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01/03/2026

Los valores y el capitalismo financiero

Los valores y el capitalismo financiero | VA CON FIRMA. Un plus sobre la información.

“Nuestra sociedad está en crisis. Lo que vendrá no está determinado sino que depende de nosotros, de lo que hagamos. Y es posible pensar en una organización social más equitativa”.

Humberto Zambon

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El objetivo de la producción en las sociedades pre-capitalistas era el consumo de las clases privilegiadas, por lo que el estatus social y el poder se manifestaba en base al boato y al consumo refinado de sus integrantes, conducta del que ni siquiera se liberó el papado y la iglesia institucional, a pesar de las enseñanzas de su fundador.

En los tiempos modernos, con el nacimiento del modo de producción capitalista, esa exhibición de riquezas entró en contradicción con los requisitos del desarrollo de la acumulación productiva del excedente económico, característica fundamental y diferencial respecto a la organización anterior: ahora la sociedad necesitaba ahorrar la mayor cantidad posible de su ingreso para reinvertir productivamente; por esa razón se generaron valores éticos en los que se priorizaba la austeridad, el ahorro y la responsabilidad. Max Weber ha sostenido que una de las causas del desarrollo capitalista es la aparición de la ética protestante, precisamente con su valorización del trabajo, la sobriedad, la mesura en los gastos y la seriedad como ideal de vida. Sin embargo, todo parece indicar una relación causal distinta, es decir, que esos valores éticos no son la causa sino la consecuencia de las necesidades de la nueva economía en gestación.

En el siglo XX, con la madurez del capitalismo, las condiciones cambiaron. La concentración del capital había generado a las grandes empresas, que crecieron hasta convertirse en trasnacionales y que, por su propia dinámica, se encargaban de la acumulación y reinversión mientras que la debilidad se presentaba por la existencia de una demanda efectiva insuficiente para absorber una producción potencialmente creciente, tal como lo demostrara Keynes; la enorme crisis de los años ’30 fue una prueba elocuente de ello.

En estas condiciones, los valores de austeridad y ahorro dejaron de ser funcionales y en su lugar se hizo necesario una cultura del gasto que pudiera mantener en funcionamiento una rueda productiva siempre en crecimiento. Obsérvese que no se trata de simples necesidades biológicas o culturales sino de aquellas necesidades, reales o imaginarias, que sean solventes, que se conviertan en dinero; se refiere exclusivamente a quienes quieran y puedan comprar la producción de bienes y servicios. La publicidad y los medios de comunicación fueron formando nueva cultura del consumo, basadas en valores hedonistas e individualistas.

La posesión de bienes manifiesta el “valor” y el “éxito” del individuo, pero más que la cantidad es “la marca” y “el último modelo” lo que cuenta. Han convencido al público de la necesidad de cambiar permanentemente el automóvil, televisor o teléfono móvil, aunque estén en perfecto estado de uso y cumplan cabalmente su función, porque al poco tiempo el modelo ya es obsoleto. Se fomenta el individualismo, con sujetos competitivos y hedonistas. Como escribió elocuentemente Tomás Buch, “nos abarrotan de objetos hasta que ignoramos que nuestra vida se concentra en tener los medios para adquirir esos objetos”.

Esta escala de valores tiene un límite: el de la destrucción ambiental y la cantidad de basura que genera en cantidades exponencialmente crecientes que, de continuar, terminará por ahogarla.

Esto se complicó en el último tercio del siglo XX con el desarrollo del capitalismo financiero, preocupado por obtener rendimientos a muy corto plazo. Como dice Alejandro Marcó del Pont (“Capitalismo líquido vs. capitalismo sólido” en El tábano económico, oct. 2025) , “El sector financiero, que en su origen tenía la función social de canalizar el ahorro hacia la inversión productiva, ha dejado de ser un servidor para convertirse en un parásito de la economía real”... (el capitalismo) “confundió la riqueza con el dinero, y en ese error, olvidó cómo se crea la primera. El capital, en su forma líquida y especulativa, se niega a ser invertido en la economía productiva”. Por ejemplo, el “carry trade” o “bicicleta financiera” en nuestro país, con los gobiernos neoliberales, ha permitido obtener diferencias en dólares imposible de ganar con ninguna inversión real: la economía global decae y solo ganan una minoría de especuladores, que terminan llevándose sus ganancias a “paraísos fiscales” del exterior.

La búsqueda de resultados a muy corto plazo, propia del capitalismo financiero, llevó a valorizar lo inmediato, fomentando el individualismo extremo, egoísta y asocial. Es lo que el sociólogo Zygmunt Bauman denomina “modernidad líquida”, metáfora que compara a los sólidos (que duran, que mantienen su forma) frente a los líquidos, que fluyen y cambian de forma constantemente. En la sociedad moderna nada es estable: ni el trabajo, ni la amistad ni la familia. Las personas deben adaptarse y competir todo el tiempo.La conexión a las redes sociales, el trabajo precario y la dependencia a las aplicaciones informáticas parecen conformar la nueva realidad social, donde todo es provisorio y descartable.

Y, como es lógico, esta escala de valores se trasladó a la política. Así, según el informe de la ONU del año 2022, “muchas personas, especialmente los jóvenes, se sienten frustrados por sus líderes políticos. La sospecha ganó la batalla a la confianza. En todo el mundo, menos del 30% de las personas creen que se puede confiar en los demás, lo que representa la tasa más baja de la historia”. Si la ciudadanía no cree en el compañero ni en la posibilidad de mejorar a la sociedad, si no le importa la justicia social ni la solidaridad sino que está obsesionado por “el sálvese quien pueda”, busca culpables de sus fracasos en el ”otro”, se vuelve xenófobo o racista y termina como votante de la extrema derecha, del fascismo.

Nuestra sociedad está en crisis. Lo que vendrá no está determinado sino que depende de nosotros, de lo que hagamos. Y es posible pensar en una organización social más equitativa, que comprenda que la finalidad del quehacer económico no es la acumulación de riquezas en sí, sino la satisfacción de las necesidades humanas, no sólo las solventes, y que permita un crecimiento sustentable en el tiempo, en armonía con la naturaleza; es lo que se conoce como crecimiento sustentable. Asociado a ello se generará necesariamente una nueva escala de valores, basados en la solidaridad y la responsabilidad.

El futuro de la humanidad es lo que está en juego.


 


 

29/07/2016

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