-?
El problema del paganismo no era la multitud de dioses; era que esos dioses tomaban al ser humano por juguete de sus caprichos y, de ese modo, el hombre grecorromano no era libre. Pero la reacción antipagana que encarnó el cristianismo lo encerró en otra fantasía: la de suponerlo portador de una diminuta "chispa" de divinidad, a imagen y semejanza de su "creador". El caso es que esa alma, así deificada, ya no necesitará de nadie y de nada más que de sí misma -pues su nueva condición pseudodivina le permite esa autosuficiencia-; y, en el límite, ese nuevo ser humano podría, llegado el caso, mirar para otro lado cada vez que un hermano en Cristo vistiera harapos y clamara el mendrugo con su palma extendida hacia el cielo de Dios. Pues cada uno es responsable de sus actos. Cada uno es, un poco, Dios. El bien y el mal son elecciones personales.
Parece sentido común, pero es un constructo interesado.
La subjetividad, en línea con lo anterior, tampoco las tiene todas consigo. El origen del occidente europeo (que es el único origen que pueden pensar las derechas de la periferia) es Grecia, y para los griegos "las manifestaciones de la individualidad no son nunca exclusivamente subjetivas". El Yo se halla, para poetas como Arquíloco u Homero, y para estadistas como Pericles o Alcibíades, en íntima y viva conexión con la totalidad, y "totalidad", aquí, incluye a la naturaleza y a la sociedad. Sin la sociedad el individuo no existe o, mejor, no podría existir. Werner Jaeger lo dirá mejor: "... El individuo griego alcanza su libertad y la amplitud de movimientos de su conciencia, no mediante el simple desbordamiento de la subjetividad, sino mediante su propia objetivación espiritual ..." (W. J.; PAIDEIA. Los ideales de la cultura griega; FCE, México, 1° ed., 1942, p. 119). Y esta objetivación-decimos nosotros- no tendrá lugar como autoconciencia ni en la recóndita interioridad del individuo, sino en el contexto de la sociedad a la que él pertenece y que hace posible esa objetivación; por caso, el arte.
Pero esto es así para los griegos. El cristiano concepto de persona con valor intrínseco en tanto tal, en cambio, fue el paso previo de una larga marcha que permitió la diferencia tajante con un otro al que se llamó "prójimo" y al que se hizo objeto de un cariño abstracto para luego continuar subordinando su entidad secundaria al primario interés de "mi" relación con Dios y de mi buen resultado en los menos espirituales trueques cotidianos. Convertido el otro en mera presencia semimuerta, los siglos posteriores, en una marcha llena de requiebros y confusiones, culminarían en "la ética protestante y el espíritu del capitalismo". Pero para eso era necesario que, primero, hubiera un Yo único y exclusivo por su semejanza divina prefigurada en un "alma", que lo hacía autosuficiente como para desentenderse de la sociedad humana que siempre encadena a sus miembros a códigos comunitarios que lo privan de "libertad".
Pero, por lo que llevamos dicho, el individuo y la "libertad", si se los piensa como absolutos, no existen más que como concepto, es decir, no son objetos empíricos sino inteligibles. Como los unicornios o las sirenas, su existencia en la naturaleza es una ensoñación de la literatura o de la "escuela austríaca", ese inefable lote de lúmpenes llamados, ora Hayek, ora Rothbard, hoy famosos por haber fracasado a la hora de encontrar soluciones para la reconstrucción europea en la segunda posguerra.
Afortunadamente, había un Keynes por ahí.
Parte sustantiva de la libertad que buscan mequetrefes de similar calaña espiritual, es la libertad del patrón para despedir sin causa y sin pagar indemnización. Encubren tal designio en un torrente caudaloso de palabras que dan por supuesto lo que deberían demostrar y llaman con un nombre a lo que tiene otro.
El señor Rapallini recitó recientemente su parte del catecismo de los industriales en tono y estilo que admiraría el mismísimo conde de Saint Simon: “No nos preocupa -dijo- competir, pero se tienen que hacer urgentemente todos los cambios a nivel fiscal, laboral y de infraestructura, porque venimos hablando desde hace tiempo del costo argentino, que son todas las distorsiones que fuimos acumulando. Cuando uno está en una economía más cerrada, en la que se sostiene el crecimiento y la demanda a través del gasto público, la inflación hace que la corrección sea para adelante. Eso es cierto. Subió algo, lo pongo en el precio. Todos jugamos ese juego durante un tiempo porque no había otra”, confesó el industrioso dirigente. (Ver en diario La Nación, nota del 20/06/25).
Más claro, agua. La inflación no es un fenómeno meteorológico, la causamos nosotros. Y hacen falta "cambios a nivel laboral" porque hay "costo argentino". Pero el costo dinamarqués no sería menor. Allí, si la empresa echa, la empresa paga, mucho o poco, pero paga. Aquí, quieren que sea el propio obrero el que solvente su despido. Que cobre unos mangos menos por mes de modo que ese sobrante vaya a engrosar un "fondo de cese laboral" para que, cuando le llegue la intemperie, la empresa no tenga que gastar un centavo. "Sturze" y Rapallini, van juntos ahí.
El argumento de los empresarios, repetido hasta la hartura por los medios, está basado en un gran malentendido que hasta a los propios griegos, inventores de la democracia y la libertad, les parecería un disparate: que la producción de riqueza en una comunidad debe depender siempre de la iniciativa individual y nunca de la comunidad. Eso es más y peor que un equívoco: es una ideologización interesada. Milei ha solido decir que la moral judeocristiana está en el origen del capitalismo, y eso es cierto. Pero que sea cierto no aquilata en su favor la calidad de mérito o virtud, pues fue más bien una desgracia que padeció la humanidad. El sentimiento judeocristiano del Yo es completamente antinatural, pernicioso y contrario a cualquier atisbo de razonable eficacia para organizar los asuntos humanos con alguna perspectiva de felicidad. El sentimiento judeocristiano del Yo culmina en el egoísmo más desenfrenado. El axioma Tú vales más que tus actos, no sólo es un disparate conceptual sino que encamina las cosas humanas hacia un solipsismo antisocial para el cual la comunidad misma en la que vive el individuo carece hasta de objetividad y sólo es una ilusoria fantasmagoría de los sentidos.
Aplicar estos desarrollos y los anteriores a la refutación del señor Rapallini sería gastar pólvora en piezas que pueden cazarse por medios no violentos, sobre todo con lo cara que está la pólvora. Pero sirven para ilustrar un poco la torpe ignorancia de contadores públicos metidos a librar "batallas culturales".
Se trata, más bien, de desnudar la falacia argumental que parlotean, con la obstinación del loro barranquero, unos badulaques que vinieron a descubrir los beneficios de la libertad para nosotros, para nuestra posteridad, y para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino como anunciadores de una copiosa "lluvia de inversiones", que la inocencia les valga.
Cuando se vive en sociedad, lo único que hay a disposición de todos es una módica libertad, y eso no es ninguna tragedia. Hay cosas que en el palier del edificio no se pueden hacer. Nadie muere de eso. Se muere de otras cosas.
Salvo que hayan venido a garantizar la libertad de los ricos de hacerse más ricos disminuyendo el "costo argentino". Moraleja: no repitas demasiado viva la libertad, caramba ... Antes de hablar mirá para atrás, boludo.
Va con firma | 2016 | Todos los derechos reservados
Director: Héctor Mauriño |
Neuquén, Argentina |Propiedad Intelectual: En trámite