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La madrugada del 3 de enero de 2026, el cielo de Caracas se iluminó con el resplandor de al menos siete explosiones coordinadas en instalaciones militares estratégicas. Mientras las fuerzas especiales de Estados Unidos ejecutaban la “Operación Determinación Absoluta” para capturar a Nicolás Maduro y a Cilia Flores, en las oficinas acristaladas de Nueva York destacaba un momento de tensión, dominado por el parpadeo verde de las terminales Bloomberg. No era una coincidencia, sino una coreografía financiera largamente pensada. Para cuando el Comando Sur confirmaba la detención del mandatario y su traslado a Nueva York, bajo cargos de narcotráfico, el verdadero botín de la guerra ya tenía dueños con nombres y apellidos.
Mientras el estruendo de la pólvora acaparaba los titulares, los grandes financistas de Wall Street, liderados por Paul Singer, ya habían asegurado el activo más valioso del país: el petróleo. La tesis es tan cruda como evidente. El cambio de régimen en Venezuela no fue sólo un movimiento geopolítico, sino el cierre de una transacción comercial masiva donde el ejército estadounidense actuó como el brazo ejecutor de una élite inversora.
El rostro detrás del fondo buitre
Fundador de Elliott Management, un titán que gestiona más de 70.000 millones de dólares, Singer se ha consolidado como el "megadonante" del poder republicano. Sin embargo, su influencia trasciende lo puramente contable para adentrarse en la ingeniería ideológica. Sólo en 2024, inyectó 5 millones de dólares al Comité de Acción Política "Make America Great Again Inc." y financió generosamente al equipo de transición de Donald Trump.
Su lealtad hacia Israel es clara: es un importante donante de organizaciones tales como Comité Estadounidense-Israelí de Asuntos Públicos (AIPAC), uno de los movimientos de lobby más eficaces en Estados Unidos, como también de los Amigos de las Fuerzas de Defensa de Israel (FIDF), entre otras.
Según la prensa, también hizo su aporte en una campaña contra el congresista Thomas Massie, uno de los republicanos críticos de Trump por el escándalo respecto a los archivos relacionados con el traficante sexual Jeffrey Epstein.
Para Singer, la política exterior es una extensión de su balance y no ha dudado en financiar activamente la narrativa del cambio de régimen en Venezuela a través del Manhattan Institute y la Fundación para la Defensa de las Democracias (FDD).
El manual del buitre
Paul Singer no es un simple inversor, es uno de los principales referentes del capitalismo carroñero. Lo que hoy se observa en Venezuela es la aplicación a escala industrial de un modelo de expoliación financiera validado a nivel global. El caso argentino fue el gran ensayo general de Elliott Management como operatoria de los fondos buitre. Tras el default de 2001, su filial NML Capital compró deuda argentina por apenas 177 millones de dólares. Lo que siguió fue una guerra de desgaste durante años, que incluyó el intento de embargo de la Fragata Libertad en un puerto de Ghana.
Singer no buscaba una reestructuración, buscaba la capitulación. Su paciencia rindió frutos en 2016, cuando el gobierno de Mauricio Macri —a quien Singer calificaría como el "campeón de la reforma económica"— accedió a pagarle 2.280 millones de dólares. El resultado fue un retorno de inversión del 1.180%. Este episodio estableció el "gold standard" (método considerado como el mejor disponible y que sirve de referencia para otros casos) de la inversión buitre: comprar activos depreciados por crisis políticas, utilizar el sistema judicial de EE.UU. como arma y esperar a que un gobierno tutelado, o con poco compromiso por el desarrollo nacional, entregue las llaves del tesoro. Venezuela es, simplemente, una nueva etapa de esta escala de extracción.
El mecanismo del "riesgo sin riesgo"
En Wall Street se celebra la supuesta "valentía" de Singer al invertir en activos en dificultades. Sin embargo, la adquisición de Citgo —la filial estadounidense de la empresa estatal venezolana de petróleo PDVSA, cuyos activos incluyen tres refinerías en el Golfo de México, 43 terminales y más de 4.000 estaciones de servicio— revela que el "riesgo" es un sarcasmo cuando se tiene al Estado como socio. Singer se hizo con Citgo por 5.900 millones de dólares; una cifra irrisoria si se considera que su valor real oscila entre los 11.000 y 18.000 millones de dólares.
Esta ganga fue posible gracias a una carambola judicial en Delaware, donde el juez Leonard Stark ignoró ofertas competidoras superiores. Medios de comunicación y distintos actores políticos y económicos señalaron que el proceso estuvo viciado por conflictos de interés sistémicos: Robert Pincus, el perito judicial que supervisó la subasta, es miembro de la junta directiva de AIPAC, el mismo lobby que Singer financia. Además, las firmas asesoras Evercore y Weil, Gotshal & Manges cobraban honorarios de Elliott Management en otros asuntos mientras asesoraban al tribunal.
