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12/10/2025

El Modelo Argentino de Perón: un pasado que nos interpela

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El Modelo Argentino para el Proyecto Nacional, anunciado por el fundador del justicialismo semanas antes de morir, resurge como una hoja de ruta estratégica para enfrentar la desarticulación estatal. Es un llamado urgente a superar el ciclo pendular y reconstruir la capacidad nacional perdida.

Leandro Etchichury

En un momento de profunda disyuntiva histórica para la República Argentina, donde la embestida de un proyecto político orientado a la destrucción del Estado nacional —y, con ello, la supresión de los pilares de la Justicia Social y la Soberanía Política— comienza a mostrar su fragilidad y ostensible impopularidad, es oportuno, a 130 años del nacimiento del ex presidente Juan Domingo Perón -cumplidos el pasado miércoles 8 de octubre-, reflexionar sobre uno de los grandes legados que nos dejara el líder político, cuya vida y pensamiento constituyeron una de las fuentes de inspiración del Papa Francisco.

La relevancia de esta revisión no obedece a una mera conmemoración, sino a la urgente necesidad de cimentar las bases para un auténtico proyectode reconstrucción nacional, que impulsea la Argentina hacia la consolidación de su rol estratégico en el concierto global del siglo XXI. Por lo tanto, este proyecto debería articular una hoja de ruta capaz de devolver a la Nación a un sendero de desarrollo integral —económico, social y cultural— que, sobre todo, garantice su permanencia en el tiempo frente a los intereses de minorías que sólo privilegian sus propios negocios.

El 1 de mayo de 1974, en su carácter de presidente de la República, Perón se presenta ante la Asamblea Legislativa para inaugurar el 99º período ordinario de sesiones. Allí anuncia que: “Como presidente de los argentinos, propondré un Modelo a la consideración del país, humilde trabajo, fruto de tres décadas de experiencia en el pensamiento y la acción”. La muerte lo sorprende antes de poder presentarlo, pero poco tiempo después se fue conociendo de qué se trataba ese planestratégico de país que incorporaba temáticas poco frecuentadas desde la política.

A más de 50 años de su concepción, el documento exhibe una vigencia notable. Si bien algunos planteos pudieron haber quedado desfasados en el tiempo, una porción significativa del Modelo anticipó debates cruciales de nuestro presente y mantiene desafíos pendientes. El Modelo Argentino para el Proyecto Nacional aborda los distintos "ámbitos" en los que el Gobierno y la sociedad, entendida como Comunidad Organizada, deben comprometerse para avanzar hacia la autodeterminación nacional y el progreso.

A través de esta obra, Perón se adelantó a discusiones académicas clave, al afirmar que "el desarrollo no debe quedar en manos de unos pocos, o de grupos poderosos, como tampoco debe responder a la concepción de una sola comunidad política o de las naciones más fuertes". Esta visión crítica precede la irrupción, recién en los años ochenta, de la antropología argentina en el análisis de las políticas de desarrollo, desenmascarándolas como una ideología neocolonialista, basada en la relación de centros y periferias, que impone modelos prefabricados de modernidad unidireccional cuyos fracasos se atribuyen a la "necedad de los atrasados". Además, Perón explicitó la necesidad de alcanzar el desarrollo en el marco de la integración latinoamericana, señalando que estas son las "únicas metas para evitar que el año 2000 nos encuentre sometidos a cualquier imperialismo".

Acuerdos y planificación

El espíritu del Modelo radica en la construcción de una base social y política que permita la continuidad. Perón subraya que la integración regional e internacional resulta difícil si antes no se establecen las bases de acuerdo dentro del país.

La propuesta no es un plan rígido, sino un marco de lineamientos generales que debe ser enriquecido a través de la participación de las fuerzas políticas y sociales para construir colectivamente el Proyecto Nacional. Esto requiere la generación de compromisos concretos, efectivos y estables que trasciendan los gobiernos, convirtiéndose en verdaderas Políticas de Estado. Perón entiende que a través de la planificación se puede intentar conducir el ahorro interno para posibilitar el modelo de crecimiento con inclusión.

El Modelo Argentino que venía a proponer Perón planteaba “una democracia plena de justicia social”, concibiendo “al gobierno con la forma representativa, republicana, federal y social”. Una democracia social no sólo requiere desarrollar los mecanismos para garantizar la cohesión y la participación para alcanzar el bien común, sino que además “requiere una caracterización de la propiedad en función social”. Así, si bien lo económico tiene un apartado especial, se filtra a lo largo de todo el texto con una riqueza y una actualidad que conmueve. El rol del Estado, la propiedad privada, el capital extranjero, la falsa dicotomía campo-industria, la inflación, la explotación de los recursos naturales y una sección dedicada al desarrollo científico y tecnológico, todo está planteado en sus páginas.

De lo económico

Partiendo de entender lo económico como un proyecto histórico-político, el Modelo entiende que la actividad económica debe responder a los requerimientos del hombre como parte de una comunidad y no a sus apetencias personales. Así, la iniciativa privada deberá estar “enmarcada en un contexto donde debe prevalecer una distribución socialmente justa” de la riqueza. Para ello, “el Estado tendrá un papel protagónico o complementario de la acción privada, según la circunstancias presentes o futuras así lo aconsejen”, alentando “el proceso de formación y perfeccionamiento del funcionario público”.

