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Columnistas
13/04/2025

Algo más que un culebrón arancelario

Algo más que un culebrón arancelario | VA CON FIRMA. Un plus sobre la información.

Trump asegura que está persiguiendo el bien de su país, pero en realidad persigue el mal de China. Su estrategia está orientada por una semicerteza: la guerra con China, con motivo de Taiwán, reverbera en el horizonte.

Juan Chaneton *

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Trump se está equivocando y China ha decidido no interrumpirlo, aunque lo que está ocurriendo en el mundo sea bastante más complejo que eso.

Se insinúa ya una dificultad creciente de la globalización para seguir siendo lo que es. Habrá un conato de repliegue sobre sí mismos de los Estados nacionales. Pero esto ya era tendencia desde antes de la pandemia. El acto reflejo de las empresas será levantar o suprimir las cadenas multinacionales de valor y el Estado tenderá a controlarlas en aspectos como los stocks para situaciones de contingencia. Serán nuevos incentivos para que la tendencia a la baja de la tasa de ganancia se dispare. Pero una nueva oleada globalizadora, en clave multipolar, seguirá adelante hasta agotar el proceso de universalización de la forma mercancía y, de ese modo, contrarrestará aquel descenso de la rentabilidad. Todo ello es tendencia a ocurrir en el “corto plazo” chino: medio siglo.

Algo como lo dicho en el párrafo anterior decíamos hace cinco años. (p. 327 y sgtes. en este enlace. En cuanto a "suprimir las cadenas multinacionales de valor", esto es lo que Trump les está exigiendo a las empresas que se quejan de los aranceles. Les ha dicho que si "traen sus fábricas aquí", los aranceles dejarán de existir. Y lo del presidente norteamericano es más que un repliegue: es casi una opción por el aislamiento y la protección, lugar desde el cual ha descerrajado sus obuses tarifarios. Acerca de si esto será perjudicial o no para los propios Estados Unidos, se podría conjeturar que la interrupción de las cadenas de suministros (radicadas fronteras afuera, adonde fue el capital en busca de reducir costos), tendrá efectos recesivos, es decir, habrá escasez de bienes, lo cual presionaría sobre los precios.

Todo lo demás en la cita anterior, es terreno de la Historia, es decir terreno que no veremos y que nunca pisaremos. Pero lo que está ocurriendo se veía venir. La contradicción principal podrá ser hegemonismo vs. multipolaridad; pero la fundamental, la que está en la base de todo, es seguir globalizando o desglobalizar.

Pero en este tema referido a la globalización, es preciso identificar de entrada las posiciones de uno y otro "bando", esto es, el de los globalizadores y el de los que pretenden detener este proceso sedicentemente dañino.

Así, es común escuchar o leer que Donald Trump está procediendo a los ponchazos y sin ninguna estrategia o mirada de largo plazo en lo que respecta a la guerra de aranceles que le ha declarado a la mayor parte del mundo.

La globalización es, simplificando un poco, la extensión de las relaciones capitalistas de producción a todo el orbe. Y hoy nos hallamos frente un acto de voluntad de un actor global que, mediante ese acto de voluntad, pretende interrumpir lo que es una dinámica objetiva de tipo sistémico, es decir, estructural, y este tipo de dinámicas son reacias a dejarse dirigir por la voluntad de los individuos.

Pero conviene advertir, desde ahora, que ese acto de voluntad del presidente de los EE.UU. no es mero capricho sin estrategia, pese a lo cual, semejante esfuerzo debería estar, presumiblemente, condenado al fracaso. Si va a fracasar, lo hará por sus razones, pero no porque carezca de estrategia. Por ello, si se lo quiere combatir, primero hay que entenderlo. Veamos.

El 2/4/25, Trump anunció un nuevo paquete de tarifas dirigidas a mejorar la balanza comercial y a fortalecer la industria local. Y las reacciones de todos los actores involucrados fueron mayoritariamente negativas.

La objetiva realidad de los hechos muestra estas realidades:

El déficit comercial de EE.UU. creció en los últimos 40 años, aproximadamente en más de un billón de dólares.

