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De ese día tengo algunos recuerdos: a la una del mediodía, cuando salía del Comedor Universitario que estaba en la primera cuadra de la Diagonal 9 de Julio, ya se sabía que el GENERAL había sufrido un paro.
Si bien las comunicaciones, medio siglo atrás, no eran las de estos días, la noticia se había extendido rápidamente a lo largo y ancho del territorio.
Y no podía ser de otro modo, se trataba del GENERAL.
Retomo. Salí del Comedor y comencé a bajar por avenida Argentina hacia el Departamento de Alumnos de la Universidad Nacional del Comahue, que estaba en la primera cuadra de la calle Juan B. Justo. No recuerdo bien a qué iba. Seguramente por algo relacionado con la media beca por residencia y comedor que tenía.
Llegando a la esquina de la Avenida y Juan B. Justo, veo en el medio de la calle, a una mujer gritando ¡MURIÓ PERÓN!
Y como por arte de magia, la esquina se convirtió en el escenario de gente que corría, lloraba, se abrazaba, se arrodillaba en el medio de la calle y rezaba.
Los vehículos hacían sonar sus bocinas; algunos habían colgado la bandera, otros la llevaban en sus manos.
Yo miraba desde la distancia. En silencio.
Recuerdo que me impactó la mujer, que, en medio de la calle, con los brazos alzados, gritaba "murió Perón". La conocía y nunca la imaginé así, tan sanguínea, tan visceral. Muchas veces hablé con ella. Era una mujer amorosa, dulce, tranquila. Trabajaba en el Departamento de Alumnos de la Universidad.
Cuando la esquina de la Avenida Argentina y Juan B. Justo comenzó a quedar vacía, recordé a mi abuelo. Un viejo cabrón, que primero fue socialista y luego comunista, aunque hoy yo lo definiría cómo un anarquista a carta cabal.
De joven no "simpatizó" con Perón. No le gustaba. Sin embargo, y ya en la recta final de su vida, se "reconcilió" con el General y me confesó su admiración. Una tarde lo describió arriba de un caballo blanco, imponente, gallardo.
Retomo el relato de cómo viví ese primero de julio de 1974 en Neuquén.
Había llegado al país y a la provincia hacía muy poco tiempo y desconocía todo. Así que pensando e impactado por lo que había visto en el centro, me encamine hacía la Residencia Universitaria que -en ese tiempo- quedaba lejísimos del centro de la ciudad.
Las Residencias Universitarias estaban en la calle Gobernador Anaya, en el barrio La Sirena, muy cerca de la desaparecida "Pilas Vidor”.
Ya en casa, los compañeros me explicaron qué era el peronismo y las razones de esas reacciones tan viscerales, tan sanguíneas, que un rato atrás había visto.
Este es el primero de los recuerdos que tengo de aquel primero de julio de 1974.
El otro tiene que ver con el duelo nacional.
Hubo varios días de duelo al que se plegaron prácticamente todos los sectores, entre ellos los trabajadores del Comedor Universitario.
El lugar donde almorzábamos y cenábamos, apagó sus hornallas. Cerró sus puertas, como casi todos los negocios de la ciudad. Por eso, quienes vivíamos en las Residencias Universitarias y comíamos en el Comedor, pasamos días de escasez y de hambre.
No había un negocio abierto donde comprar un pedazo de pan.
Pero por suerte estaba doña Leticia, que tenía una despensa cerquita de las Residencias: ella, por supuesto que se plegó al duelo, pero nos atendía por un costado del almacén y nos vendía provisiones. Hasta puchos sueltos.
Con el tiempo, golpe de estado mediante, doña Leticia jugó un rol importante en la vida de quienes pasamos por las Residencias de la Universidad pública y gratuita. Pero esa será otra historia.
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