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Columnistas
22/02/2026

Los mapas de Donald

Las Américas en las aguas turbulentas de un imperialismo redivivo

Las Américas en las aguas turbulentas de un imperialismo redivivo | VA CON FIRMA. Un plus sobre la información.
(Gentileza)

“En el fondo de su alma (el trumpismo) no es más ni menos que un proyecto restaurador del viejo sueño del supremacismo blanco, un volver atrás las manecillas del reloj”.

Gustavo Crisafulli *

En los últimos meses el presidente Donald Trump mostró en varias oportunidades curiosos mapas donde Groenlandia, Canadá y Venezuela aparecían pintados con la bandera estadounidense, mientras hacía chistes sobre los estados 51, 52 y 53.

Cualquier observador de a pie o funcionario de cancillería con algún conocimiento un poco más que básico de la historia de los EE.UU. no debería verle la gracia.

Las élites de la “gran democracia del Norte” tuvieron desde su nacimiento en el siglo XVIII una visión expansionista y calladamente imperial de su nación.

La doctrina de terra nullius justificó durante casi dos siglos la expropiación de tierras por parte de los colonos blancos en las Américas, África y Oceanía, pero fue particularmente constitutiva de los Estados Unidos, mucho antes de que Frederick Jackson Turner plasmara su famosa tesis de la Frontera, en 1893.

En 1803 compraron por unos 15 millones de dólares el territorio de Lousiana a Francia. Adquirieron así 2.140.000 km2 al oeste del Mississippi, (casi todo el centro del actual país) duplicando prácticamente su territorio e iniciando la expansión hacia el Oeste y las “guerras indias” que se extenderían a lo largo de casi todo el siglo XIX.

En 1819 obtuvieron la cesión de la Florida por parte de España, en 1845 lograron violentamente la anexión de Texas y en 1848, con una nueva guerra, arrebataron a México lo que son los actuales Estados de Arizona, Utah, Nuevo México y California. En 1867 compraron Alaska a Rusia (más de 1.2 millones de km2), cumpliendo así, en poco menos de un siglo, el sueño de unos EE.UU. blancos y cristianos del Atlántico al Pacífico.

En 1898 tras una corta guerra, quitaron a España los restos de su imperio colonial, quedándose temporalmente con las Filipinas y Cuba y, hasta hoy, con Puerto Rico y Guam.

Desde el fin de la II Guerra Mundial, el Imperio estadounidense, controlando las economías capitalistas en los dos extremos de Eurasia, se convirtió en el poder global dominante.

El economista británico Richard D. Wolff sintetizó este dominio en cuatro factores: superioridad industrial, tecnológica, financiera y abrumador poderío militar. Los cuatro se han ido erosionando visiblemente en lo que va del siglo XXI, algunos de modo alarmante, como el industrial, el tecnológico y el militar.

El segundo mandato del ampuloso Trump intenta ser un problemático reseteo de aquel dominio.

Dos textos recientes nos pueden orientar por dónde salta la liebre y contextualizar los no tan graciosos mapas de Donald.

El primero es la Estrategia de Seguridad Nacional publicado el 5 de diciembre pasado. Las ESN son documentos que el Ejecutivo envía al Congreso donde define el marco de las políticas de seguridad y los ejes de la política exterior y sus instrumentos. Su historia se inicia en 1948 con la entonces secreta NSC-68, conocida como la doctrina Truman, que inauguró la Guerra Fría con la Unión Soviética.

El actual documento rompe con la larga mirada globalista y neoliberal vigente desde fines del siglo XX y gira hacia una confusa amalgama que algunos denominan “realismo soberanista”, una versión alambicada del “America First” del trumpismo.

La Estrategia se centra en lo que ellos llaman su “Hemisferio Occidental” (las Américas) buscando instaurar un dominio político, económico y militar al que se subordinen todas las naciones y que excluya la presencia política y económica de poderes “extra hemisféricos” (léase China, Rusia y el resto del Sur Global).

Es lo que los críticos han denominado jocosamente la “Doctrina Donroe” (por Donald y Monroe) dado que el trumpismo ha destacado a la ESN como un corolario o una actualización de la vieja Doctrina Monroe (“América para los americanos”).

Su materialización inmediata ha sido el secuestro del presidente Maduro, la subordinación creciente del gobierno venezolano, la criminal política de bloqueo energético a Cuba, el conflicto en torno a Groenlandia y la presión económica y discursiva constante sobre México y Canadá (y la lista sigue abierta).

El otro texto para observar con atención es el discurso que el secretario de Estado, Marco Rubio (a quién se adjudica centralmente la “doctrina Donroe”) dio el pasado 15 de febrero en la Conferencia de Seguridad de Munich.

La Conferencia se reúne anualmente desde 1963 y ha sido siempre un foro donde los jefes de estado y altos mandos militares occidentales discuten las políticas de seguridad frente a lo que consideran las “amenazas” de los “poderes no occidentales”.

Allí Marco Rubio, arropado por los aplausos y ovación de un auditorio masivamente europeo, hizo una lectura revisionista del pasado en torno a la idea de “civilización occidental”.

Comenzó diciendo: “Somos parte de una civilización, la occidental. Estamos unidos por los vínculos más hondos que cualquier nación podría compartir, fraguado a lo largo de siglos de historia, fe cristiana, cultura, legado, idiomas y linaje compartidos y, también, por los sacrificios que nuestros antepasados hicieron para la civilización común que se nos legó”.

Renglón seguido hizo una lectura que habría emocionado hasta las lágrimas a Cecil Rhodes y los lobistas coloniales británicos y franceses del siglo XIX, afirmando que:

“Durante cinco siglos, antes del final de la Segunda Guerra Mundial, Occidente se expandió: sus misioneros, peregrinos, soldados y exploradores desbordaban sus costas, cruzando océanos y asentándose en nuevos continentes, construyendo vastos imperios por todo el globo.

Pero en 1945, por primera vez desde la época de Colón, empezó a contraerse (…)

Los grandes imperios occidentales estaban en decadencia, acelerados por impías revoluciones comunistas y levantamientos anticoloniales que transformarían el mundo y lo arroparían bajo la hoz y el martillo en los años venideros.

En ese entorno, tanto entonces como ahora, muchos creyeron que la era de dominio occidental había llegado a su fin y que nuestro futuro sería una espectral imagen de nuestro pasado. Pero juntos, nuestros predecesores reconocieron que el declive era una elección; una que se negaron a tomar. Esto hicimos antaño, y esto es lo que el presidente Trump y EE.UU. quiere hacer de nuevo, con ustedes”.

Disculpen la cita tan larga pero es una perla iluminadora de la deriva imperialista que ha atrapado al trumpismo, mostrando que en el fondo de su alma no es más ni menos que un proyecto restaurador del viejo sueño del supremacismo blanco, un volver atrás las manecillas del reloj.

Entre las palabras y las realidades materiales hay una distancia que puede, como tantas veces, resultar inalcanzable.

Pero sin dudas nos esperan tiempos difíciles.



(*) Historiador, ex rector de la Universidad Nacional del Comahue.
29/07/2016

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