Durante el mismo lapso, la deuda nacional estadounidense anduvo cerca del billón más ochocientos mil millones de esa moneda -en el año 1985- creciendo hacia los 35 billones y medio en 2024. Formalmente, Estados Unidos debe el equivalente a un PBI propio más un cuarto.

Además, el déficit presupuestario crece año a año, y es financiado por compradores extranjeros de bonos de deuda norteamericana, entre los cuales Japón ocupa un lugar importante junto con... China.

Paralelamente, las economías del mundo, en los últimos tiempos, han venido levantando barreras comerciales contra los productos estadounidenses. Eso dice Trump y le asiste la razón en eso. Ya se trate de regulaciones fitosanitarias, como de subsidios estatales, unas y otros funcionaron siempre como un proteccionismo oculto: a países como Japón y China les cuesta menos entrar al mercado de EE.UU., que a éste penetrar en aquéllos. Es como si en esta dinámica global EE.UU. hubiera sido la economía más abierta del mundo sin reciprocidad por parte de los beneficiarios de esa apertura.

La corriente mayoritaria de los economistas, destaca permanentemente el relativo éxito de la economía estadounidense: producto per cápita creciendo de 10 mil a 80 mil dólares en los últimos cinco años. Pero esta saludable situación ha sido parcialmente financiada mediante deuda. El déficit es crónico tanto en el presupuesto como en la balanza comercial y fue cubierto, crecientemente, apelando a la impresión de billetes.

Resulta evidente que una situación así es insustentable en el tiempo. El riesgo es que se pierda la confianza y que el entusiasmo de los inversores decline y, por ende, que el dólar deje de ser moneda dominante en el mundo. Ni qué decir tiene, si un día a Japón se le ocurriera decir que no puede o no quiere seguir comprando deuda norteamericana.

Se impuso, así, para Trump, lo que él vende como una corrección dolorosa pero necesaria. A su política arancelaria no la ve como una panacea milagrosa que borrará de un plumazo el déficit y que reducirá la deuda, sino que entiende esa corrección como un intento de revertir una tendencia subyacente en la dinámica global. A esto se refiere cuando profiere un lamento tan fingido como increíble: que Estados Unidos ha sido "bueno" con el mundo, pero éste le ha pagado con la ingratitud y la exacción.

Él sabe -y así lo dice- que su política tiene costos y riesgos y que incluso, cuesta dinero. Sabe que interrumpe las cadenas comerciales globales. Pero también dice que el statu quoanterior también tenía (o tiene) un costo alto: la desaparición de la industria local, el desempleo estadual generalizado y un orden mundial en el cual EE.UU. pierde permanentemente.

Trump concibe su política de MAGA como un gesto instintivo de autodefensa.

La mirada crítica de estas políticas las tildan de regreso al proteccionismo. Pero nadie que mire hacia las pasadas décadas encontrará allí "libre comercio". No ha habido nunca un comercio real y verdaderamente libre, por lo menos -piensa el Presidente- para su país. Y las medidas de Trump no son puramente defensivas, sino también estratégicas: Estados Unidos está usando el poder del mercado para restituir y reforzar una hegemonía decreciente. Si le va bien, él cree que EE.UU. gana. Y si le va mal, cree que habrá hecho un esfuerzo para revertir una tendencia dañina antes de que el sistema nacional implosione. El costo de no hacer nada, supone, es, a largo plazo, peor que intervenir ahora.

En la vereda de enfrente y durante décadas, los sumos sacerdotes de la economía global han hecho del "libre comercio" poco menos que un precepto bíblico y fulminaron de herejía toda forma de proteccionismo. Por caso, la UE siempre cultivó un lenguaje referido a esa remanida libertad de comercio mientras que, simultánemente, tenía el más proteccionista de los sistemas. Una maraña de cuotas, medidas sanitarias, formalidades burocráticas y sanciones tarifarias constituían una valla insuperable para cualquiera que quisiera vender sus productos en el mercado europeo.

Mientras tanto, Estados Unidos ha pasado décadas actuando como una aspiradora que absorbe mercaderías de China, Canadá y México con un déficit anual creciente en ese intercambio. En 2023, EE.UU. tuvo un déficit comercial de 773 billones de dólares. Y deslocalizó sus industrias y sus empleos. A cambio, Trump siente y dice que para EE.UU. sólo hay puertas cerradas y promesas vacías... Y zonas enteras del país devenidas páramo productivo.

