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Minneapolis y Teherán no son lo mismo. Sin embargo, hay quienes dicen que lo son, pero se equivocan: es demasiado superficial diagnosticar que, en ambos casos, unas masas movilizadas cuestionan "el poder".
El enemigo de los pueblos nunca es el poder sino el poder de sus enemigos, valga el quiasmo.
El caso es que el gobierno iraní apagó internet e incautó Starlink (la red privada ad hoc del multimillonario filonazi Elon Musk), y las protestas en la calle desaparecieron. El color de esa "revolución" que estaba preparando la inteligencia anglosionista en Irán era, como lo fue en Libia, rojo como la sangre y negro como su conciencia; se trataba de sembrar violencia apaleando a cualquiera e incitando a los que pasaban por ahí a golpear más y mejor, y eso provocaba el inicio del desmán; luego, la coordinación y el liderato de la revuelta a cargo de profesionales entrenados fuera de Irán y oportunamente implantados en el teatro, hacían el resto. Complementaba la operación la "libertad de prensa", esto es, la BBC, Deutsche Welle y CNN a full enviando imágenes al exterior con zócalos que "probaban" cuan inhumano es el régimen de los ayatollahs.
Así como sin la opción de incitar a los disturbios mediante las redes la violencia en las calles pierde eficacia desestabilizadora, también ocurre que, adaptando la macroeconomía a los requerimientos de un dudoso superávit fiscal, la calidad de vida de la población empeora y la angustia cunde, eso también ocurrió y todavía ocurre en Irán. Y aprovechar este caldo de cultivo para nutrir las bacterias del "cambio de régimen" (que es el manual de un conocido ideólogo de la Rand Corporation, Gene Sharp, con sus quince minutos de fama en los '90 de la invasión a Irak), es la opción que impulsa en Irán el eje Washington-Tel Aviv. Ese es el "poder" que está matando al pueblo iraní. No otro. En las revueltas ocurridas, nadie exigía que la "liberación femenina" o el concepto occidental del matrimonio fuera adoptado por el país persa. No es un sedicente "atraso" cultural de ese país, lo que preocupa en esas capitales belicistas de occidente, sino el carácter de "tapón" que la geopolítica confiere a Irán (dueño del estrecho de Ormuz) en la región y, con ello, su capacidad de jugar, objetivamente, a favor del orden multipolar. Irán, con esta conducción política, está deviniendo obstáculo serio para toda pretensión hegemónica.
Esto viene de lejos. Quienes impugnan a Irán y su actual gobierno con argumentos malamente copiados del constitucionalismo occidental, deberían tomar nota de que, así como detrás de Chávez, en Venezuela, se hallaba la estafa de "Punto Fijo", detrás de Khamenei, en la historia de Irán, está Mohamed Reza Pahlevi que, hasta 1979, presidió un régimen que practicaba la tortura de opositores con la naturalidad de la higiene matinal. Los ayatollahs no nacieron de ningún repollo. Y si ello no legitima, per se, a un gobierno, sí sería plausible conocer qué reclamos, diferentes a los de la CIA y el Departamento de Estado, se le hacen a un "régimen" que entró en la historia política con la apariencia de la anomalía para la mirada occidental, pero como una buena nueva benéfica para el pueblo iraní. Pues se trata de la geopolítica, una vez más, y es el propio Paul Michel Faoucault (insospechado de conservadorismo) el que cuenta las cosas; «Su importancia histórica (la del movimiento islámico que derrocó a Pahlevi) más bien será debido a la posibilidad que tendrá de alterar los datos políticos de Medio Oriente y, por ende, el equilibrio estratégico mundial. Su singularidad, que hasta ahora constituyó su fuerza, probablemente se convierta luego en potencia expansiva. En efecto, es como movimiento "islámico" que puede incendiar toda la región, derribando a los regímenes más inestables e inquietando a los más sólidos. El Islam -que no es solamente una religión sino un modo de vida, una pertenencia a una historia y a una cultura- probablemente constituya, a la escala de cientos de millones de hombres, un gigantesco polvorín. Desde ayer, cualquier Estado musulmán puede ser revolucionado desde adentro a partir de sus tradiciones seculares»(dest. mío); (Eribon; Foucault, Cuenco de Plata, 1° ed., Bs. As., 2020, p. 356). El filósofo francés no se orientaba en la política por el vuelo de las aves (como César), ni consultaba oráculos, pero aquí parece un taumaturgo. Su anticipación data de principios de 1979, esto es, tiene medio siglo. Lo admirable es que eso que él dice es, poco más o menos, lo que significa Irán y lo que está aconteciendo allí hoy. Es la geopolítica, no el chador, que tanto escandaliza en las urbes europeas. Los iraníes no se proponen que dejemos de hablar en castellano, que les repugna, para imponernos el farsí. Ellos, para su fortuna, tienen dónde ir a buscar si de tradiciones se trata. Nosotros, en occidente, miramos para atrás y aparecen, Roma y la Inquisición, Nerón, Calígula, Enrique VIII o Hernán Cortés. Nada para celebrar. Y se han inventado sus dioses, como nosotros los nuestros.
