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Hay que creer que, en un mes y medio, la opinión del votante dio una vuelta de campana al influjo de la exhortación de Trump ("si no ganan, nos vamos de la Argentina") y decidió, en ese breve lapso, volcarse al otro extremo de lo que había votado el 7 de septiembre pasado en la provincia de Buenos Aires. De lo contrario, es decir, de no creer en esa anomalía, hay que suponer que hubo fraude, un fraude descomunal, muy a tono, por otra parte, con los valores de la mafia que gobierna este país entre estafas digitales, robo a los discapacitados, negociados con medicamentos y compromisos con el narco. Empero, como se trata de un asunto de prueba difícil por no decir imposible, vamos a suponer que lo ocurrido electoralmente el domingo 26/10, aconteció con las notas de paz, honestidad, armonía y bienandanza, que es como ocurren las cosas, durante día, en pueblos como los que muestra la escena inaugural de la película Terciopelo Azul.
Así las cosas, todavía es posible un triunfo peronista en 2027. Y ello por razones que se desplegarán más adelante, en los meandros de esta nota. No se trata de un triunfalismo necio sino, apenas, de darle a la reflexión el lugar que siempre merece, sobre todo cuando las aguas bajan turbias. Y esas razones están vinculadas a la dinámica objetiva de la economía y sus manifestaciones en las periferias empobrecidas, lugar del que la Argentina nunca zafa.
Lo ocurrido. La receta no podía fallar. Era perfecta. Entre Cristina concediéndoles el voto a analfabetos funcionales menores de edad y Ernesto Laclau explicándoles a esos analfabetos que el "populismo" era lo mejor de nuestra vida, la mezcla no podía sino conducir al éxito. Pero algo falló, y la poción del alquimista no curó sino que agravó al enfermo. Y si bien ello ocurrió por múltiples causas, la recién reseñada es apenas, un déficit ideológico que no está para explicar, unívocamente, derrotas electorales sino para ponerse a pensar en las causas más recónditas de lo que pasó.
El de "populismo" es un concepto ideológicamente contaminado por las derechas del todo el orbe, que lo identifican con la prioridad estatal en la asistencia a los pobres de este mundo. Pero eso es una noción interesada que las derechas enuncian así: el Estado es la bestia negra que hay que combatir y el "mercado" es naturalmente benéfico y debería hacer próspera la vida de todos.
Pero el populismo, no es eso. Aun cuando sea dañino y conduzca, a largo plazo, a encerronas que preludian las catástrofes, no es lo que la derecha dice que es. Lejos de eso, se trata de una categoría política cuya genealogía está en los narodniki rusos contra los cuales combatieron, durante las dos primeras décadas del siglo XX, unos dirigentes bolcheviques que les advertían que por los intersticios de su práctica y metodologías políticas, supuraba un veneno mortal para el "pueblo" que esos populistas rusos decían representar y que no podía conducir más que a la derrota.
Por eso, cuando la derecha acusa a los peronistas argentinos de estatismo, dirigismo y asistencialismo, si los acusados insisten en afirmarse en esas imputaciones e incluso en reincidir en ellas cada vez que les toca gobernar, se están obstinando en profesar un programa que es una mentira inventada por sus enemigos. Caen en una trampa.
Si el populismo fuera lo que la derecha dice que es, las cosas serían menos graves. Pero todo es peor que eso. «Milei no es un producto extraño a esta sociedad y la ultraderecha no es un fenómeno circunstancial y pasajero. La sociedad argentina no fue ni es inocente de Milei. Por acción u omisión, una parte de la sociedad argentina produce y reproduce a Milei. Lo hace desde el centro de su egoísmo y/o de su estupidez, pero sobre todo desde la plataforma de una nueva subjetividad conservadora de masas». Ver enlace
El populismo fracasa en lo que Lenín le señalaba como falla estructural: se identifica con estados de conciencia transitorios del movimiento popular (el dirigente ruso decía, "de la clase"). Y eso, decimos, es una forma del oportunismo, oportunismo histórico si se quiere, pero eso no mejora las cosas.
Si fue "conveniente" en un momento dado, "ampliar derechos" concediéndoles el voto a los menores de edad que luego devinieron presa fácil del odio hecho consigna, también pareció serlo confundir el concepto guevariano de "patria grande" con dejar entrar al país a los terroristas callejeros de Leopoldo López y Corina Machado, que aquí "practicaron" su oficio criminal, en cada manifestación contra los gobiernos kirchneristas que tuvo este país. Eso es el populismo. Por eso hay que estar siempre y en todo lugar, contra el populismo. Porque es un veneno que llega envuelto en su tela y mata, como la araña. El populismo es, al contrario de lo que suponía Laclau, "una nueva subjetividad conservadora de masas", como dice Miguel Mazzeo en su brillante artículo citado.
