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Columnistas
15/02/2026

Noventa años desde la guerra civil en España

Noventa años desde la guerra civil en España | VA CON FIRMA. Un plus sobre la información.

“La experiencia de la República Española fue una esperanza para la democracia y, en especial, para la izquierda de toda América Latina, por lo que su evolución fue seguida con mucho interés y participación, directa o sentimental”.

Humberto Zambon

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El 16 de febrero se cumple el 90 aniversario del triunfo del Frente Popular en España, que dio lugar, pocos meses después, al inicio de la guerra civil que enfrentó a la democracia con el fascismo y que tuvo indudable influencia en todo el mundo, en particular en nuestro país y en México. Se desató por el levantamiento militar del general Franco, apoyado por las derechas, desde el fascismo a los monárquicos, y por la iglesia católica, en ese momento muy conservadora.

Los antecedentes son los siguientes: desde 1923 gobernaba España el dictador Primo de Rivera, bajo el reinado de Alfonso XIII. El 12 de abril de 1931 hubo elecciones municipales en las que, en la mayor parte de las ciudades, triunfaron las listas republicanas; las masas populares, con fervor ante este resultado, pidieron el fin de la monarquía. El rey, luego de consultar a la Guardia Civil sobre las posibilidades de represión, el día 14, junto a su familia, huyó de España. Así, en una revolución pacífica, sin derramamiento de sangre, se proclamó la Segunda República. El 9 de diciembre se aprobó la Constitución. El primer presidente fue Niceto Alcalá Zamora.

El primer gobierno, de tipo parlamentario (1931-1933), fue ejercido por las fuerzas liberales y centristas, que tuvieron que sofocar (con la movilización popular) un levantamiento monárquico en Sevilla.

Las elecciones de noviembre de 1933 dieron el triunfo a la derecha, dando lugar al llamado “bienio negro”, que dejó de lado las tibias reformas logradas hasta esa fecha. En octubre de 1934 el gobierno autónomo regional de Cataluña desacató al gobierno central, pero el incidente se cerró sin problemas; en cambio, el 4 de octubre se produjo un levantamiento obrero (en especial minero) en Asturias que fue ahogado en sangre por las fuerzas armadas. En la represión, con miles de muertos, tuvo destacada actuación Francisco Franco Bahamonde, que pasó así a integrar el estado mayor.

La resistencia popular, algunos escándalos de corrupción que afectaron al gobierno y la indignación que generó la represión al pueblo asturiano, hizo que el presidente Alcalá Zamora destituyera al gobierno y se llamara a elecciones generales (16 de febrero de 1936) en las que triunfó el Frente Popular (coalición de los partidos de centro izquierda con los socialistas y comunistas, con el apoyo de los anarquistas) con 4.450.000 votos contra 4.300.000 de la derecha. Se destituyó al presidente y en su lugar se designó a Manuel Azaña.

El triunfo del Frente Popular significaba la posibilidad de volver a una política de reformas dentro de la legalidad republicana. Pero los meses que siguieron a las elecciones sirvieron para potenciar los radicalismos de ambos lados. Especialmente grave fue la actuación de las formaciones más conservadoras que iniciaron un proceso de acoso a la república con acciones violentas que alteraban gravemente el orden público y que propiciaban ante la opinión pública la imagen de desconcierto y caos. Por otro lado, algunas formaciones obreras se dejaron arrastrar por el clima de confrontación civil, en una ola de violencia que sirvió a los conspiradores para legitimar el alzamiento militar.

La conspiración contra la república contó con el apoyo de los grupos monárquicos y fascistas, de la iglesia y, fundamentalmente, de la mayor parte de los altos mandos del ejército, formados en la guerra colonial de Marruecos y educados en una concepción elitista y reaccionaria.

El 18 de julio de 1936 Francisco Franco, capitán general de Las Canarias, proclamó el alzamiento militar. Se trasladó en avión a Marruecos y, luego de incorporar a esa guarnición, cruzó el estrecho de Gibraltar y avanzó hacia Madrid. Fue contenido por las milicias republicanas, dando comienzo a una sangrienta guerra civil que duró desde 1936 hasta 1939. Por un lado se enfrentaron un ejército profesional, con el apoyo de los gobiernos de Alemania e Italia (recuérdese el bombardeo a Guernica efectuado por los aviones alemanes), que contó con la simpatía de la derecha política y, por el otro, un pueblo dispuesto a defender su democracia y su lucha social, que contó con el apoyo de los pueblos libres (pero la indiferencia de sus gobiernos) en el resto del mundo, que veían en esta lucha el prolegómeno de la segunda guerra mundial, guerra que enfrentó fascismo y democracia.

