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Ningún proceso político de envergadura es, en lo sustancial, un conflicto entre voluntades personales, sino un choque de fuerzas históricas, aunque siempre parezca más lo primero que lo segundo.
Y la Argentina no constituye ninguna excepción a este axioma. Por el contrario, es hija de un fenómeno demográfico y una componenda cultural, ambos inverosímiles; el primero vino, como al azar de un destino, en los barcos de inmigrantes. Y nada más parecido a un ejército en derrota que un barco de inmigrantes (Di Tella dixit); la segunda estuvo a cargo de una oligarquía que ayer fue vacuna y hoy es sojera, y consistió en trasmitirle a la sociedad argentina sus valores de clase y sus costumbres y prejuicios devenidos sentido común de una sociedad total que los profesa hasta hoy. Todo sucedió del siguiente modo.
Esos valores y prejuicios fueron vehiculizados, al interior de la Argentina profunda, por un partido político que podía cumplir con eficacia tal función instrumental porque su origen y raíces estaban en el pueblo, incluso en el pueblo trabajador, incluso en la clase obrera (malgrado su pobre inserción allí) y era, por eso, escuchado por un pueblo que nunca creyó que sería estafado por "su" partido. Pues, hay que saberlo, este partido fue una así llamada Unión Cívica Radical, cuyo origen plebeyo no le iba en zaga al que después distinguió al peronismo.
Si parecía lo que no era y pudo, por eso, cumplir con eficacia la función histórica de realizar unos intereses de clase que no eran ni obreros ni populares, ello se debió a que esa "unión cívica", en sus orígenes, era escuchada, y lo era porque -repetimos- sus raíces se hundían en el pueblo, incluso en el movimiento obrero pero también, más tarde y predominantemente, en una clase media que alumbraba en este país como subproducto de un conato industrializador tributario de la potencia global del momento: Inglaterra.
Empero, porque era lo que no parecía ser, al cabo del moroso goteo de la historia le ocurría, a esa UCR, que fracasaba recurrentemente en la gestión de gobierno hasta quedar como luce hoy, esto es, arrumbada en rincones indignos y abocada a servicios subalternos aliada a una derecha referenciada en Mauricio Macri.
A su turno, aquel fenómeno demográfico consistió en que aquí llegó lo peor de la camorra hablando un cocoliche que era la hibridación del calabrés con el dialecto portuario de Génova -el xeneize- pero, como eran italianos, alguno tenía claros los ojos y alba la piel, y hasta quizás peinara cabellos dorados, todo lo cual confirió una trémula base pseudolombrossiana a un prejuicio duro que se enuncia así: los argentinos somos los descendientes rubios de la Europa blanca.
Hay, todavía hoy, una tropa política que sigue creyendo en eso.
La componenda cultural, por su parte, consistió en dotar, a esa vergonzante masa mestiza que es el argentino medio, de un discurso a tono con los valores de una oligarquía -agotada pero alerta- que, aunque se retiraba de la escena empujada por la popularidad de Yrigoyen, no por eso dejaba de tomar sus recaudos. La oligarquía se fue de la Casa Rosada pero no del Jockey ni del Club del Progreso, y el problema argentino, entonces, pasó a ser que lo que se decidía al interior de esos muros patricios era más relevante en el país que lo que sucedía en Balcarce 50.
El devenir ulterior, más reciente, es mejor conocido y se halla muy marcado por la irrupción militar en el aparato del Estado. El despuntar del siglo XXI marcará el inicio de un proceso de fragmentación de la representación tradicional dentro de sistema político, cuyo producto más genuino tal vez sea, de un lado, la débâcle radical y su insólita fusión con una derecha en las antípodas de lo que había sido la historia de la UCR; y, de otro, la aparición del kirchnerismo como renovada ala progresista del movimiento fundado en 1946 por Juan Perón.
La gravedad del acontecer político de nuestro presente no estriba en que un bípedo implume ciertamente raro se halle apoltronado en la presidencia del país, sino en que es la sociedad civil total la que exhibe a un sector que no quiere convivir, bajo el común socaire de la argentinidad, con otro sector, tensión que es estimulada permanentemente por el propio Presidente y que, como para intensificar la peligrosidad de la situación, es encubierto por los medios masivos de comunicación que, en vez de denunciarlo como un catalizador de violencia social, silencia o minimiza sus amenazas y mentiras con regularidad y constancia. Por caso, el viernes 18 recién pasado, una desequilibrada atacó con un cuchillo a un trabajador de prensa, Antonio Becerra, en un acto de campaña de Milei y éste recurrió a una insidia ruin: procurar la confusión, asegurando, por la red X, que el autor de la conducta criminal era "el kirchnerismo" y que había que acabar con esa identidad política y con "el narcotráfico", como si la loca en cuestión no hubiera confesado su pertenencia "libertaria" con las vomitivas imprecaciones que eructó en el momento en que consumaba el delito de amenazas. También expresó el Presidente, en la ocasión, su voluntad de luchar no sólo contra el kirchnerismo sino también "contra el narcotráfico", una recurrente huida hacia adelante cuando su gobierno se encuentra acosado por verosímiles denuncias, aquí y en el exterior, de nexos con la comercialización de cocaína y el lavado de activos.