Al populismo lo aqueja una especie de superficialidad innata. Es esa misma superficialidad que lo lleva a buscar sólo las causas inmediatas de una derrota, prescindiendo de análisis que pongan en entredicho la totalidad de su cosmovisión política y, sobre todo, ideológica. Para esto último nunca hay tiempo.
Con todo, nada estuvo dicho de manera definitiva el domingo 26 de octubre pasado. Todavía es posible, si no una nueva elección gananciosa (para esto hay que tener dirigentes y candidatos) sí el comienzo de una definitiva recuperación de la subjetividad obrera y popular perdida.
Si algún saldo queda después de la "batalla cultural" que decían librar unos escribidores a sueldo del Estado libertario, ese saldo radica en que hasta el "populismo" se envuelve ahora en banderas y ostenta blasones referidos al "superávit fiscal". Y que una fuerza política de este tipo tenga al superávit como punto central de su programa viene a ser una especie de oxímoron, pues se trataría de populistas manirrotos que persiguen el equilibrio fiscal. El caso es que parece que ya nadie puede mirar para otro lado cuando de enjugar los déficit de las cuentas públicas se trata y esto, si no es una batalla cultural ganada por la derecha, se le parece bastante.
Si el peronismo hubiera salido con buenos números de la elección del pasado domingo 26, Axel Kicillof hubiera sido el gran triunfador. Como ocurrió lo contrario, hoy es el gran perdedor. Es impiadosa y exitista, la política. Pero no puede decir el gobernador que no le avisaron: Cristina, más de una vez, le detalló, con su habitual didáctica, la inconveniencia de desdoblar unas elecciones cuyo primer tramo, a lo sumo, le otorgaría al ganancioso un triunfo honorífico pero vacío, pues lo esencial del asunto se jugaba no en septiembre sino en octubre, y allí había que ir con toda la impedimenta en ristre, incluidos venablos, espadas, escudos y tambores, como las legiones romanas. Ahora es tarde, pero... te lo dije, te avisé, y optaste por demostrar mayoría de edad e independencia de criterio, aunque el momento fuera el menos indicado.
Y no sólo eso. Carlos Bianco, el médium capaz invocar al espíritu de Kicillof y hacerlo hablar, hace lo mismo que Milei. A estas horas, los une el método. Cuando a Milei le dicen que la gente no llega a fin de mes, echa la mano al cinto y saca un exel que muestra lo evidente: es mentira que la gente no llega a fin de mes porque aquí dice que la pobreza bajó doce puntos. Por su parte, a Bianco le dicen que los intendentes durmieron la siesta en vez de militar Fuerza Patria y su mano va en busca de un portafolios del cual emerge una planilla con datos fresquitos que prueban lo que también es evidente: los intendentes se rompieron el alma para que ganara Taiana; la prueba es que Fuerza Patria sacó los mismos votos ahora que el 7 de septiembre pasado. Pero si sacaste hoy lo mismo que ayer, preguntate por qué, al cabo de una larga gestión, sacás lo mismo que ayer, porque estancado en lo mismo terminaste perdiendo. Echarse culpas, de eso se trata, no de reconocer errores. Pero así, el 2027 nos encontrará, desunidos y de nuevo derrotados.
No obstante, las causas de la catástrofe no se hallan en las peleas entre Cristina y Axel. Son más profundas. De una profundidad histórica.
La batalla librada en la arena del sistema político ya está ganada para la derecha. El Congreso pasó a ser de ellos y aliados. Pero el sistema político no es toda la sociedad. Ahora es el turno de las armas de la crítica y de la crítica de esas armas, que fueron asaz defectuosas para impedir lo que acaba de ocurrir. Ahora se verá si los más vulnerables están dispuestos a algo más que no sea aguantar de rodillas la intemperie a que los someterá el "mercado" y su simple ley de hierro: todo tiene precio. El Frente de Liberación Nacional, enraizado en los conurbanos pobres de la Argentina y en los conglomerados fabriles que todavía resisten la borrasca del capital desmadrado y ensoberbecido por triunfos de coyuntura, deberá ir creciendo en forma paulatina como alternativa a unos dirigentes que, hace ya demasiado tiempo, les resultan poco aptos para construir organización y poder popular por fuera de ese sistema político.
