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Pertenezco a una generación que creció con lecturas iniciales de historietas. Muchas de las publicaciones eran nacionales, pero algunas venían del exterior. Las acercaba una editorial mexicana llamada Novaro, que inauguraba un trayecto de globalización de textos que hoy se encuentra en su expresión de máximo desarrollo.
Cuando uno compara aquellos relatos de hace más de cincuenta años con los de hoy, comprueba una diferencia sustancial: los actuales son menos ingenuos que los de antaño y se permiten miradas más ácidas que las de sus antecesores.
Sin embargo, algo continúa sin variación alguna: en ese cosmos ficticio, lo más extravagante no era que un superhéroe volara o tuviese cualquier otra habilidad sobrenatural. Lo verdaderamente insólito o difícil de digerir era que un multimillonario dedicara energías a combatir el delito.
Aunque no poseyeran poderes especiales eso hacían Bruce Wayne, cuando se calzaba su traje de hombre murciélago, u Oliver Queen, que en las noches empuñaba un arco y disparaba flechas verdolagas siempre certeras.
Los dos eran empresarios poderosos y quizás lo más verosímil y aceptable para nuestra experiencia era que sus fortunas no la habían amasado ellos, sino que les venía por herencia. Allí había un punto de conexión evidente con la realidad que conocemos.
Sin embargo, allí acababan los puntos en común. Porque nuestros ricachones, antes que perseguir criminales en actos de acrobacia extrema y arrojo temerario, prefieren consagrar sus desvelos a las competencias de bridge, los partidos de polo o el lucrativo ejercicio de fugar divisas. Cada quien se arriesga como mejor le parece.

El Batman solidario de Córdoba
Sin embargo, en Córdoba hay un Batman que los miércoles se dedica a visitar hospitales con regalos para los chicos. ¿Es acaso alguien forrado en plata? Uno sospecha que no, porque en su otra personalidad el hombre trabaja de albañil.
En realidad, no fue el primero. En La Plata hay otro enmascarado que cada semana visita el Hospital de Niños en su batimóvil para llevar útiles escolares y regalos a los niños internados. Su debut tuvo lugar un día de abril de 2013, aquella jornada fatídica en que una lluvia tremenda provocó la inundación que causaría decenas de muertos en la capital bonaerense. El Batman platense cuenta que la que lo ayuda es “gente de clase media, trabajadora, a la que no le sobra nada; no hay ninguna empresa que mande 70 televisores”.

Testimonio de reconocimiento al Batman de La Plata
¿Nunca un potentado va contribuir con un gesto, tan siquiera mínimo, no digamos ya a la distribución más justa de la riqueza sino a propiciar un instante de felicidad social que alcance a quienes no forman parte de su círculo privilegiado?
Según su propia declaración de bienes, durante el año pasado el ministro de Economía de la Nación registró un aumento patrimonial del 2.042%, lo que elevó su fortuna de 744.541.568 a más de quince mil millones de pesos.

Imágenes improbables de los ministros de Economía y Seguridad
Nadie en su sano juicio espera que Luis Caputo salga a vigilar las calles nocturnas colgado de las azoteas. Por otra parte, la misión de los superhéroes de historietas y películas suele empezar y acabar en la persecución de malhechores que han cometido delitos contra la propiedad privada. No forma parte de su ideario el combatir las causas profundas de las asimetrías y desigualdades sociales que, en ciertos casos, abonan el terreno en el que algún desesperado busca salvación. Lo verdaderamente significativo es que Caputo -al igual que tantos colegas suyos, partícipes del régimen que gobierna- carece de todo rasgo de sensibilidad social y capacidad de entendimiento de la situación en que viven muchos de sus compatriotas. En su ámbito, la única proeza que puede exhibir es la de haberse atrevido a cometer las mismas tropelías que lo hicieron célebre durante el gobierno macrista y que nos sumieron en compromisos económicos y financieros imposibles de solventar. Tal vez sus capacidades sobrehumanas consistan en la rocosidad de su rostro y la impenetrabilidad de su pellejo, al que no le entran las balas del cuestionamiento colectivo a su conducta unánimemente antipatriótica.
Todavía hay quienes ensayan la autojustificación de su propia candidez con la zoncera esa de que “es rico; éste no va a robar”. Ignoran (o eligen hacerlo) que una voracidad desmedida reside en las humanidades empobrecidas de estos sujetos, a los que la heroicidad les resulta una cualidad tan ajena.