Es el modelo del "riesgo sin riesgo": Singer compra un activo devaluado por las sanciones que su círculo político impuso oportunamente, y la operación militar asegura que las refinerías vuelvan a recibir el crudo venezolano, de manera cuasimonopólica (Trump controla el destino del petróleo de PDVSA) y rentable, condiciones para la cual la operación Citgo parece fue diseñada.
Una política exterior neomonárquica
Se trata, según señalaron los profesores Stacie Goddard y Abraham L. Newman en The New York Times, de una política internacional neomonárquica, "propia del siglo XVI".
Bajo este modelo, el Estado no persigue el interés nacional, sino que funciona como una herramienta de extracción para una "corte real" de familiares y donantes. En esta lógica, el petróleo venezolano no es tanto una reserva estratégica para EE.UU., sino un fondo de clientelismo. Las decisiones no emanan de la burocracia de Washington, sino de una camarilla que exige diezmos o tributos en forma de inversiones o donaciones de campaña a cambio de acceso preferencial a los activos de naciones derrotadas. La "camarilla de Trump" se centra en sus familiares y en personas que donaron a su campaña de 2024 (como Elon Musk y Paul Singer). Las negociaciones de paz en Ucrania siguen lideradas por el magnate inmobiliario Steve Witkoff, colega de Trump, y su yerno Jared Kushner, señalan Goddard y Newman.
La lógica de Trump prescinde explícitamente del orden basado en reglas. Según los autores, él ha sido contundente al declarar que no necesita del derecho internacional. Esto le permite actuar mediante la fuerza y el poder arbitrario, estableciendo acuerdos que a menudo socavan la influencia tradicional de Estados Unidos si estos favorecen sus intereses.
Megamillonarios en la fila de cobro
Singer encabeza la fila, pero no está solo en la corte. Ronald Lauder, otro megadonante republicano, fue quien susurró a Trump la idea de adquirir Groenlandia, donde ya tiene intereses en proyectos hídricos y energéticos. Tras él, figuras como Jeff Bezos, Bill Gates y Michael Bloomberg han movido sus piezas en la isla a través de KoBold Metals y el fondo Breakthrough Energy, utilizando exploración impulsada por inteligencia artificial para capturar minerales de tierras raras.
En el escenario venezolano, la red de intereses es igualmente densa. Marc Rowan, de Apollo Global Management, lidera la financiación de la deuda del acuerdo de Citgo, mientras que Howard Marks, de Oaktree Capital, forma parte del consorcio ganador. Incluso firmas como Tenor Capital Management y Rusoro Mining esperan cobrar miles de millones de la venta forzada, según señala Forbes. La seguridad nacional se ha mimetizado con los balances contables de un grupo de megamillonarios que ven en la geopolítica una simple extensión de sus carteras.
Venezuela y el nuevo escenario de "colaboración"
En Caracas, la transición tutelada ya ha comenzado. Tras la captura de Maduro, la presidencia interina recayó en Delcy Rodríguez por designación del Tribunal Supremo. Aunque inicialmente denunció el carácter "sionista" de la operación estadounidense —un dardo hacia la red AIPAC-Singer—, la retórica soberanista parece haberse rendido ante la urgencia financiera.
Bajo la supervisión de Washington, Caracas ya recibió los primeros 300 millones de dólares de un acuerdo de 500 millones, procedentes de la venta controlada de su propio crudo. Los fondos, depositados en un fideicomiso en Qatar, sirven para estabilizar la economía local lo justo para que no colapse el sistema. Mientras tanto, la "flota fantasma" de petroleros que intentaba burlar el embargo ha sido aniquilada. El 21 de enero de 2026, el Comando Sur incautó el séptimo buque, el Motor Vessel Sagitta, bajo la "cuarentena" impuesta por Trump. El mensaje es claro: el petróleo venezolano ahora fluye hacia Citgo a través de intermediarios autorizados como las comercializadoras Trafigura y Vitol, que obtuvieron licencias estadounidenses el mes pasado para exportar millones de barriles de petróleo venezolano a Estados Unidos y otros destinos.
La privatización de la geopolítica
El caso de Paul Singer y el botín venezolano marca el triunfo definitivo de la captura corporativa sobre la diplomacia, en lo que hace a Occidente. Ya no existen guerras por ideología, sino operaciones de "vulture capitalist " (fondos buitres) respaldadas por el portaaviones USS Gerald Ford. En este nuevo orden, las banderas son solo el decorado de un escenario donde las victorias se firman en tribunales estadounidenses y se consolidan mediante transferencias bancarias a precio de descuento. Singer ha demostrado que, cuando se tiene la influencia suficiente para moldear la fuerza militar de una superpotencia, el riesgo deja de existir. La geopolítica se ha privatizado, y en esta subasta global, las naciones en crisis son simplemente el activo más rentable para quienes saben cuándo apretar el gatillo financiero.
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