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15/06/2025

El hommo commodus

El hommo commodus | VA CON FIRMA. Un plus sobre la información.

La democracia supone que el pueblo se preocupa y participa del debate público y que, finalmente, vota, para hacer valer su opinión. Si no hay participación no hay democracia.

Humberto Zambon

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De las elecciones provinciales realizadas este año surge, como dato común, la poca participación popular: casi la mitad de los ciudadanos se abstuvo de votar. No pasa solo en Argentina; en Italia, en el reciente plebiscito, las reformas en favor de inmigrantes y trabajadores promovidas por los sindicatos y la izquierda política no triunfaron porque no lograron que concurrieran a votar al menos la mitad de los electores. Es decir, más de la mitad de los ciudadanos entendió que la situación, incluso angustiante para algunos inmigrantes y trabajadores, no justificaba el leve esfuerzo de ir a votar; de alterar, en un mínimo aspecto, su comodidad dominical. Pareciera que el hommo commodus ha reemplazado al Hommo sapiens.

El viejo dicho español (apto para el invierno) “ande yo caliente/y que se ría la gente”, que correctamente enseñaba que no debe importar el “que dirán” de la gente, parece reemplazado por “ande yo caliente/y que reviente la gente”, monumento al egoísmo individual.

Se condice con la despreocupación con que muchos ciudadanos observan a aquellas familias condenadas por el sistema a una situación de calle, o la indiferencia con que se informan del dolor que sufren los pueblos azotados por la guerra, de la situación de los palestinos en la Franja de Gaza o de la vergonzosa persecución político-judicial y mediática contra la ex presidenta de la Nación.

Coincide con el homo económicus supuesto por la teoría económica neoliberal, a la que adhiere el gobierno actual, que considera al ser humano es como un ser individualista, competitivo y profundamente egoísta.

El ser humano egoísta es, lamentablemente, una idea muy extendida en la civilización occidental; por ejemplo, Thomas Hobbes lo asumió tomando un antiguo proverbio romano: “el hombre es lobo del hombre”, o biólogos, como Thomas Huxley, que han sostenido que la base humana es egoísta y asocial al que se la ha agregado una débil “capa” cultural (que se corresponde con el dicho: “arañen a un altruista y sangrará un hipócrita”).

Sin embargo, esa idea no se condice con la naturaleza de los mamíferos, que somos animales esencialmente sociales; ni la de los Homo sapiens, en particular, que conformamos una especie naturalmente gregaria y cooperativa. Y también se contradice con su desarrollo cultural: basta con pensar en el importante papel que cumple la idea del prójimo en el cristianismo, que tiene su equivalente en las demás religiones, o el concepto de fraternidad, propio de la modernidad.

Con el Hommo commodus la democracia no puede funcionar.

La organización y gobierno de la sociedad requiere un fundamento que la justifique y legalice. En su origen fueron los dioses quienes los designaban y respaldaban a la autoridad, situación que duró hasta hace muy poco tiempo, con las monarquías por derecho divino; inclusive el faraón egipcio tenía rango de dios. Con la modernidad, la soberanía bajó de los dioses a los hombres y, para el liberalismo, estos cedieron algo del poder con el fin de mantener sus derechos inalienables, en particular el derecho a la propiedad. Luego vino Rousseau y la idea de la democracia, es decir, el principio de que la soberanía reside en el pueblo y se manifiesta mediante el voto de la mayoría, que es la que decide y que conforma nuestra cultura política actual.

Pero la democracia supone que el pueblo se preocupa y participa del debate público y que, finalmente, vota, para hacer valer su opinión. Si no hay participación no hay democracia.

Para el hommo commodus el gobierno ideal no es la democracia sino el dictador eficiente, ejecutivo, que espera que gaste poco, que evite molestias, como son las manifestaciones públicas, cortes de calle, huelgas o piquetes y, fundamentalmente, que garantice sus privilegios, tanto individuales como de clase.

No es un fenómeno muy nuevo. Se dio en los años ’60 del siglo pasado con lo que denominábamos el “masismo” como ideología (“ma si…, total a mi no me toca”) o en los ’70 con “el algo habrán hecho…” que justificaba el mirar para otro lado. Lo nuevo parece ser el aspecto cuantitativo, ya que el hommo commodus puede llegar a ser mayoritario, lo que nos remitiría a un fenómeno similar, el del fascismo europeo de las tercera y cuarta décadas del siglo pasado, luego de la primera guerra y con las crisis económicas encima, que trajo el descreimiento de la democracia y el apoyo de las clases sociales media y alta a las dictaduras “eficientes”.

Sobre las consecuencias de las dictaduras “eficientes” conviene recordar las palabras del pastor protestante Martin Niemüller (que fuera popularizadas por el dramaturgo Bertolt Brecht): “Cuando los nazis vinieron a buscar a los comunistas, no dije nada, yo no era comunista. Cuando vinieron por los socialistas y los sindicalistas, no dije nada, pues no era ni lo uno ni lo otro. Cuando vinieron por los judíos, no dije nada, pues yo no era judío.
Cuando vinieron a por mí, para ese momento ya no quedaba nadie que pudiera hablar por mí".

Sería muy triste suponer que el hommo commodus es la culminación de la evolución y que es lo que resulta de la superación de la racionalidad del hommo sapiens que, con sus luces y sombras, ha logrado desarrollar la civilización actual, donde la democracia participativa ocupa un lugar central. Se trataría de una verdadera involución. Es mejor creer que es sólo una anomalía, como fue el primer fascismo, un resabio derivado de la decadencia de una forma de organización social, un costo del parto de una sociedad nueva, organizada en función y con respeto al carácter solidario y cooperativo del ser humano.

29/07/2016

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