De modo que, en el Irán de hoy, el pueblo trabajador sufre y protesta. Sufre "reformas laborales" bien conocidas por nosotros, pero no quiere, ni de lejos, adoptar los "progresistas" valores de occidente. Y sólo Dios sabe, si es que lo sabe, cómo evolucionarán las cosas, en términos culturales, tanto aquí como allá.
Tampoco Minnesota, el Estado de la Unión que alberga la ciudad de Minneapolis, pues esos valores ya los conoce y los está sufriendo. Lo que ocurre allí tiene tanto que ver con Teherán como el dentífrico con la memoria. El racismo vive en la historia más íntima de unos Estados Unidos que, hasta no hace mucho, lo consideraba tan eterno y natural como el agua y el aire. Durante su clímax, dos hombres atrabiliarios, rudos e iletrados, llamados George Wallace y Barry Goldwater, hicieron de la segregación y la guerra termonuclear, fines programáticos de sus respectivas gestiones como gobernador de Alabama el primero y como candidato presidencial republicano el segundo. En esa época, los demócratas eran los buenos de la película, y a John Kennedy y a Lyndon Johnson les cupo el honor de postergar la barbarie hasta nuevo aviso, que no erradicarla, por cierto, pues para una sociedad tan injusta como la estadounidense la violencia es un componente inherente a su fisiología social.
De modo que Trump no está inventando nada. Él sólo creó el ICE (servicio de inmigración y control de aduanas), esperpento que, en los procederes de sus polizontes, evoca a la gestapo nazi. En efecto, ocurre en Minneapolis algo que no ocurre en Teheran: esa mafia con el sello trumpeano persigue y mata inmigrantes, como antes Wallace mataba negros por el delito de no ser blancos. Aunque el actual presidente se supera a sí mismo: Renee Good era blanca y el ICE la mató por las dudas. Y la imagen de Liam Ramos, de cinco años, con su gorrito de lana celeste embutido hasta la orejas en el frío atardecer de la ciudad gemela de Saint Paul, lo muestra "detenido" por las hordas antiinmigrantes, para escándalo y horror de los buenos estadounidenses que no tienen la culpa pues lo único que ellos hicieron fue votar a Trump, no a las "fuerzas del cielo" que el candidato traía escondidas en sus trapos íntimos.
Una policía especial creada por la presidencia de EE.UU. persigue y mata a quemarropa hoy, como ayer lo hicieron con George Floyd por el delito ser negro, también en Minneapolis. Black Lives Matter (las vidas de los negros importan) no nació allí, pero cobró ecuménico impulso. Y el dato que singulariza la situación es que los ciudadanos de Minneapolis ganaron las calles en medio de una huelga general para exigir que la criminal policía trumpista se vaya para siempre del Estado de Minnesota. También ha sido suspendido el derecho, allí. El gobierno central, con sede en Washington impuso, de hecho, el "Estado de excepción" en Minnesota y los agentes de inmigración pueden ingresar a los domicilios particulares a cualquier hora del día o de la noche procediendo a secuestrar a sus moradores ante sospecha de indocumentación. Si hay una conquista del constitucionalismo occidental (incluido el common law), esa es, junto al hábeas corpus, la inviolabilidad del domicilio particular, salvo la irrenunciable orden de allanamiento expedida por el poder judicial. Letra muerta, todo eso, y el dato expresa tanto la singularidad de la gesión de Donald Trump, como el peligro, no sólo para Estados Unidos sino para toda otra geografía que, en malhadada hora, pudiera despertar el "interés" de este descocado hombre público.
El gobernador de Minnesota, a todo esto, es un demócrata que todos los días da pábulo al odio intenso que Donald Trump reserva a los wokistas irredentos. En efecto, Tim Walz es un hombre que impulsó políticas de asistencia estatal durante la pandemia de covid 19, el apoyo al derecho al aborto, de protección a las personas trans y de liberalización del consumo recreativo del cannabis, entre otras justas medidas que horrorizan a los antropoides del partido republicano. Este gobernador sabe lo que está en juego, que es, nada más y nada menos, que el régimen constitucional federal de Estados Unidos. Trump ha amenazado, en más de una ocasión, con desplegar el ejército en jurisdicciones que no se sometan a las directivas de Washington. Así, en el marco de la globalización y la decadencia del hegemón, Madison, Jefferson, los pilgrims del Mayflower y hasta Walt Whitman, han devenido pura ironía histórica y motivo de befa para el orate apoltronado provisoriamente en el inmueble de la avenida Pensilvania, Washington DC.
Mientras tanto, entre el diagnóstico y la propuesta política concreta hay -como sostiene una cierta escuela filosófica- una relación dialéctica, esto es, ambas dimensiones de lo real se interinfluyen (valga el neologismo) mutuamente (valga la redundancia). Esto quiere decir que los diagnósticos, si verdaderos y terrenales, acumulan masa crítica que, al final de las etapas históricas, cristalizan en propuestas políticas que tienen la apariencia de haber surgido de la sola coyuntura y sin conexión con su pasado, pero es sólo apariencia. El diagnóstico también es el agua fresca que riega la paciencia.
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