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Hace 15 años, a mediados del año 2010, cuatro economistas (Philippe Askenazi, Thomas Coutrot, André Orléans y Henry Sterdyniak) publicaron en Francia un trabajo que titularon “Manifiesto de Economistas Aterrados”. Para setiembre de 2010 otros 700 colegas se habían sumado y, para febrero de 2011, cuando se publicó en España, ya eran 3.095 los economistas y profesionales afines de distintos países europeos que lo habían firmado.
Estaban aterrados porque “en Europa… los Estados, bajo presión de las instituciones internacionales y de las agencias de calificación, aplican con renovados bríos unos programas de reforma y de ajustes estructurales que ya demostraron en el pasado su capacidad de incrementar la inestabilidad y las desigualdades. Estas medidas van a agravar aún más la crisis europea”. Y afirmaban que “no se resignan a aceptar la consagración de la ortodoxia neoliberal y consideran necesario cambiar el paradigma dominante en las políticas económicas en Europa”. Y agregan un concepto que, a pesar de ser obvio, conviene siempre recalcar: “Los economistas tienen que asumir sus responsabilidades ante la sociedad”.
En la Argentina no despertó mayor atención porque se vivía el segundo gobierno de Cristina Fernández de Kirchner y se había salido bien de la crisis mundial del 2008. Ese año el PBI creció el 10.1% y la inflación era del 10,9% anual (0,86% mensual), mientras que la desocupación, al fin de año, era del 7,9%. El problema del neoliberalismo que aterrorizaba a los economistas europeos, luego del fracaso de Menem y De la Rúa, parecía totalmente lejano y ajeno
Los economistas manifestaron terror al neoliberalismo, convertido en la ideología del capitalismo financiero dominante, que parte del supuesto de que la sociedad está formada por agentes económicos individualistas, en competencia los unos con los otros, y donde cada uno de ellos cuenta absolutamente toda la información necesaria para tomar las decisiones. Con este supuesto, y aplicando la ley de la oferta y la demanda, pretenden demostrar matemáticamente que los mercados totalmente liberados, sin interferencia externa, conducen al crecimiento y al equilibrio económico óptimo: si el precio de un bien sube, se incrementa la oferta del mismo, por lo que el precio vuelve a bajar; en cambio, si bajara, lo que aumenta son las cantidades demandadas, por lo que el precio tiende a subir hasta su nivel de equilibrio.
Consideraban que este criterio se ha extendido al mercado financiero, que la competencia financiera internacional “genera precios justos que constituyen señales fiables para los inversores y orientan eficazmente el desarrollo económico”. Sin embargo, en las finanzas no es así: la suba de precios genera mayor demanda, porque sube la cantidad de inversores que quieren aprovechar la bonanza y se van agregando nuevos especuladores que hace a una elevación de los precios excesiva e irracional: es la burbuja financiera. Cuando estalla, la baja de precios no hace incrementar a la demanda sino todo lo contrario, todo el mundo quiere irse, desprenderse de esos activos antes que bajen más, lo que origina enormes pérdidas financieras. El mercado financiero en sí es desestabilizador, lo que hace que las sucesivas crisis sean inevitables.
Los economistas estaban aterrados porque las autoridades europeas y el G-20 seguían con el mismo criterio de eficiencia anterior, que la crisis sería un efecto de la falta de honradez y la irresponsabilidad de algunos agentes financieros mal controlados por los poderes públicos y no el resultado inevitable de la inestabilidad propia de los mercados financieros desregulados. No entendían que “la integración financiera ha llevado a las finanzas al cenit de su poder por haber unificado y centralizado la propiedad capitalista a escala mundial” y que, frente a ello tanto los ciudadanos (en particular los asalariados) y el poder político están en situación de inferioridad.
Estaban aterrados porque las autoridades no planteaban el control y regulación del movimiento de capitales ni el gravar impositivamente a las transacciones financieras. Quienes suscribían el manifiesto estaban convencidos que para superar el déficit fiscal se debía crear o aumentar los impuestos a las rentas altas y a los patrimonios elevados y no ajustar el gasto público y social, ya que la reducción del gasto social (objeto del neoliberalismo) afecta la cohesión social mientras que la reducción del gasto en general impediría el crecimiento; los ingresos fiscales caerían y las cuentas públicas apenas mejorarían.
Proponían una auténtica coordinación de las políticas macroeconómicas y una reducción concertada de los déficits comerciales entre los países europeos. Proponían que, si fuera necesario, se procediera a reestructurar la deuda pública, limitando los servicios a un porciento del PBI; reducir la tasa de interés, modificar los plazos de vencimiento e, inclusive, conceder anulaciones parciales o totales (como hizo la Argentina para salir de la profunda crisis del 2001, podríamos agregar nosotros).
Los economistas estaban aterrados porque el sueño socialdemócrata de una Europa que continuara el modelo social de la posguerra (protección social, servicios públicos y políticas industriales) dio lugar a una Europa liberal, cuyo objetivo es adaptar las sociedades europeas a las exigencias de la globalización.
Creían que era la ocasión de cuestionar el modelo social europeo y a la desregulación de la economía.
Los años siguientes dieron la razón a los economistas aterrados. Aumentó la concentración de la riqueza y no se superó el estancamiento económico y social europeo, mientras que la Unión Europea (UE) fue perdiendo protagonismo a escala mundial. La ideología neoliberal fue cediendo lugar a una extrema derecha nacionalista, xenófoba y elitista.
El manifiesto inicia sus conclusiones con estas palabras: “La doctrina neoliberal, que descansa en la hipótesis indefendible de la eficacia de los mercados financieros, tiene que ser abandonada… Sólo así podrá el proyecto de construcción europea esperar la recuperación de una legitimidad popular y democrática de la que hoy día carece”.
Argentina actual está peor que Europa del 2010, ya que al ajuste estructural con desregulación de la economía y al sometimiento a la especulación financiera y al endeudamiento externo, se suma el desprecio por la situación social de las mayorías y por la financiación de loa enseñanza universitaria, la investigación y la cultura en general. El pueblo todo, y no solo los economistas o los intelectuales, debería estar aterrado con esta realidad
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