Antes que combatir el crimen, Mauricio Macri -el azote de las reposeras-, prefiere compartir actividades lúdicas con su amigo Jonathan Kovalivker.
No hay supermanes con visión de rayos X que permitan descubrir a tiempo a tres muchachas a punto de ser víctimas de un atroz femicidio múltiple, pero tampoco hay responsables de la seguridad dispuestos a hacer otra cosa que apalear jubilados indefensos, que cobran sumas miserables con las que no pueden hacer frente a sus necesidades básicas. Mientras tanto, el delito federal del narcotráfico gana territorio en todo el país.
Tenemos un canciller que acusa una fortuna superior a los de 85 mil millones de pesos, pero eso no le da el coraje suficiente para identificarse con la causa de los desheredados de la tierra. En cambio, es uno más en las filas oficialistas que se alinean en la defensa del régimen responsable del genocidio palestino. Solo hasta allí le alcanza la valentía.
Por fuera del elenco oficial de funcionarios, el empresario Marcos Galperín lidera la lista de las personas más ricas de Argentina. Según la revista Forbes su fortuna es de aproximadamente 8.500 millones de dólares. ¿Acaso alguien se lo imagina defendiendo a capa y espada los intereses del país desde su refugio voluntario en Uruguay?
El negocio de la familia Kovalivker pasó de facturar $3.898 millones en 2024 a $108.299 millones en 2025 gracias a sus contratos con el Estado. Eso les permite a sus integrantes disfrutar de una vida fastuosa, con mansiones en Punta del Este y una flota de autos de altísima gama. Pero, hasta donde se sabe, los componentes de ese clan tampoco relucen por sus acciones arriesgadas en favor de la gente de a pie o por su vocación solidaria al servicio del bien común.
Otro acaudalado hombre de empresas como Eduardo Eurnekian tiene sus inversiones diversificadas en aeropuertos, medios de comunicación y demás negocios, los que le posibilitan disfrutar de un patrimonio que ronda los 3.500 millones de dólares. Resulta arduo imaginárselo como un adalid heroico al servicio de las mayorías cuando se sabe que fue el ex empleador y soporte de Javier Milei.
Una investigación del CEPA, Centro de Economía Política Argentina1, dio cuenta en su momento que durante la pandemia provocada por el COVID varios de los entramados empresariales conformados por las personas más ricas del país incrementaron sus patrimonios a través de estructuras piramidales utilizadas como mecanismo de ocultamiento y extranjerización.
El estudio consideró las actividades de las familias Coto, Braun, Pagani, Blaquier, Rocca y Bulgheroni, entre otras, que no se destacan por promover otros intereses que los propios. En cambio, no se les conocen acciones heroicas para desactivar o al menos morigerar la incesante desigualdad económica asociada con la concentración de los ingresos. Tampoco hay reportes acerca de que estos paladines de la justicia hayan bregado en pos de la promoción comunitaria y la integración de grupos sociales a los beneficios del Estado de Bienestar, pero sí son públicas sus conductas para favorecer la fuerte transnacionalización de las estructuras comerciales.

Algunos de los hombres más poderosos de la Argentina: Paolo Rocca, Eduardo Costantini, Marcos Galperín, Delfín Carballo y Eduardo Eurnekian.
¿Dónde están, entonces, los ejemplos que dan sustento a las historias de héroes ricos dispuestos al sacrificio personal con tal de facilitarle la vida al prójimo? Da la impresión de que en la Argentina será extraordinariamente difícil encontrarlos.
Una vez más conviene depositar las esperanzas en la clase trabajadora, confiando -eso sí- en que el fortalecimiento (necesario, imprescindible) de su conciencia social nos protegerá a futuro de lacras como las que hoy gobiernan y de miradas incautas que todavía crean que Bruce Wayne va a salvarnos.
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