La guerra civil dejó 400.000 muertos y más de 800.000 asesinados y ejecutados en ambos bandos. Y muchos exilados, especialmente en Francia, México y Argentina. En 1939, terminada la guerra civil, Franco implantó una férrea dictadura que terminó en 1975 con su muerte. De acuerdo a la ley de sucesión, impuesta por Franco, asumió como rey Juan Carlos I, nieto de Alfonso XIII, que dirigió y apoyó el regreso del país al régimen de libertades y democracia actual.

El historiador Eric Hobsbawm dice al respecto (en “Historia del siglo XX”): “... en España y sólo en ella, los hombres y mujeres que se opusieron con las armas al avance de la derecha frenaron el interminable y desmoralizador retroceso de la izquierda. Antes incluso de que se comenzara a organizar las Brigadas Internacionales (cuyos primeros contingentes llegaron a su destino a mediados de octubre), antes incluso de que las primeras columnas organizadas de voluntarios aparecieran en el frente (las constituidas por el movimiento liberal-socialista italiano Giustizia e Libertà), ya había un buen número de voluntarios extranjeros luchando por la República. En total más de cuarenta mil jóvenes extranjeros procedentes de más de cincuenta naciones fueron a luchar, y muchos de ellos a morir, en un país del que probablemente sólo conocían la configuración que habían visto en un atlas escolar. Es significativo que en el bando de Franco no lucharan más de un millar de voluntarios. Para conocimiento de los lectores que han crecido en la atmósfera moral de finales del siglo XX, hay que añadir que no eran mercenarios ni, salvo en casos contados, aventureros. Fueron a luchar por una causa”

Continúa Hobsbawm: “Es difícil recordar ahora lo que significaba España para los liberales y para los hombres de izquierda de los años 30, aunque para muchos de los que hemos sobrevivido es la única causa política que, incluso retrospectivamente, nos parece tan pura y convincente como en 1936. Ahora, incluso en España, parece un episodio de la prehistoria, pero en aquel momento, a quienes luchaban contra el fascismo, les parecía el frente central de su batalla, porque era el único en el que podían participar como individuos, si no como soldados, recaudando dinero, ayudando a los refugiados y realizando interminables campañas para presionar a nuestros cobardes gobiernos. Al mismo tiempo, el avance gradual, pero aparentemente irresistible, del bando nacionalista hacía más desesperadamente urgente la necesidad de forjar una unión contra el fascismo mundial. La República Española, a pesar de todas nuestras simpatías y de la (insuficiente) ayuda que recibió, entabló desde el principio una guerra de resistencia a la derrota. Retrospectivamente, no hay dudas de que la causa de ello fue su propia debilidad. A pesar de todo su heroísmo, la guerra republicana de 1936-1939 sale mal parada en la comparación con otras guerras, vencidas o perdidas, del siglo XX (...) Mientras los nacionalistas tenían una dirección militar y política única, la República estaba políticamente dividida (...) A lo máximo que podía aspirar era a rechazar algunas ofensivas del bando enemigo que podían resultar definitivas, lo cual prolongó una guerra que podía haber terminado en noviembre de 1936, con la ocupación de Madrid”.

Hobsbawm finaliza diciendo: “El conflicto se saldó con varios centenares de miles de muertos y un número similar de refugiados –entre ellos la mayor parte de los intelectuales y artistas de España que, con raras excepciones, se habían alineado con la República- que se trasladaron a cualquier país dispuesto a recibirlos”. Es que, parafraseando la frase con que finaliza la película “Porqué perdimos la guerra” (homenaje al comandante anarquista Diego Abad de Santillán), cuando empieza una guerra civil no se sabe quién va a ganar, pero sí se sabe quién va a perder: el pueblo.

La experiencia de la República Española fue una esperanza para la democracia y, en especial, para la izquierda de toda América Latina, por lo que su evolución fue seguida con mucho interés y participación, directa o sentimental. A su derrota siguió el exilio de muchísimos republicanos que eligieron como destinos a Francia, por la cercanía geográfica, y a México y a la Argentina por la cercanía cultural. Esta emigración tuvo una gran influencia política y cultural en nuestros países.

29/07/2016

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