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19/10/2025

¿Remake de viejas películas? La ofensiva trumpista en Sudamérica

¿Remake de viejas películas? La ofensiva trumpista en Sudamérica | VA CON FIRMA. Un plus sobre la información.

Trump impuso a Milei poner al secretario del Tesoro Scott Bessent, a cargo de la política monetaria y fiscal de la Argentina y al presidencial Barry Bennett, a reordenar discretamente el tablero político nacional.

Gustavo Crisafulli *

En julio de 1944, en el ápice de la Guerra del Pacífico, el gobierno de Roosevelt le impuso a Chiang Kai-shek poner a un estadounidense, el general Joseph Stilwell, al mando de todas las fuerzas armadas chinas.

Para mantener a China en la guerra y evitar la implosión del corrupto régimen del Partido Nacionalista de Chiang se necesitaban “remedios desesperados” que cimentaran la estrategia militar y la política estadounidense hacia la ya cercana post guerra en Asia.

En octubre de 2025 el gobierno de Trump impuso a Javier Milei poner a un estadounidense, el secretario del Tesoro Scott Bessent, a cargo de la política monetaria y fiscal de la Argentina y a otro, el asesor presidencial Barry Bennett, discretamente a reordenar el tablero político nacional.

Un “remedio desesperado” para evitar la implosión del corrupto gobierno de La Libertad Avanza y mantenerlo en la línea del frente sudamericano, cimentando la estrategia estadounidense en su guerra comercial y tecnológica con China.

El paralelismo puede resultar un poco exagerado pero las remakes de viejas películas generalmente insertan nuevos contextos, manteniendo el núcleo original, e incorporan otros contenidos y estilos.

La intervención estadounidense en América Latina tiene ya una historia centenaria. Desembozada y violenta en América Central y el Gran Caribe, su verdadero “patio trasero”, fue siempre más circunspecta y compleja en Sud América.

Concluida la Guerra Fría, y bajo su cobijo las sangrientas dictaduras militares en Argentina, Chile, Brasil y Uruguay, el escenario se volvió incierto y refractario para las políticas de Washington.

El “dame mucho a cambio de poco y nada” perdió todo atractivo y las burguesías sureñas giraron la mirada: primero, en los años 90, hacia Europa y luego hacia Oriente, centralmente a China y subsidiariamente a la India y el sudeste de Asia.

Para 2020 China se convirtió en el principal socio comercial de América Latina y sus inversiones en infraestructuras y redes de comunicación también pasaron a ocupar el primer lugar, dejando atrás a la UE y los EE.UU.

En Sud América es el primer o segundo socio, subiendo la India hacia el tercer o cuarto escalón. Ello, fundamentalmente, en virtud del crecimiento de Brasil, la octava economía del mundo que, además, es fundador de los BRICS y hasta ahora su único miembro latinoamericano.

Por ello, aún gobiernos conservadores o liberales como Macri en Argentina, Lacalle Pou en Uruguay, Boric en Chile e incluso Boluarte en Perú, no estuvieron dispuestos a acompañar a libro cerrado las políticas estadounidenses en el continente y mucho menos romper sus relaciones comerciales y económicas con China.

Desde el primer gobierno de Trump hasta el de Biden, se produjo en EE.UU. una aceleración de la guerra comercial con China bajo remakes de los viejos motivos racistas del “peligro amarillo” y la “deshonestidad comercial oriental” y de tropos de la Guerra Fría como “democracias frente a totalitarismos”.

Todo ello preparó el terreno para la actual ofensiva trumpista que, en una versión también remozada de viejas películas que ya vimos, como “la seguridad del Hemisferio Occidental” y la “guerra contra las drogas” nos cae encima desde 2023.

La política exterior de Trump se orienta a salirse del embrollo de la guerra en Europa y concentrarse en revertir su desventaja industrial, tecnológica y comercial con el gigante asiático.

Para ello, en su entorno fantasean con la idea de conducir un proceso de intervención política, económica, financiera y militar que transforme la estructura productiva del Hemisferio Occidental, monopolizando la extracción de tierras raras y otros minerales y controlando la producción competitiva con la de EE.UU., básicamente, la agricultura y las industrias energéticas.

Sud América es uno de los teatros de operaciones de esa guerra y Venezuela y Argentina sus actuales objetivos estratégicos para aislar a Brasil, no solo por ser el principal socio de China en lo económico, sino por su posicionamiento en el Sur Global en la defensa de un orden mundial multipolar.

Venezuela, con las mayores reservas mundiales probadas de petróleo, ha sido objeto de sanciones, operaciones encubiertas y demonización desde el ascenso de Hugo Chávez y su ya longeva Revolución Bolivariana, bajo la conducción de Nicolás Maduro.

De Obama a Biden, las administraciones estadounidenses lo intentaron todo para un “cambio de régimen”, incluyendo presidentes títeres en el exilio, intentos de magnicidio e invasión de mercenarios. Nada funcionó.

Con el pretexto pueril de la “guerra contra las drogas” Trump ha estacionado ahora una fuerza aeronaval frente a sus costas en la aparente búsqueda de un incidente en aguas internacionales que “justifique” una acción militar de mayor envergadura.

El pasado 15 de octubre anunció públicamente la autorización a la CIA para realizar operaciones contra el gobierno de Maduro (esas cosas que siempre se hacen y nunca se admiten).

La presión sobre Venezuela es de larga data. La intervención en Argentina, en cambio, es aprovechar una oportunidad inesperada.

Desde el Pacto Roca-Runciman a “Braden o Perón” y de allí al “ALCA al carajo” somos desde hace mucho tiempo el país culturalmente más “anti-yankee” en la región, con algunos pocos momentos de “relaciones carnales”, aunque siempre con la soga al cuello del FMI y los fondos de inversión de Wall Street.

Sólo el extraordinario resultado electoral que llevó al poder a una peculiar criatura extremo derechista, aupada en las carencias dramáticas del último gobierno peronista y el perenne y movilizado antiperonismo de nuestra burguesía, abrió de par en par la puerta a la ofensiva trumpista.

Milei, rodeado de aventureros del mundo de las finanzas, nostálgicos de una sociedad patriarcal, fascistas de nuevo cuño y delincuentes de diversa laya, hundió en dos años su supuesto programa económico y su crédito político.

Sólo su alineamiento ideológico con “el mundo libre” lo salva de la debacle, buscando el “rescate” del gobierno estadounidense como recurso de ultimísima instancia, carente de toda lógica geopolítica y económica.

Vivimos tiempos de enorme peligro. Estar en el teatro de operaciones de una guerra entre gigantes, gobernados por una banda de ladrones e iluminados, que ya ha cedido la conducción a funcionarios del Imperio, nos lleva a un camino desconocido y doloroso.

Va siendo hora que las fuerzas políticas del campo popular tomen nota y salgan de su inmovilismo.



(*) Historiador, ex rector de la Universidad Nacional del Comahue.
29/07/2016

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