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El capitalismo es un modo de producción y distribución de bienes nacido en Europa, en reemplazo del modo feudal, que estaba basado en el dominio sobre la tierra y el vasallaje del campesinado, con una producción fundamentalmente rural. El nuevo modo comenzó con los viajes a Oriente (incluyendo el “descubrimiento” para los europeos de América) y culminó con su expansión geográfica por todo el mundo. El capitalismo pasó por diversas etapas:
1-capitalismo comercial (siglos XV-XVIII), basada en la acumulación de capital mediante el comercio interno e internacional. Su principal característica fue un estado fuerte, que reglamentaba y controlaba la producción, en particular las exportaciones e importaciones, ya que en la diferencia (superávit comercial) se veía a la fuente de riqueza de la nación, en lo que se conoce como doctrina mercantilista. El capitalismo comercial, recurriendo a la explotación colonial, permitió la acumulación de capital y, por otro lado, la liberación de los sujetos, ahora jurídicamente libres para vender su fuerza de trabajo a cambio de un salario, los dos requisitos para el desarrollo capitalista.
2-capitalismo industrial. Tuvo su origen en la revolución industrial (Inglaterra, fines del siglo XVIII), que dio lugar a la hegemonía de este país durante el siglo XIX y al sueño de un mundo productor de materias primas y mercado para la producción manufacturera inglesa, único especializado en la actividad industrial. Países como Alemania, Estados Unidos, Bélgica o Japón no compartieron esta visión y, mediante la protección económica, desarrollaron su propia industria y el mundo conoció al nuevo colonialismo (o imperialismo económico); después de las guerras en el siglo XX, la hegemonía quedó en manos de Estados Unidos (fordismo, producción en serie). El período de oro del capitalismo se vivió luego de la segunda guerra y hasta los años ’70 del siglo pasado, con un aumento de la productividad que permitía mejorar los salarios monetarios, desarrollar el estado de bienestar social y mantener una buena ganancia.
3-capitalismo financiero. En los años ’70 del siglo XX nació la OPEP (Organización de Países Productores de Petróleo) que multiplicó al precio del petróleo, insumo esencial para la actividad industrial, y generó una enorme traslación de fondos a favor de los países petroleros, importe que en gran parte volvió a los bancos occidentales como depósitos especulativos. Como una de las consecuencias, las potencias capitalistas entraron en un período de “estanflación” (inflación con estancamiento económico), con caída de la tasa de ganancia y desocupación.
Ante este escenario los capitalistas de los países centrales dejaron de invertir productivamente en sus países y, por un lado, dedicaron parte del excedente a especular financieramente y, por la otra, buscaron localizaciones para sus inversiones con mayor rendimiento, ya fuese por menores impuestos, falta de reglamentación del daño ambiental o, fundamentalmente, por menores salarios. El capital fue a países del tercer mundo, principalmente China.
El principal problema es que el excedente económico, que se devine como diferencia entre el valor de un bien y el consumo necesario del productor (concepto utilizado por los economistas clásicos y analizado en profundidad por Paul Baran el siglo XX) proviene de la producción material y de él derivan la ganancia como factor principal del capitalismo y, además, los intereses por la financiación, los alquileres, los eventuales aumentos de la retribución al trabajo y, mediante los impuestos, el mantenimiento del estado de bienestar social, que beneficia a todos y, en particular, a los sectores más necesitados. No es que la financiación (y otros servicios) no sean útiles. La primera es el lubricante que facilita la circulación económica, pero, por sí sola, no genera excedente. Ya lo decía Aristóteles: el dinero es estéril.
Pero los CEO’s, los dirigentes de las empresas, debían mostrar resultados: los accionistas pedían ganancias a corto plazo. Entonces, para lograrlo, según David Harvey, “el sector financiero y el circuito de mercancías opera según un principio de acumulación por desposesión, porque lo que hacen es utilizar su control sobre las mercancías o su control sobre la moneda para detraer una tasa, una tasa que arrebatan a los trabajadores” y a los productores en general.
En los Estados Unidos en la década 1997-2007 los salarios reales cayeron en promedio un 20% por efecto del aumento de precios, mientras que el aumento de la productividad del trabajo (estimada aproximadamente en un 3% anual) fue íntegramente a incrementar las ganancias y a volver más inequitativa la distribución del ingreso. Por otra parte, se puede dar el ejemplo del productor frutícola del Alto Valle, que recibe un importe mínimo por sus productos, los que luego son vendidos al público a un precio muy elevado; las grandes cadenas comerciales oligopólicas -muchas de capital extranjero- y algunos intermediarios obtienen grandes ganancias, no por el trabajo o la producción directa, sino, diría Harvey, por la “desposesión”, por la quita de lo que corresponde legítimamente al productor y al trabajador.
Y, continúa este autor, la desposesión, que denomina asimismo “atraco”, está presente en toda la economía neoliberal: “también existen formas de atraco directo cuando se suprimen las pensiones de jubilación, se recortan los derechos a la salud o cuando un bien gratuito producido hasta ahora por el Estado se vuelve oneroso, como por ejemplo la Universidad y la educación en general”, o cuando se quitan o recortan subsidios al transporte urbano o a los servicios esenciales que se prestan al hogar y a grupos sociales que lo necesitan, como son el agua, gas y electricidad.
El razonamiento de los nuevos capitalistas es el siguiente: si se puede ganar mucho dinero especulando (“bicicleta financiera”, con los derechos que otorgan las patentes), sin personal o con pocos empleados ¿Para qué molestarse en producir? De golpe se ha generado una explosión del sector rentístico de la economía, que Yanis Varoufakis, ex ministro de economía de Grecia, llama “tecnofeudalismo”, una transformación del capitalismo industrial que ahora aparece dominado por las plataformas digitales, que nos convierte en una especie de siervos del medioevo, donde el capital no busca el beneficio sino la extracción de rentas.
El capitalismo financiero tiene dos limitaciones: 1- que la expansión financiera está basada en el endeudamiento de los agentes económicos, tanto familias como empresas y estados, de forma que se mantiene a la demanda global con aumentos de deuda. Según el FMI la deuda pública alcanza los 99,2 billones de dólares y la privada 151,8 billones que, sumadas, equivalen al 235% del PBI mundial. La deuda no puede seguir aumentando indefinidamente, sino que, en algún momento más o menos próximo, será como un globo que se lo infla hasta que revienta, en una crisis del sistema. 2- Las potencias que están en el período de capitalismo financiero no pueden competir con los países dedicados a la producción industrial y, por lo tanto, a la innovación permanente, y que ven así su hegemonía amenazada.
La etapa financiera es la última del capitalismo. Éste, como todo ente real o social, nace, crece y, luego, irremediablemente decae. El tiempo es un vector unidireccional e irreversible que, por más voluntad humana o decisión estatal que se aplique, no se puede volver atrás. Del capitalismo financiero es imposible volver al productivo ni recuperar la hegemonía perdida, por más magia (por el MAGA de Trump) que se aplique.
¿Qué sigue? El accionar humano hace la historia y el futuro no se conoce. Aunque el desarrollo de los medios de producción, la informática, en especial la robótica y la automatización creciente, permitan, a modo de utopía del siglo XXI, pensar en una sociedad más equitativa y solidaria donde, con poco esfuerzo individual de todas las personas, sin excepción, cada una tenga sus necesidades básicas satisfechas y pueda gozar la vida y la libertad.
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