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Columnistas
22/06/2025

Hace más de 11 años

Hace más de 11 años | VA CON FIRMA. Un plus sobre la información.
(Ilustración: gentileza).

La autora de esta nota recupera un texto en el que cuestiona que sigamos “pensando de la misma manera”, mediante “análisis que hemos aprendido leyendo diarios, mirando tele o discutiendo con amigos en el bar de la esquina”, y “sin poder abordar cambios de un tiempo que nos arrebata y nos supera”

Lucrecia Casemajor

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Leí en la contratapa del diario catalán ARA.cat, las reflexiones de Salvador Cardús1, bajo el título: “Todos somos fotos movidas”, y escribí estas reflexiones que siguen vigentes.

Cardús comienza diciendo: “Seguimos pensando los cambios políticos actuales, los de nuestro país, pero también los del resto del mundo, según lógicas viejas, antiguas. Sostengo entonces, que es imposible analizar los cambios que ahora vemos, como habíamos aprendido a hacerlo, y que estos cambios no señalan de ninguna manera un futuro equilibrio sino las tensiones propias del momento que estamos viviendo. Además, no sabemos a qué nuevos escenarios darán lugar. Con reglas y culturas políticas antiguas, los partidos y las instituciones democráticas deben hacer frente a nuevos desafíos para los que no están preparados. Y a los que nos dedicamos a analizar según nos vemos obligados a recorrer complejas teorías conspirativas para dar sentido a lo que no dejan de ser gesticulaciones en una niebla de confusión general”.

Me preguntaba si en este momento del nosotros, como argentinos –y tal como lo dice este periodista–, no podríamos reproducir esta introducción en cualquiera de nuestros diarios mentales y escritos. Jactanciosos al extremo de creernos portadores de verdades sin freno y de una capacidad de análisis que hemos aprendido leyendo diarios, mirando tele o discutiendo con los amigos en el bar de la esquina, seguimos pensando de la misma antigua manera, sumergidos en un mismo siempre, sin poder abordar cambios de un tiempo que nos arrebata y nos supera.

Como si fuera poco, también nos vemos compulsados a analizar las teorías que se nos imponen en la búsqueda de un sentido que se esconde muy por detrás nuestro y muy por fuera de las “gesticulaciones en la niebla de la confusión general”. Nadando así en la nada de sentido, nos vamos moviendo por las redes amparados singularmente en el eufemismo del “como si” que tanto arraigo tiene aún entre nosotros. “Como si” pudiéramos estar en una suerte de ensayo general antes de la presentación triunfal. “Como si” fuera posible presentarnos a nosotros mismos como acreedores de un éxito que se nos escapa y desliza mientras nosotros, en vez de ser actores, somos eternos espectadores en espera de la magia que no nos termina de llegar.

Convertirnos es muy costoso. Pasar de la comodidad de quien sólo mira y opina livianamente desde afuera a ser actores y protagonistas en un escenario lleno de incertidumbre no es para cualquiera. Son muchas las cosas que hay que dejar. Y muchas más las respuestas que afrontar ante las nuevas preguntas que aún no somos capaces de formularnos.

Se podría dejar la indiferencia ante el prójimo con el que me igualo cuando se inunda el barco en el que viajamos. Sólo ahí, en el reconocimiento del estado de una misma necesidad, empezamos a alejarnos de nuestro ombligo. Hablar de todosno es un discurso que se mide con las palabras de una falsa justicia en el decir. Cuando hablamos de todoshay que sentir el todosen la boca del estómago, porque el hambre duele justo ahí. Y si uno sólo pasa hambre, todos somos responsables.

Se podría dejar la necesidad de la adrenalina permanente que nos permite describirnos como pasionales, transgresores, revolucionarios y rebeldes. Con esa adrenalina construimos otro mito actual que es el de la espontaneidad. Suponemos que ser espontáneo es escaparse de los límites de cualquier determinación social y que eso nos hace auténticos y verdaderos, libres y certeros. Pero eso está bueno para los adolescentes. Ellos no saben lo que quieren, pero lo quieren todo ya.

Podríamos abandonar la cara antinomia de los extremos en los que nos movemos y a los que pretendemos como nuestra más alta e indeclinable razón de ser. Cuando nos hacemos grandes, aprendemos que vivir no es andar entre los grises del blanco y negro, sino en las altísimas gamas de una paleta de colores infinita que aún nos cuesta mirar más que para pintar las paredes o combinar nuestra ropa.

Se podría empezar a confiar en el sentir del otro simplemente porque no podemos entrar sin permiso en la sensibilidad vital de las personas porque es violarla y porque cada uno necesita ejercer su libertad en la responsabilidad que le compete, según sus elecciones.

Podemos dejar los sueños personales para construir los sueños comunitarios y sociales, esos que nos muestran horizontes de dignidad y grandeza para ese todosque decimos y tanto nos cuesta asumir como pueblo. Hay que dejar de ser sólo una parte, para encontrarnos en el todo. Es justo y necesario ubicarnos en la unidad del conjunto, en el camino aún no transitado. Es bueno y diferente cuando en la mano del otro que se extiende, no sólo vemos que se acerca para pedir algo, sino alguien con quien es posible caminar juntos.

Nuestros pueblos han optado por la democracia hace ya varios años y es necesaria la reflexión que sabe someter los impulsos para dotar de razones las necesidades que hacen al bien común en todas sus partes. Eso es empezar a construir una democracia con ganas de ser adulta.

Y nuestra democracia, tan hablada y maltratada, esta que sin duda queremos construir tan apasionadamente, tiene en su base el ser instrumento de virtudes y principios esenciales para todos. Son virtudes democráticas las que ponen límites a las reacciones primarias y por eso mismo protegen la diversidad en todas sus formas y neutralizan la tentación de hacer justicia por mano propia.

La democracia nos permite muchas cosas. Podemos dejar de opinar todológicamente–sin conocimiento cierto de las situaciones y los problemas profundos que afectan a las personas– para empezar a ejercer el principio democrático que a todos nos iguala: nadie es culpable hasta que se demuestre lo contrario. Podemos empezar a valorar la vida propia y ajena desde la certeza de que cada vida es perfecta y necesaria. Podemos dejar de meter a todos en la misma bolsa de las generalizaciones espontáneas, para no condenar a muchos por los males que suelen ser de pocos. Podemos dar a cada ser la posibilidad de ser alguien luego de pagar sus condenas. Podemos entablar diálogos fecundos entre quienes se pretenden adversarios. Podemos dejar los caminos paralelos y empezar a transitar los caminos que se someten a la red de los encuentros.

Finalmente, podemos darnos a los límites de nuestra espontaneidad instintiva para pasar a la construcción de un cambio que nos pide una valentía especialmente puesta en la esperanza de horizontes aparentemente desconocidos, pero asentados sobre la convicción de nuestros valores y virtudes ancestrales, que seguramente llevamos puestos como pueblo que reconoce su propia historia.

Viendo los profundos cimientos que otros cavaron donando su vida, seamos capaces de levantarnos sobre la roca firme de esa manera de amar que nos contiene a todos.


 

Lucrecia Casemajor

Fecha del texto original:10 de mayo de 2014.

 

1Doctor en ciencias económicas, profesor de sociología y periodista. https://es.ara.cat/firmes/salvador-cardus-2/

29/07/2016

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