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A 50 años de la última dictadura militar conviene hablar de la democracia como sistema de gobierno, superación institucional de aquel tiempo oscuro de la historia argentina. En la década del 80, cuando los militares ya habían demostrado su incapacidad en todos los órdenes para gobernar el país, en la sociedad se respiraba un clima asfixiante. La dictadura seguía matando a opositores, dirigentes sociales o cualquiera que se atreviera a expresar descontento. Había perdido una guerra de modo humillante, que era su ‘expertise’, sin previsiones e incluso esperando la ayuda de Estados Unidos, socio de Inglaterra en la OTAN. Esa gente gobernaba el país.
Entonces, la posibilidad de elegir a los gobernantes fue una proclama casi ‘revolucionaria’. Se conformó la multipartidaria, agrupamiento de partidos previos a la dictadura, aún diezmados y debilitados, pero cuyos dirigentes tenían experiencia en la cuestión pública. Esa multipartidaria empujó la transición hacia la democracia y tuvo desarrollo en la mayoría de las provincias. La crearon en 1981 los dirigentes Ricardo Balbin (UCR), luego reemplazado por Carlos Contin; Francisco del Cerro (PDC); Deolindo Bitel (PJ); Oscar Alende (PI) y Arturo Frondizi (MID).
La CGT, con su secretario general Saúl Ubaldini a la cabeza, coordinó acciones de movilización y protesta que contribuyeron a debilitar a la dictadura militar. Y en las provincias, se replicaron las organizaciones multipartidarias. Por caso, en Neuquén a los 5 partidos nacionales se sumó el MPN, con Felipe Sapag firmando la creación del agrupamiento.
Los tres puntos principales del requerimiento multipartidario fueron el “retorno al estado de derecho y remoción de las restricciones a los derechos humanos”; “normalización inmediata de la actividad política, sindical y estudiantil” y “cronograma preciso para realizar las elecciones”.
Atribuyen a Winston Churchill la definición más terrestre de la democracia; “la democracia es el peor sistema de gobierno, excepto todos los demás que se han intentado”. El concepto admite las ineficiencias, defectos, lentitud en tomas de decisión, las ‘roscas’ o acuerdos políticos de los gobiernos democráticos. Sin embargo, el resto de los sistemas de gobierno, como dictaduras, totalitarismos y autoritarismos de cualquier color, fueron y son para los pueblos peores que el sistema democrático.
Churchill fue contemporáneo al nazismo, fascismo y estalinismo, gobiernos caracterizados por la violencia política, eliminación de adversarios, ausencia de libertades individuales y de estado de derecho. Sus líderes, Mussolini, Hitler y Stalin, fueron carismáticos y megalómanos que en determinada circunstancia histórica de sus sociedades lograron apoyo popular, con simplificaciones, falsedades y propuestas básicas a problemas complejos. En algún sentido, personajes delirantes que a través de estructuras políticas, policiales y militares, provocaron la muerte de millones de personas.
La megalomanía como rasgo constitutivo de líderes políticos campea en esta parte del siglo en varios países, incluso en sistemas democráticos de larga historia. Algunos de esos líderes fomentan las guerras, con terribles consecuencias para los pueblos castigados. Otros prometen un tiempo futuro de grandeza y realizaciones frente a un presente con dificultades apremiantes que provocan sufrimiento en muchas personas. Sin embargo, está la salvedad electoral, que periódicamente interpela a los ciudadanos sobre el rumbo de la política. Es la única forma legítima de quitarse el lastre de malos gobiernos.
En nuestro país vale considerar que la imagen negativa de los partidos políticos tiene fundamentos sólidos. En su gran mayoría, se convirtieron en estructuras calcificadas y cerradas que no fomentaron la participación ciudadana ni abrieron el debate a temas sensibles para la sociedad. No obstante, no hay posibilidad de funcionamiento del sistema democrático sin partidos políticos. Con todos sus defectos, son el único ámbito para validar plataformas de gobierno, candidatos y hacer el seguimiento de dichos programas. Es el ámbito en el que las autoridades de los poderes ejecutivo y legislativo, deben “rendir cuenta” de sus actividades de gobierno.
De no existir los partidos políticos del sistema democrático, ¿ante quién deberían dar cuenta los gobernantes?; ¿ante un poder económico?, digamos una entidad patronal; ¿ante un gremio o federación?; ¿ante un conglomerado de ciudadanos reunidos en una aplicación?; ¿ante líderes religiosos de algún credo? Corresponde ante el pueblo en cada elección, según preceptos constitucionales. No obstante, entre convocatorias electorales el sistema ofrece formas de control que nadie pone en práctica.
Ahí se origina la tentación de simplificar el sistema cuando algunos dicen que los ciudadanos ya no se referencian en partidos políticos. Y es verdad, pero los dirigentes candidatos hicieron su experiencia y ejercicio en partidos que luego los encumbraron a cargos institucionales de mayor jerarquía.
A 50 años de la última dictadura militar no debemos olvidar la importancia de elegir a nuestros gobernantes y la defensa de instituciones, como los partidos políticos, que pueden ser opacos, pero resultan fundamentales para el sistema democrático. Si de los procesos electorales surgen líderes estrafalarios el propio sistema da la posibilidad de corregir desvíos anacrónicos. Y el surgimiento de líderes estrafalarios no es consecuencia del sistema electoral, sino de la sociedad que los elige. Es decir, el líder estrafalario es un espejo de esa sociedad.
Y los defensores del sistema democrático deben estar alerta ante desvíos ultra personalistas que horadan la esencia de la única forma de gobierno que respeta las garantías individuales, el debate de ideas, el disenso y la vida.
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