Ya no es sólo Funes de Rioja el que desprecia al trabajador y al pobre de los conurbanos. Ahora son amplias franjas de población de esos mismos conurbanos las que se identifican con las patronales y rivalizan con ellas en el odio hacia todo lo popular. Eso es una derrota del populismo. Esa es una batalla cultural perdida. Se perdió tiempo usando el Estado para administrar el hambre a través de terceros que eran "cumpas", mientras el trabajo de zapa nacía y seguía con viento de cola en la propia retaguardia.
«Eludir la polarización social y política, apelar a la moderación en estas circunstancias históricas implica conspirar contra la constitución de un bloque popular e inocular en las y los de abajo sentimientos de impotencia. Un bloque popular liberador-emancipador requiere de múltiples experiencias de contraposición de fuerzas en terrenos con cierta “materialidad”, es decir, extra-electorales y extra-institucionales». Una vez más, parece destilar mucha verdad el texto de Mazzeo.
Eso que dice el periodista de Lahaine es de una contundencia casi ontológica, no obstante lo cual -o precisamente por ello- no hay que dejar de ver que hubo épocas en que cualquier economía capitalista sana era capaz de ir recogiendo, a medida que avanzaba, los caídos que iba dejando en su derrotero. Pero eso está cambiando hoy a escala global. En la principal economía del mundo (EE.UU.) ya no se asignará más recursos para contener a menesterosos y desposeídos que, encima, no serán tampoco ya considerados víctimas sino rémoras que es necesario eliminar. En dónde puede terminar todo esto no es difícil de conjeturar: si cuando se queman libros se termina quemando personas, cuando la pobreza es un problema irresuelto por siglos, la solución a ese problema no tardará en aparecer bajo formas que sólo la literatura de ficción ha insinuado.
Pero en la Argentina, no se concibe ningún "último clavo" en el ataúd del kirchnerismo con CFK plena y activa en la política nacional. De donde se sigue que ciertas contradicciones dentro del sistema político no las resuelve el propio sistema ni sus actores en el escenario, sino que se trata de soluciones que vienen "desde abajo" -como dice Mazzeo- y en clave de pronunciamiento popular. Sólo una derrota electoral de Cristina -o la biología- podrá terminar con su vida política. Hay que pensar muy bien en la oferta electoral para 2027.
Hay que tener en cuenta que todo ocurre en un contexto material signado por la economía, cuyas dinámicas son de fierro. Cuanto podía hacerse con el engaño, ya está hecho. En lo que resta del camino hasta 2027, hablarán las armas de la represión al movimiento popular, que cada vez que extiende un cheque en blanco, espera la contrapartida igualmente generosa y se enoja si se ve burlado. Y el gobierno de Milei no está -por razones que le son extrínsecas- en condiciones de abrir ninguna mano generosa para nadie. Esto se debe a que es la economía global la que no está para ejercer la munificencia. Las "oportunidades de negocios" implican inversión, y la tasa de inversión global sólo se mueve a la baja. No se invierte en ningún lado porque ninguna economía está en condiciones de garantizar tasas de ganancia sostenibles en el tiempo. El capital global está dominado por las finanzas, no por la producción. La experiencia Trump es un intento en sentido contrario, pero quizás ya sea tarde. Rebobinar cuando nos dimos cuenta de que era iatrogénico que la especulación reemplazara a la producción, sólo es posible si corremos solos. Pero cuando detrás viene Usain Bolt que nos sopla en la nuca, ya es tarde para rebobinar. Usain Bolt es China.
El "salvataje" reciente del Tesoro norteamericano, fue una operación de urgencia para controlar una crisis financiera. No más que hasta ahí mira este gobierno, por ideología y porque, aunque quisiera ir más allá, no podría. Pues la producción y el empleo no dependen, en la Argentina, de ninguna acumulación propia, sino de la inversión externa. Y la tasa de inversión, en un contexto recesivo como el actual, no alienta a esperar buenas noticias para la Argentina. Así surge del Informe de octubre de 2025 del FMI: "La economía mundial está cambiando con sombrías perspectivas de crecimiento"
... que sigue diciendo: "Se proyecta que el crecimiento mundial se desacelere del 3,3% en 2024 al 3,2% en 2025 y al 3,1% en 2026, mientras que las economías avanzadas crecerán alrededor del 1,5% y las economías de mercados emergentes y en desarrollo lo harán hasta poco más del 4% ...". A ello suma el organismo internacional: "las economías cuyos marcos sean más débiles corren el riesgo de que no se cumplan las expectativas de inflación y de sufrir mayores pérdidas de la producción si se retrasa la contracción monetaria, especialmente si surgen presiones persistentes sobre los precios. En estas circunstancias, las costosas intervenciones cambiarias ofrecen solo un alivio temporal y resultan menos necesarias si los marcos de política son sólidos".
