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Leer esta obra de Axel Kicillof (Volver a Keynes, Siglo XXI. Bs. As., 2025) sorprende no tanto por su espíritu didáctico (ya exhibido con eficacia en sus anteriores "Siete Lecciones...") sino más bien porque sus páginas suscitan la grata sensación de asistir a un programa intelectual de originalidad infrecuente cuando se trata de descifrar los arcanos de una ciencia de suyo abstrusa como es la Economía.
Esto último era esperable atento el carácter científico que Kicillof siempre confiere a sus disertaciones y de lo cual es ejemplo precursor el recién citado "Siete Lecciones de Historia del Pensamiento Económico" (Eudeba, 1° ed. Bs. As., 2010).
En este "Volver a Keynes" (su tesis doctoral), el autor se desplaza a contramano del mainstreamen boga, y discurre por completo fuera de las gastadas teorizaciones de novedosos graduados en Economía, ya sea que éstos se autodefinan como austríacos, suecos o alemanes, ya como devotos de Adonai o acólitos de Beda el Venerable.
Keynes -explica Kicillof- operó una ruptura con la escuela clásicaa tono con los tiempos políticos y sociales que se vivían en Europa. El sistema total crujía y el capitalismo daba signos de fatiga, expresada en crisis recurrentes. Las soluciones "marshallianas" (por Alfred Marshall, ex profesor del propio Keynes) no daban en la tecla hasta que vino el ex discípulo a cometer el sacrilegio de dictaminar que la escuela clásica (la de su antiguo maestro) era incapaz de aportar soluciones para la crisis, sencillamente porque consistía en un sistema de conceptos aptos para lidiar con una época que ya no era la misma. La "Teoría General", de Keynes, data de 1936, y Kicillof cita de este modo a Hyman Minsky, economista inglés filokeynesiano: "Independientemente de que los economistas se llamaran a sí mismos conservadores, liberales o radicales, al parecer durante los años treinta todos llegaron a la misma desconsolada conclusión: con el capitalismo, las depresiones se producían y seguían su curso" (A.K.,Volver… p 23, cita al pie).
La Teoría General(la obra más típica de Keynes) lleva por título "Teoría General de la Ocupación, el Interés y el Dinero", pero se la conoce en el ámbito especializado sólo como "Teoría General", y es la expresión de "una crisis en la teoría económica ortodoxa en el marco de la más grande crisis del sistema capitalista" (Kicillof, Volver ...., p 25).
Keynes lo dice así: "(la doctrina clásica) había sido concebida para una etapa histórica que ya había concluido, «razón por la cual sus enseñanzas engañan y son desastrosas si intentamos aplicarlas a los hechos reales»" (AK, Volver..., p. 25).
El acierto de Keynes -y, con ello, la rabiosa impugnación conservadora de sus teorías- estriba en que acusa a la escuela clásica de utilizar conceptos teóricos anacrónicos, lo cual la obliga a echarle la culpa de todas las insuficiencias y resultados no queridos que se producen, a dos "fuerzas" que, con su accionar, impiden –así lo dicen- la operación plena y virtuosa de las leyes económicas automáticas del mercado: esas dos fuerzas eran, según los clásicos, el Estadoy los trabajadores, cómo no.
Y esto -decimos- parece valer para todas las épocas, no sólo para los años treinta del siglo XX. La culpa es del Estado, de los trabajadores, de los gobiernos anteriores o de un funcionario que, en vez de clausurar el Senado, convoca a sesión y hace subir el dólar. Pero como los dogmáticos a cargo de la economía del país parecen tener problemas con el pensamiento abstracto, no les entra en el magín que tal vez el origen de los desaguisados esté en el diagnóstico errado acerca de la etiología de la crisis: no es el "déficit fiscal" sino el patrón productivo que no permite acumular divisa fuerte.
Dijo Keynes: " ...El objeto final de nuestro análisis es descubrir lo que determina el volumen de la ocupación" ("Teoría General", 1936; en Volver a Keynes, A. Kicillof, op. cit. p. 242).
Sin embargo, previamente nos ha advertido Kicillof: " ...la contribución más importante de la Teoría General no se reduce al original "modelo" que propone para determinar el nivel de empleo ... sino que está contenida en otros dos aspectos: por un lado, su agudísima crítica a la economía clásica y, por el otro, la búsqueda de unos fundamentos teóricos distintos de los que ofrece la ortodoxia" (A.K., Volver..., p 29) (los destacados en bastardilla de este párrafo, pertenecen al doctor Kicillof).
