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Definición. En Argentina, se considera persona en situación de calle a quien habita en la calle o en espacios públicos en forma transitoria o permanente. No importa su condición social, género, edad, origen étnico, nacionalidad, situación migratoria, religión, estado de salud o cualquier otra condición.
La IA agrega múltiples causas en el origen de esta condición de marginalidad social. La mayoría gente joven o de mediana edad, más frecuentes los hombres que las mujeres, personas de origen étnico minoritario, pobres, desempleados, falta de acceso a oportunidades educativas, problemas de salud mental, abuso de sustancias, etc.
La calle es un buen lugar para transitar, para andar compartiendo una marcha de reivindicación, pero es muy mala compañera para aquellos que sin techo pernoctan en umbrales al aire libre o en recintos donde existen cajeros automáticos o en los zaguanes que se dejan en los edificios.
Hace pocos días una vecina de Neuquén comentó ilustrado con una foto donde se ve una persona que dormía en el suelo de una vereda de la ciudad y diciendo que habría que erradicar a esa “gentuza” que nos amenaza con robarnos o hacernos daño.
Una manera poco eficaz seguramente para solucionar el problema de la pobreza. Quien no imagina porqué se ha producido un significativo incremento de personas en situación de calle, no puede afirmar que existe alguien a quien voluntariamente le viene bien vivir en la calle a cielo abierto.
La gente que vive en la calle lo hace sobreviviendo a su propia precariedad socioeconómica frente a la notoria insensibilidad de personas como Milei o su ministra de Capital Humano, Pettovello. No es “gentuza” ni en sus devaneos tiene pensado asaltar a nadie, la mayor parte de las veces. Su objetivo es una entrega a la sobrevivencia a cualquier costo aun al costo de la desmemoria de porqué se encuentra allí. Asustarse porque esa gente se sobrepone a su pobreza absoluta significa desentenderse de las razones por las cuales llegó a tan grave situación.
Hubo épocas en que ese rodar por la vida, como diría la letra de un tango, fue un estigma mucho más degradante que el que vivimos hoy. En vísperas del torneo mundial de fútbol de 1978, jugado en la Argentina, los que estaban en situación de calle, eran capturados por grupos de tareas y trasladados con destino incierto lejos de la vista de los vecinos, que eran sus próximos humanos que, como hoy también pensaban, eran indeseables. Y lejos de la mirada de los visitantes extranjeros que venían a nuestro país en calidad de turistas a presenciar los partidos del Mundial. Es que la dictadura de entonces se esmeraba por las apariencias y quien vivía en condición de calle según su criterio afeaba el panorama ilusorio de un país próspero, que ellos pretendían ofrecer.
Por lo tanto debería haber otro modo de considerar y de tratar a esas personas que con el calificativo de gentuza usado por la vecina.
Además si la dictadura obró como lo hizo seguramente habrá otra forma más humana de considerar el problema toda vez que la crisis palpable para todos, que no es un recuerdo lejano, es de una magnitud que por poco no nos alcanza a los que dormimos abrigados bajo techo. De modo que optar por una voluntad más civilizada frente al problema vendría a configurar un curarnos en salud al actuar más humanamente.
No habría que olvidar que las Escrituras Sagradas hablan del Buen Samaritano que se detuvo ante un hombre golpeado y tirado en el suelo, despojado de sus bienes y llama hermano al que sufre o vive en la marginalidad y le ofrece la ayuda comprensiva que merece.
Ello configura un necesario acto de amor.
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