Sin inversión que seriamente dinamice la economía, pensar en una reforma laboral que precarice la mano de obra y disponer más ajuste sobre los ingresos de trabajadores activos y pasivos sin que eso produzca explosiones sociales a lo largo y a lo ancho del país, es de una irrealidad sólo funcional a lo demencial devenido política de Estado. El reciente resultado electoral no altera esta prognosis. El peronismo podría volver como lo que ya fue una vez: bombero del incendio. Pero la historia, si se repite, el segundo acto es una farsa, según dicen.
El caso es que parece ser que el odio vence al amor mal entendido; y eso es bueno; o debería vencerlo: «Ni la fuerza electoral, ni la sensibilidad gestionaria alcanzan. De nada sirven las consignas de taza para el desayuno o de título de libro de autoayuda del tipo: «el amor vence al odio». Las clases dominantes han sacado gran ventaja de este tipo de candidez que no es otra cosa que expresión de una subjetividad conformista en una sociedad disciplinada. Mejor odiar y amar a quien corresponda. Necesitamos altas dosis de amor eficaz, con su cuota de odio bien orientado" (M.M., art. citado).
Ahora, de una parte, no queda sino apechugar dentro del sistema político. De otra, honrar una consigna que priorice el trabajo en la base para construir alternativas. Milei no contará con quorum propio en ninguna de las dos cámaras ni podrá "blindar vetos". Ochenta y dos bancas en Diputados y trece más en el Senado, anticipan un forcejeo institucional de resultado que, no obstante, no es incierto sino previsible, porque los fracasados de "provincias unidas" son tropa propia de Milei al que le claman, desde hace mucho, por las partidas que les permitan afrontar en sus provincias la crisis del sistema previsional y dinamizar, aunque sea un poco, la obra pública. Cambiarán amor por dinero, eso es seguro.
Mientras tanto, el resultado electoral ya deja entrever sus consecuencias. Celebran "los mercados". Celebran los negocios, que no dejan de decir que de esos negocios se beneficiarán "los argentinos". Pero eso es mentira. Éstos, cuando piensan en un negocio, piensan en cuánto van a poner y cuánto van a ganar. Y lo demás... no es asunto de ellos. No es que sean malos. Es que el capitalismo funciona así, y si ellos no actúan así, se funden.
Mientras tanto, decimos, los resultados electorales ya arrojan cifras. Los bonos argentinos en dólares recuperan todo lo que habían perdido y el riesgo país pasa de 1.100 a 690 puntos. Si esto sigue así, "nuestro país" puede volver, muy pronto, a los mercados internacionales de deuda, esto es, a entregar bonos a cambio de dólares frescos. Luego habrá que pagar la deuda que esa operación irroga. Pero si no se invierte en el aparato productivo, toda esa operatoria no será, en su conjunto, más que ardides financieros para salir del atolladero. Falta inversión genuina en infraestructura, transportes, energía y tecnología para que este engendro de una periferia que no le interesa a nadie, se remonte hasta las cimas de las economías prósperas del mundo. Y eso no está ocurriendo en ninguna parte del mundo, El único país que recibe "inversión", hoy, es Ucrania, que recibe dinero de las filiales bancarias de Lockheed para comprarle a Lochheed misiles y parafernalia bélica. Bulshit. Con el agregado de que lo que eventualmente se obtenga como consecuencia de la baja del riesgo país, será para pagar vencimientos de deuda expresada en bonos, cuyos titulares están atentos a todo lo que hace la Argentina, pues lo que quieren es, ante todo, cobrar.
No volver a perder en 2027 parece ser la única forma de evitar algo que todavía puede ser peor: un sistema político totalizado por una ultraderecha salvaje y sin contrapeso alguno. Nunca existió algo así en ninguna parte del mundo. Y si ocurriera aquí, las consecuencias podrían ser devastadoras. Para evitarlo, deponer personalismos sería una buena reacción ante la adversidad.
Sapere aude y, pese a todo, carpe diem.
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