidores por asaltar el capitolio en enero de 2021.
Quizás incluso los presuntos vínculos procaces que habría mantenido con otro magnate financiero y delincuente sexual condenado como Jeffrey Epstein, no impacten decisivamente sobre muchos votantes del país del norte. Allá ellos.
Pero lo real es que aquello que en otra circunstancia pudo haber disuadido a la sociedad de entregar la conducción del país a un sujeto de sus características, en esta ocasión no funcionó.
Y el gobierno de Washington arrasó las instituciones de un país soberano como Venezuela, desató una guerra despiadada con Irán y ha disparado amenazas hasta a sus socios históricos, los europeos occidentales.
Pero cientos de miles de personas en las calles repudiando al fanfarrón amarillento quizás estén preanunciando el regreso hacia algún tipo de razón.
Y tal vez constituyan una dosis de esperanza para quienes al sur del mundo padecemos un régimen en manos de un grupo de lunáticos y un conjunto de personas sobre las que pesan fundadas sospechas de corrupción.

Estas cuestiones son de una gravedad incuestionable, aunque la falta de reacción popular ante el escarnio y la humillación nacional son aún más peligrosas y denigrantes.
Que siga sin perturbar la conciencia social argentina el hundimiento progresivo y sostenido de su estructura productiva a propósito de acciones de gobierno diseñadas específicamente para eso, es intolerable.
Que en el país que durante años presumió de ser el granero del mundo, millones de compatriotas estén en la miseria y no puedan comer a diario, resulta vergonzoso.
Que un montón de cerebros anestesiados ya no distingan a tantos compatriotas durmiendo en la calle; que tantísimos otros no perciban el crecimiento pavoroso de los negocios cerrados o que no lleguen a comprender el significado y las consecuencias de la desaparición de más de 20.000 empresas entre diciembre de 2023 y enero de 2026; que las estadísticas arrojen cifras escalofriantes acerca del desempeño de la construcción, la industria y el comercio, deberían conmovernos.
Y no únicamente por la condición actual de nuestra economía y la convivencia social, sino por la que dejaremos en herencia a nuestras proles del futuro.
Es como si una oleada de imbecilidad hubiese dejado fuera de raciocinio a millones. ¿Puede ser posible que no se escandalicen cada vez que el presidente vomita escatologías? ¿Pudo haber sido ésta la Argentina que entregó al mundo cinco Premios Nobel, una notable cantidad de escritores estupendos, compositores e intérpretes maravillosos, cineastas consagrados? ¿Acaso habrá nacido aquí alguien como Favaloro? ¿Fue este suelo el que vio nacer a Belgrano y San Martín?
¿Cómo podemos seguir ufanándonos de todas esas figuras portentosas ahora que los hermanos Milei y sus secuaces mancillan la idea de Nación?

¿Somos capaces de tolerar sin intoxicarnos que algunos legisladores honestos tengan que convivir en el Congreso con delincuentes, seres desprovistos de inteligencia, personas incultas, personajes de pacotilla, profesionales de la inmoralidad, gritones sin fundamento?
A ese subsuelo nos ha rebajado el régimen actual.
Como dijimos al comienzo de esta Aguafuerte, creemos que tarde o temprano esta pesadilla habrá de terminarse.
Pero posiblemente sea entonces cuando adquiramos verdadera dimensión del horror que tanta grosería ha sido capaz de generar.
Tal vez allí tomemos conocimiento de lo que costará recomponerse; de las décadas que harán falta para que nuestra educación vuelva a ser un orgullo; de cuántas generaciones se verán disminuidas en sus capacidades porque crecieron con una ingesta alimentaria insuficiente. ¡En el país que abasteció de sustento a buena parte del mundo!
A lo mejor llegue entonces el momento en que alguien se acuerde del instante aquel en que Milei hablaba en una escuela y vio que un niño se desmayaba a su lado. Posiblemente recuerde también su propia sorpresa ante la reacción totalmente nula, la completa falta de empatía, el desdén absoluto en la mirada del dirigente.
Era el mismo individuo que repetía alegorías repugnantes acerca de chicos envaselinados y traseros de mandriles, sus obsesiones enfermizas.
Pese a cierto aparente descenso de las simpatías sociales, parece cierto que dos años después de su ascenso los hermanos presidenciales mantienen un apoyo significativo de vastos sectores a los que el mes cada vez les resultaba más largo que el salario.
Insistimos: esta situación no será (no puede serlo) eterna.
Pero todo el dolor y la angustia que experimentamos hoy serán superfluos cuando debamos afrontar la tragedia, enorme, agobiante, que tendremos por delante.
Y los únicos responsables de ese destino son los actuales ocupantes de la Casa Rosada.
Deberemos hacer un colosal acopio de energías y fortaleza de espíritu. Serán imprescindibles para levantar el muerto que nos dejarán.
Va con firma | 2016 | Todos los derechos reservados
Director: Héctor Mauriño |
Neuquén, Argentina |Propiedad Intelectual: En trámite