En línea con lo anterior, el proyecto intelectual de Keynes, según el economista argentino, pivotea sobre esta aseveración: "la reforma del capitalismo tendría como protagonista al Estado" (Kicillof, Volver... p 28).
Es que, de lo que se trataba, era de suministrar al enfermo la medicación adecuada para sacarlo de un letargo que parecía premortem. Inflación y deflación hacían estragos en Europa y las crisis eran recurrentes. Hayek, Rothbard y otros anónimos de similar ralea, hacían silencio, pues no tenían la menor idea de cómo superar la crisis europea, que era lo que desvelaba a Keynes.
Esto debería bastar para comprender que sólo un sesgado irredimible o un politiquero tramposo que finge para causar temor, pueden suponer "comunismo" en la ideología de Keynes. En efecto, dice Kicillof: «El entusiasmo con el que los ricardianos y los marxistas de la década de 1950 en adelante (particularmente los norteamericanos encabezados por Paul Sweezy) recibieron la contribución de Keynes es difícil de explicar sobre la base de sus posiciones políticas. Confiesa Keynes en un discurso ante jóvenes liberales que pese a la simpatía que le inspiran algunas de sus propuestas, no forma parte del partido laborista debido a que "para empezar, es un partido de clase, y esa clase no es la mía. Si he de perseguir intereses sectoriales, perseguiré el mío propio. Cuando se llega a la lucha de clases como tal, mi patriotismo local y personal, como los de cualquier otro, excepto algunos entusiastas desagradables, está vinculado a mi propio ambiente. Puedo estar influido por lo que me parece justicia y buen sentido, pero la guerra de clases me encontrará del lado de la bourgeoisie educada" (Keynes, 1925, cit. por Kicillof, Volver ...., p. 29).
Lo cierto resulta también que la fecundidad de la investigación de Kicillof hace inevitable una reflexión que va más allá de la economía y que incluye, como este este caso, al derecho. No sólo aquélla se refiere a lo fenoménico de la economía capitalista; también éste puede hacerlo.
El aserto viene al caso por lo siguiente: las tres dimensiones sistémicas que se habían transformado definidamente en la época en que Keynes escribía, habían sido:
1.- la fisonomía de la clase empresaria
2.- el poder de la clase trabajadora
3.- el funcionamiento del sistema monetario mundial.
Los tres dictámenes que anteceden están tomados del ya citado "Siete Lecciones de Historia del Pensamiento Económico" (p. 258).
A nuestros fines, nos interesa ahora sólo el punto 1. Keynes observa la realidad de 1920 y Rudolf von Ihering escribía 20 años antes. Pero sus objetos de conocimiento “se tocaban” uno al otro. Veamos.
En su célebre polémica con Savigny sobre el concepto de posesión, éste sostenía que, para que quedara configurada esta institución, era menester la concurrencia de los dos clásicos elementos que hasta ese momento se enseñaban en las academias como constitutivos del instituto. Estos factores constitutivos eran el corpus(el cuerpo de la cosa poseída, su materialidad) y el animus(la intención o propósito subjetivo de poseerla como dueño). Ihering vendrá a leer la vida de otro modo, y dirá: alcanza con el corpus; o todo corpus hace presumir posesión, el animus no es necesario y, por lo demás, pertenece al ámbito de los estados mentales o las vivencias psíquicas. Hoy diríamos que tal "ánimo" es más un concepto del psicoanálisis que del derecho. Estaba hablando de derecho, Ihering, pero, en realidad, su discurso jurídico calzaba como un guante a la nueva realidad de las sociedades por acciones que empezaban a conformar la fisonomía más precisa del capitalismo concentrado en corporaciones, según lo expone Keynes en el citado punto 1. En estas corporaciones, ya no ocurre que el titular de la empresa es a la vez el dueño y el que la administra y dirige. Esto, ahora, es imposible, porque las corporaciones concentradas son monstruos inmanejables. Ahora hay un dueño, un staff gerencial y unos miles de "dueños" de acciones (y, por ende, de aportes de capital) que ignoran el giro diario de la empresa y sólo hacen valer la “posesión” de sus acciones al final de cada ejercicio que distribuya dividendos. Pero entonces, esta "acción" en poder del accionista anónimo es una materialidad de la cual su titular no puede prescindir porque es la que le permite ejercer su derecho: esa acción (ese título) es el corpus de su posesión y no importa cuál sea su intención ni la intención de miles y miles de personas en igual situación a la suya. El accionista es dueño de su acción porque tiene el corpusno porque tenga el animus. Éste es menos importante que aquél a los fines de determinar la posesión de la cosa. Es la teoría de Ihering: alcanza con el corpus para que haya posesión, y así, la litigiosidad referida a reclamos dinerarios basados en la posesión de acciones, disminuyó de una forma que con la teoría de Savigny jamás se habría logrado.
