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La gente está mal, votó para no estar peor y el protectorado yanqui obró de garantía. Pero el tipo interpretó que es exitoso y aprieta el acelerador: quiere pisotear a los laburantes, destruir la educación... Pone de ministro a un milico, de senadora a una narco y va por la privatización del fútbol. Quiere todo. Adquirió un aire solemne, se siente superhéroe, en serio. En realidad lo sostiene Trump y aunque son lo opuesto, uno nacionalista, el otro entreguista; uno patrón el otro empleado, en mala conducta son gemelos: groseros, ignorantes, prepotentes. Pero el cowboy tiene un frente interno complicado. Sus alardes imperiales son un búmeran para la economía estadounidense y sus locuras fatigan a algunos poderosos. Esta semana dijo que iba a echar de “una patada en el culo” (!!) al bueno de Bessent, el otro padrino del coso local. Si Trump tropezara con un juicio político o, quién sabe, con algo peor (los yanquis son expeditivos) el superhéroe no duraría ni dos meses.
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