Así las cosas, un triunfo de Fuerza Patria en octubre y, eventualmente, en las presidenciales de 2027, implicaría un nuevo comienzo pero, ante todo, un desafío mayúsculo: si se fracasa de nuevo con las políticas asistencialistas que hasta hoy el peronismo ha intentado, el futuro para el pueblo argentino sólo podrá ser leído en clave de "tango satánico", pues ese futuro tendrá el sello de un nazismo criollo redivivo del cual serán sus víctimas primeras los enfermos, los viejos, los discapacitados, los pobres y esos "más vulnerables", por lo cuales todos han clamado sin haber hecho lo suficiente.
Mientras tanto, el último "logro" de Caputo en Estados Unidos, consistió en que el Tesoro norteamericano entregará dólares al Banco Central argentino para que el Estado argentino pueda satisfacer, a su vencimiento, el reclamo de los tenedores de bonos de la deuda nacional que son, dicen las malas y buenas lenguas, en medida importante, los amigos del propio Bessent. Es decir, Caputo logra endeudar a la Argentina para pagar la deuda que la Argentina arrastra desde antaño, en particular, desde que Caputo fue secretario y ministro de Finanzas de Macri y, ambos a una, endeudaron al país por 44 mil millones de dólares, deuda que ahora ha vuelto a aumentar, pues cada vez que Caputo viaja a Washington vuelve más enterrado que antes. El enterrado no es él, eso es lo grave, sino todos nosotros, argentinos.
Ahora bien. Washington también dijo que ayudaría si los administradores de esta satrapía periférica garantizaban, además, "gobernanza". Y a mí se me hace cuento que en la Casa Blanca son tontos. Más bien, son demasiado vivos. Aquí, el único tonto es el que dirige la armada Brancaleone local. La posibilidad de un desastre electoral era evidente para todos... ¿menos para Trump? Suena poco creíble. Trump sabía y sabe del desastre inevitable y entonces cabe preguntarse qué hay detrás de esta "ayuda" para la Argentina.
Más bien el imperio está jugando el juego que mejor sabe: endeudar para robar. Y el futuro parece deparar un gobierno peronista a partir de 2027 que deberá enfrentar 300 mil millones de dólares de deuda externa sin recursos para pagarlos. Otra vez sopa... Salvo que se opte por la solución política: China. Pero tampoco aquí puede haber medias tintas. Con China, con todo, pues de lo contrario se fracasa y encima no faltará el "tribunal de distrito" que, desde los Estados Unidos, acuse por "narcotráfico" al gobernante argentino que ose zafar del encierro geopolítico washingtoniano. Ese eventual futuro argentino puede leerse en el actual presente de Colombia y su Presidente, agredidos en forma criminal por un Donald Trump en el cénit de su arrogancia imperial.
La deuda y cómo pagarla deviene, así, menos un problema que un destino. Un destino argentino. Y los destinos tienen fama de ser inexorables e inmodificables. Pero no es el caso; pues los destinos merecerán esos adjetivos sólo si la política no se pone las botas y se queda en pantuflas en vez de salir a pelearla. Esto es lo que podría venir, si se hacen las cosas bien. Si se hacen mal, lo que vendría sería un nuevo fracaso del "populismo" con consecuencias deslumbradoramente aterradoras.