De lo mismo hablaba Keynes cuando advertía los cambios en la fisonomía de la clase empresaria y, consecuentemente, criticaba a la escuela clásica: no se dan cuenta, decía, que el mundo económico ha cambiado y ahora los dueños de las empresas pueden ser miles de personas anónimas que no se conocen entre sí pero son dueños en la medida del aporte de capital que hicieron al comprar su acción. Ambos, Keynes y Ihering, cada uno desde su disciplina, trabajaban a favor del capitalismo tratando de entender su funcionamiento y de regularlo para que se desempeñara cada día mejor. Escribieron con, poco más o menos, 20 años de diferencia.
En cuanto a ambos juristas, no se conocieron personalmente, de modo que la tal célebre "polémica" se libró medio virtualmente, si cabe. Ihering se dedicaba a refutar lo último que había leído de Savigny sobre el tema posesorio y éste, que se sepa, jamás le respondió. Un hombre raro este alemán de apellido francés, como sus antepasados del siglo XVII que habían huido de los campos de Lorena para evitar las hogueras inquisitoriales. Era más partidario de lo general que de lo particular en materia metodológica. Tiene dicho: "… Todo texto en una ley debe expresar una parte del todo ... cuando más individual es, cuanto más trata de encontrar una frase especial y cuanto menos aclara el texto en general, más rica es su contribución a la totalidad de la legislación”.
Una oda a la oscuridad de los textos, si cabe.
Y agrega: "El intérprete debe poseer el difícil arte de descubrir lo particular de cada texto, que sólo se puede sacar de él ..." (F.C. de Savigny: Metodología Jurídica; Depalma, Bs. As., 1951, p18).
De modo que volver a algunos capítulos de Keynes es un poco también volver a la "ciencia jurídica" de Ihering, o a lo que se considera su gran aporte científico en las escuelas de derecho de todo el orbe occidental. Pues su actividad jurídica tenía el efecto práctico de ordenar administrativamente un maremágnum ininteligible de títulos y acciones en virtud de los cuales muchos se decían dueños de un capital inasible y fragmentario. Los buenos abogados garantizan los buenos negocios: aforismo para todas las épocas.
Mientras tanto, el capital global no viene a conferirnos ninguna titularidad sobre acciones y dividendos. Vienen por la Argentina fallida rica en recursos y demasiado extensa y vacía como para seguir considerándola un país. Los libertarios, cuando hablan, a veces dicen, como los borrachos y los niños, la verdad: Reidel, la "mano derecha" hace poco renunciada, habló: el problema de la Argentina son los argentinos, dijo. No ha de haber nada más delictivo que el inconsciente de un libertario.
Y aunque sólo sea una apariencia, la realidad local abre sus picadas en otras espesuras. Argentina es un país de gentes esencialmente atolondradas, arrebatadas por la curiosa pasión de ser incesantemente argentinos (Borges dixit). Camino, todos los días, por las calles que recorrieron José Hernández, Sarmiento, Dorrego, Mitre, Roca, Avellaneda. Si es imposible -me digo- saber en qué consiste el "ser nacional" francés, inglés o alemán, ¿cuál será ese ser argentino? Hernández Arregui, Perón, Scalabrini, que hoy son polvo, creyeron que existía tal cosa. El portero de mi edificio, en tanto, compra una botella oscura de vino negro en el almacén de la esquina. Medio sin querer me lo tropiezo en la entrada y me mira como al desgano, y como sorprendido en falta, mostrándoseme con sus manos colmadas (Whitman) de vino: mi Presidente, musitó como provocando …
Y no dejaba de mirar la botella.
No es un tema para economistas ni para juristas. Es la "batalla cultural", que le dicen. ¿Quién la libra? ¿Con qué armas? ¿Con qué valores...?
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