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“A los pibes de Malvinas
que jamás olvidaré”
(La Mosca)
Durante mucho tiempo prevaleció una mirada descontextualizada sobre la guerra de Malvinas, sostén del proceso de desmalvinización. Se limitó a concebir ese conflicto como parte de una coyuntura y una continuidad del gobierno cívico militar. Y lo más notable: construyó un sentido común que fue funcional a los intereses coloniales de Gran Bretaña que, por ejemplo, presentó ante el mundo su respuesta bélica como una cruzada de la democracia británica contra el nazifascismo argentino.
A tal punto llegó este relato que un grupo de intelectuales, periodistas e historiadores, entre los que figuraban Luis Alberto Romero, Jorge Lanata, Beatriz Sarlo, Hilda Sábato, Vicente Palermo, firmaron un documento en 2012 titulado Una visión alternativadonde, entre otras cuestiones, afirmaban que “Malvinas era un tema menor, que había que abandonar la agitación popular de Malvinas y que exigían una crítica publica al apoyo social que tuvo la guerra.”
Si bien en cierto que la dictadura genocida, entrenada en la doctrina de la seguridad nacional, utilizó el conflicto para perpetuarse en el poder demostrando impericia, improvisación y abuso de poder en el campo de batalla, la causa Malvinas atraviesa nuestra historia como el símbolo de la lucha antiimperialista y la defensa de nuestra soberanía nacional.
Malvinas no es sólo la guerra de 1982. Representa, en gran medida, la ambición de varias generaciones por construir un país independiente. Antes de que fuéramos argentinos ya estábamos peleando contra los ingleses en las invasiones de 1806 y 1807.
Negar la argentinidad, y vincularla exclusivamente con las fuerzas armadas y con un nacionalismo mal entendido, es claramente avalar una estrategia de dominación que en los años ´90 abrió las puertas para aplicar las políticas del neoliberalismo y el desguace del patrimonio nacional.
En efecto, así lo entienden hoy la gran mayoría de las agrupaciones de excombatientes para quienes Malvinas significa una gesta nacional de defensa y de emancipación latinoamericana.
Tenemos que pensar Malvinas como un sentimiento que sigue vivo en la conciencia del pueblo argentino, como parte de un reclamo legítimo de nuestros derechos usurpados, sin que ello implique reivindicar la dictadura y el terrorismo de Estado.
En estos tiempos que corren donde un presidente, -que dice ser admirador de Margaret Thatcher-, entrega los recursos naturales, los resortes de la economía, los glaciares y las empresas del Estado, levantar las banderas de Malvinas como emblema de resistencia es un acto patriótico y de dignidad política.
No es casual que año tras año las huellas de Malvinas se agiganten en las plazas, en las calles, en las conmemoraciones y en el reconocimiento a los excombatientes y veteranos de guerra. Igual que las marchas del 24 de marzo, cada vez más multitudinarias, son un reflejo palpable de que a pesar del negacionismo, los valores sobre los que se construyó la democracia en la Argentina siguen presentes.
La identificación de los restos de los héroes de Malvinas en el cementerio de Darwin quizás nos habilite a plantear que a las consignas de Memoria, Verdad y Justicia haya que agregarle las de Democracia y Soberanía.
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