En el coloquio de IDEA, a mediados de este mes, el ministro Caputo les aseguró a los empleadores por cuya cuenta gestiona la economía del país, que las próximas medidas del gobierno incluyen los despidos baratos, esto es, la "reforma laboral". Aquí aparece una costura del tejido que es preciso pespuntear con paciencia y oficio, pues se trata de un tópico muy usado por el liberalismo, de ayer y de hoy, para convencer al soberano de que "gastar menos" es un logro de todos porque, de ese modo, tenemos "superávit", con lo cual las cabezas simples de ese soberano imaginan que la economía del país es como la de su casa: mientras más y mejor ahorro, más me queda para pagarle al almacenero, y el resultado de esa imaginería tonta es que, aunque ganemos elecciones, la "cabeza" popular sigue siendo colonizada por los que engañan al pueblo. De lo que se trata, así, es de salir a explicar. Y lo que hay que salir a explicar es que las mentiras del gobierno consisten en que primero decían que había que achicar el gasto del Estado, pero ahora resulta que quieren achicar, también, el gasto de los privados. Lo cual significa que este gobierno se preocupa de que a las empresas les vaya bien pero no se preocupa de que a los ciudadanos de a pie les vaya bien. Este gobierno, así, vino a favorecer a las corporaciones empresariales ante todo, pues estas corporaciones son las únicas que ganan cuando pagan menos impuestos y cuando pueden despedir sin pagar indemnización. Y el caso es que si se clausura el PAMI, la ANDIS y Vialidad Nacional, y se suprime toda la actividad estatal orientada a la ayuda social, los que primero salen a brindar por salud y larga vida al gobierno de Milei son los empresarios, no los trabajadores, pues a éstos no les conviene que los que pueden hacerlo, no paguen impuestos, unos impuestos con los que se sostiene el PAMI, Vialidad y la ANDIS, entre otras agencias estatales. La reforma impositiva, así, es una estafa a los trabajadores y al pueblo argentino, como la reforma laboral lo es directamente a los obreros y empleados que, en vez de jugar en la Bolsa -como Caputo- viven de su salario.
Para enfrentar este problema eterno existe una solución que opera por "dentro" del sistema financiero global, a saber, pagarle al Fondo todo lo que se le debe de modo de "sacárselo de encima", como hizo Néstor Kirchner entre 2003 y 2007. Pero hoy esto es imposible pues no hay "superávit gemelos" y además los gobiernos de Macri y Milei, en ese orden, sepultaron al país en 300 mil millones de dólares, que es lo que debe hoy la Argentina. Hoy, entrar al sistema para solucionar la crisis implicaría transitar un camino sin salida o, lisa y llanamente, una estafa más al votante. La solución de fondo pasaría, así, por alternativizar al liberalismo cuando este dijo que es "aliado incondicional" de Estados Unidos e Israel. Y si ellos tienen esos amigos, un nuevo gobierno puede, en la más pura tradición del último Perón, ser amigo de China en el marco de los BRICS o, fuera de ese colectivo, en forma bilateral, de Estado a Estado. Para esto, el próximo gobierno deberá contar con espesor político y estatura estratégica en sus decisiones, de lo contrario, estamos en el horno.
La contrapartida de tal amistad entre los pueblos chino y argentino será, indudablemente geopolítica, pero la opción a tal acuerdo es la entrega de territorio y recursos para pagar una deuda que contrajo el Estado argentino representado por Luis Caputo y Javier Miei. Dios no lo quiera, entonces, pues de lo que se trata es de que el noroeste de la patria, rico en minerales, no pase a ser un "Kosovo" latinoamericano, es decir, un invento de Washington en línea con sus intereses geopolíticos. Ya el buen Cornejo, una vez, dijo que la provincia que él gobierna hoy (Mendoza), debía, en realidad, ser un Estado "independiente". Pero la Argentina no quiere ser ni un ejército en derrota ni un barco de inmigrantes. La Argentina ha sido llevada a una encrucijada existencial. Eso es un delito de los llamados de lesa patria. Y el sujeto activo de ese delito se llama Javier Milei.
La gestión de procesos soberanistas en el marco de la democracia de mercado requiere de una gran pericia política. Pues no sólo contra las corporaciones concentradas se libra el conflicto sino -y tal vez principalmente- contra la costumbre, contra unos hábitos inveterados no siempre virtuosos que han ingresado como sentido común a las sociedades por conductos que, de un modo u otro, siempre provee la historia. Los liderazgos del "siglo XXI" han experimentado, hasta aquí, la desigual relación de fuerzas, pues operan dentro de un sistema político sostenido en unos consensos masivos fuertemente prejuiciados contra todo lo que no sea hábito y costumbre. La resultante ha sido de una gravedad histórica inusitada, pues los procesos sociales han parido liderazgos violentos y han catalizado dinámicas de pérdida constante de poder popular, como es, a estas horas, el dramático caso de una Bolivia entregada a la derecha, con un Evo Morales refugiado y a la defensiva en su propia tierra, perdida toda iniciativa estratégica, detrás de un escritorio de caoba en plena selva y evocando de ese modo, patéticamente, a un estrafalario miembro de los Buendía de Macondo.
Esta Bolivia de hoy es un llamado de atención para CFK y el gobernador de Buenos Aires, potenciales émulos, a esta altura, si persisten en sus enconos, de Morales y Luis Arce, que se sacaron los ojos entre sí logrando que el MAS que habían fundado sea, hoy, un trapo de piso. Los dirigentes populares, aquí, si siguen dándose sus lujos, le dejarán la mesa servida a la derecha en 2027.
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