Es responsabilidad del Estado el uso de los diferentes mecanismos que incrementen el ingreso real de los trabajadores y sus familias. “La solución del déficit habitacional; la ampliación y difusión de los servicios que hacen a las necesidades primarias, a la educación y al esparcimiento; los subsidios a la familia numerosa y a las clases pasivas son meros ejemplos de lo que el Estado debe concretar en forma amplia y eficiente, o sea, cuantitativa y cualitativamente en relación con la necesidad”, se afirma.

Ya por entonces, las usinas liberales denostaban al populismo que -según esa visión-incrementaba el gasto, generaba inflación y reducía la competitividad de la economía. Responde: “Es evidente que las recetas internacionales que nos han sugerido bajar la demanda para detener la inflación, no condujeron sino a frenar el proceso y a mantener y aumentar la inflación… Por épocas se bajó la demanda pública a través de la contención del gasto –olvidando el sentido social del gasto público–; se bajó la demanda de las empresas a través de la restricción del crédito –olvidando también el papel generador de empleo que desempeña la expansión de las empresas–, y se bajó la demanda de los trabajadores a través de la baja del salario real”. Y agrega, “la inflación, cualquiera sea su origen, tanto como el control de la oferta y por ende de los precios, por parte de estructuras con poder monopólico, en todos los casos terminan con una distorsión del ingreso y generan una distribución regresiva del mismo”.

Cuando se aborda la política agropecuaria deja claro que la política fiscal debe cumplir un “decidido papel para obligar a la explotación racional de los recursos”, entendiendo que “se dan las condiciones para armonizar una estructura económica agropecuaria con otra industrial, sin que el progreso de un sector se logre a costas del otro”, con el mayor agregado de valor a la producción.

En cuanto al rol del capital extranjero, se señala como imprescindible “disciplinar dicha participación determinando áreas de su injerencia y el rol que debe cumplir en nuestra vida social, política y económica”. La inversión extranjera debe ser un complemento y no un “factor determinante e irremplazable del desarrollo”.

Ciencia y medio ambiente

El capítulo referido al ámbito científico-tecnológico ocupa una extensión significativa, donde se señala la necesidad de consolidar “vinculaciones estables y verdaderamente productivas entre el sistema científico-tecnológico, el gobierno, el sistema de producción física y el sistema financiero”, destacando que esa falencia ha sido la responsable de “dispersar la investigación”, no haber permitido “una demanda de ciencia y tecnología estable y creciente”, y de haber incrementado el “drenaje de inteligencia”.

Destaca que “la incorporación de tecnología atada al capital extranjero, particularmente para el sector industrial, creó compromisos tecnológicos onerosos en divisas”. A su vez, Perón creyó necesario poner sobre la mesa la contracara del desarrollo científico-tecnológico: la cuestión ecológica, una problemática que recién comenzaba a tratarse en la Europa industrializada, pero que era prácticamente ignorada en la España que lo albergó durante su exilio. “Estamos, pues, en un campo nuevo de la realidad nacional e internacional, en el que debemos comprender la necesidad –como individuos y como Nación– de superar estrechas miras egoístas y coordinar esfuerzos”, anuncia.

Y anticipándose a las vigentes teorías de la gestión del riesgo, asegura: “El ser humano no puede ser concebido aisladamente del medio ambiente que él mismo ha creado. Ya es una poderosa fuerza biológica, y si continúa destruyendo los recursos vitales que le brinda la Tierra sólo puede esperar catástrofes sociales para las próximas décadas”. Reclama el derecho al uso soberano de los recursos naturales del país, pero a su vez determina la obligación de la utilización racional de los mismos.

Crítico de la creciente sociedad de consumo que impulsan los medios de comunicación, denuncia la creación de un sistema social para el despilfarro masivo, en pos de un “hombre-niño, que nunca colma su apetencia. Vive atiborrado de falsas expectativas que lo conducen a la frustración, al inconformismo y la agresividad insensata”. Con perspicaz mirada, Perón concluye que de esa exacerbación consumista se desprende el aprecio por el “tener” y la “seguridad”.

Su pronta muerte y el golpe cívico-militar que se propuso acabar con la distribución del ingreso, la justicia social y la independencia económica, anestesiando a buena parte de la clase media y media alta con el terror y la plata dulce, le hicieron entrar a la Argentina en una carrera de retrocesos, que de exportar material ferroviario en los años 70 nos llevó a importar hasta tomates.

En última instancia, el Modelo Argentino para el Proyecto Nacional trasciende la categoría de mero vestigio histórico o de propuesta inconclusa. Es el manifiesto estratégico que, tras décadas de retrocesos sistémicos, interpela a la dirigencia nacional a reconstruir la capacidad estatal y la soberanía de la Nación, como única vía para la consolidación de un auténtico desarrollo integral que abarque lo económico, lo social y lo humano. Un desarrollo que, al exigir su permanencia en el tiempo, demanda la cristalización de consensos estratégicos que se eleven a la categoría de Políticas de Estado para desmantelar definitivamente la mirada ombliguista y cortoplacista de la política, y cerrar el ciclo pendular en el que nos encontramos atrapados como país.

29/07/2016

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