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El siglo XX fue muy contradictorio. Por una parte, fue escenario de las mayores matanzas y actos de inhumanidad de la historia; las poblaciones civiles, que hasta este momento quedaban relativamente al margen de las guerras (aunque sufrían violaciones y privaciones) ahora, en cambio, fueron objeto de la acción bélica y sintieron en carne propia la muerte y la destrucción; varios millones de personas, ajenas a la actividad militar, fueron afectadas. Pero, por otro lado, el siglo XX dio lugar y vio nacer los proyectos de nuevos órdenes mundiales más racionales que la “ley de la selva”, que la ley del más fuerte.
Hasta ese momento, según relataba Tucídedes hace unos 2.500 años, en su historia de la guerra del Peloponeso (guerra entre Atenas y Esparta ocurrida en el año 411 a.c.): “El poder es el que hace la ley; la justicia y la moral son secundarios”; es decir, los fuertes imponen su voluntad sobre los débiles.
En el siglo XX surge la idea de una organización por encima de los estados que procure una paz duradera y justa, con la solución racional y convenida de las diferencias, evitando los conflictos armados, y dejando que cada país resuelva internamente sus conflictos y su destino.
La primera fue la Sociedad de las Naciones (SDN), fundada por el Tratado de Versalles en 1919, al finalizar la Primera Guerra Mundial, por iniciativa del presidente de Estados Unidos, Woodrow Wilson. Fijó su sede en Ginebra, constituida por la Asamblea de todos los estados miembros y con un Consejo Ejecutivo integrado por miembros permanentes y no permanentes. Dio lugar a la creación de entes muy importantes, que la sobrevivieron, como la Corte Permanente de Justicia Internacional y la Organización Internacional del Trabajo (OIT).
La debilidad de la Sociedad de las Naciones fue evidente al no participar la potencia emergente, Estados Unidos, a pesar de que su presidente fue el principal impulsor de su creación, y fracasó en cuanto intentó frenar la expansión territorial de Italia (en Abisinia), Japón en Manchuria y Alemania en Europa. Es más, tanto Japón como Alemania se retiraron de la SDN y continuaron con su política expansiva. La Sociedad se disolvió legalmente en 1946.
El segundo intento fue la Organización de las Naciones Unidas (ONU), creadas en 1945 por los vencedores de la segunda guerra con el objeto declarado de mantener la paz y la seguridad mundial, promover los derechos humanos y fomentar la cooperación internacional. Está conformada actualmente por 193 estados miembros y cuenta como autoridades principales a la Asamblea General y al Consejo de Seguridad, integrado este último por los vencedores de la guerra (Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Rusia y China) como miembros permanentes y con derecho a veto, además de representantes regionales con designación por tiempo determinado. Cuenta, además, con organismos asociados con los que realiza actividades coordinadas (actualmente 17), y tales como FAO, UNESCO, OMS, FMI, etc., y lleva adelante programas especiales en defensa de la paz, los derechos humanos y el desarrollo económico (PNUD).
Las Naciones Unidas son una consecuencia de la segunda guerra, de la que surgió Estados Unidos como la gran potencia. Con su industria intacta, era el principal acreedor mundial, poseía el 78% de las reservas auríferas del mundo y centralizaba gran parte del comercio internacional. El segundo, y rival ideológico del primero, era la Unión Soviética. En julio de 1944 se reunió la conferencia de Bretton Woods, donde se crearon se crearon dos instituciones fundamentales: el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento (BIRF), hoy Banco Mundial. Institucionalmente se completó en 1947 con la creación del GATT (Acuerdo de Aranceles Aduaneros y Comercio), actualmente Organización Mundial de Comercio, (OMC).
También en Bretton Woods se creó un nuevo sistema monetario mundial basado en cambios fijos entre las distintas monedas, con el dólar convertible en oro a la paridad de 35 dólares la onza (precio muy bajo, ya que era la cotización la del año 1934). En 1971 Estados Unidos declaró unilateralmente su inconvertibilidad.
En estas condiciones, el dólar se convirtió en la moneda-patrón del mundo y el gobierno norteamericano obtuvo el enorme privilegio de convertirse en el emisor de la moneda mundial, lo que implica enriquecerse tomando parte del excedente económico del mundo y ejercer en los hechos la hegemonía absoluta. Hegemonía que alcanzó su cenit con la implosión de la URSS (1991) y que permitió el sueño del “fin de la historia”.
Pero ese sueño duró poco. La hegemonía unilateral desapareció con el crecimiento de China y el cuestionamiento europeo y ruso. El dólar va perdiendo posiciones como moneda internacional (de representar el 71% de las reservas internacionales a comienzos del siglo, hoy significan el 60% del total) y van perdiendo presencia en las transacciones internacionales (frente al euro en Europa y las monedas nacionales china y rusa) mientras que los BRICS están discutiendo una moneda de cuenta para su intercambio.
Y Trump no parece dispuesto a ceder la primacía de Estados Unidos ni perder a esa herramienta para ejercer la hegemonía (el dólar como moneda internacional). Y pateó el tablero: bloqueo, invasión y detención del presidente venezolano, dejando de lado el orden internacional establecido después de la guerra. Es la vuelta a la ley del más fuerte.
No es la primera vez que ocurre, ni mucho menos. Pasó en Hungría, Checoslovaquia o Afganistán por parte de la URSS y en Vietnam, Guatemala o Chile por parte de Estados Unidos. Pero siempre se trató de maquillarlo, presentándolo como pedido de las autoridades legítimas o de rebelión interna. Ahora no; es definitivamente el fin de lo que quedaba de la ilusión de un mundo distinto; es el fin de una era.
Además, Trump declara la primacía de su país en todo el continente americano, incluyendo Groenlandia, en una actualización de la famosa doctrina Monroe o, según Gabriel Puricelli (en Página 12, 12-1-26), en una adaptación para América de la llamada Doctrina Brezhnev (“La URSS es única con soberanía completa en el campo socialista. Las otras soberanías son limitadas”).
Es la vuelta a los tiempos de Tucídedes. Gramsci repetiría: “El viejo mundo está muriendo y el nuevo mundo lucha por nacer: ahora es el tiempo de los monstruos”.
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