Las cifras y datos económico-financieros citados aquí provienen tanto de organismos globales ad hoc, como los informes anuales de la propia Comisión Europea o, la WTA (Organización Mundial del Comercio) o de la información web del propio Departamento de Comercio de los Estados Unidos.

A diferencia de los tecnócratas que gestionaron antes que él, Trump entiende que no está ante una cuestión de teoría económica sino de poder político. Esto es básico para entenderlo. No querrá negociar con bloques burocráticos sino "one-to-one", con todos, pero de a uno.

En lo demás, es la mirada de un empresario dirigiendo un país. Todo tiene precio, incluso la guerra de la OTAN contra Rusia en Ucrania. Como esa guerra es demasiado cara, hay que terminar con ella. No es por amor, es por dinero.

Y aquí comienza a despuntar la ahistoricidad del programa EE.UU. "first".

"Poner a EE.UU. primero, por encima de las reglas internacionales, es un acto típico de unilateralismo, proteccionismo e intimidación económica" acaba de decir Lin Jian, portavoz chino. Eso es muy cierto, pero no deja de ser una declaración dictada por necesidades de la coyuntura.

Y la verdad es que el caso amerita consideraciones de más largo plazo. El presidente chino Xi Jinping manifestó: “Querer repartir el océano de la economía mundial en una serie de pequeños lagos bien separados unos de otros, no sólo es imposible sino que, además, va a contracorriente de la historia”. (ver enlace)

Ese es el punto. Xi sintetiza un cúmulo de razones por las cuales la cruzada de Trump está destinada al fracaso sin que se pueda saber aún la forma que asumirá ese fracaso.

El capital se globaliza porque el mercado necesita vitalmente ampliarse para realizar la ganancia y sostener o impedir que descienda la tasa ad hoc.

Trump asegura que está persiguiendo el bien de su país, pero en realidad persigue el mal de China. Su estrategia está orientada por una semicerteza: la guerra con China, con motivo de Taiwán, reverbera en el horizonte. Reverbera como posibilidad ilusoria. Pues de una crisis grave y profunda sólo se sale por medio de la política, y cuando la política no ofrece soluciones, la única solución que queda es una buena guerra. Una posibilidad. Ilusoria, si se cree que con ella se detendrán las tendencias subyacentes a la globalización. Trump debe dar cuenta también a su propio pueblo -que es su electorado- de las cosas que hace y dice.

Bernie Sanders, un político estadounidense que parece progresista pero que, en realidad, es un hombre con posiciones estratégicamente reaccionarias que representa en el Capitolio al opulento Estado de Vermont, ha dado, no obstante, hace poco, en el clavo: ha llamado la atención sobre la situación de la clase obrera y de las clases medias en los Estados Unidos. Y no ha sido sólo su epigrama referido a que no es de extrañar que la clase obrera haya abandonado al partido Demócrata porque primero el partido Demócrata abandonó a la clase obrera. Es también, y en lugar cimero, el hecho de que el cimbronazo para las cadenas globales afectará, en primer lugar, a las clases medias y trabajadores de Estados Unidos y la protesta social en ese país rebasaría los actuales reproches antirracistas que disparan sus deportaciones masivas. Ya en Virginia y Pensilvania han salido multitudes a las calles ante la sola sospecha de que los acontecimientos los tendrán a ellos como candidatos a pasar por ventanilla a pagar el pato que se quedará debiendo al cabo de unos desvaríos que mucho no se entienden pero que algo muy malo pueden entrañar.

Y así entonces Estados Unidos quiere desembarazarse del problema chino a como dé lugar. Los altos aranceles a México, Canadá y la Unión Europea fueron una bravata inicial con destino de modificación inmediata, como ha ocurrido. El recule de Trump volvió las cosas a su quicio y las tarifas, ahora, no rebasan el “arancel universal” del 10 %, que es el que les pretende cobrar a todos. A China le declaró la guerra con un 145%. Como represalia, queda cerrado, para los EE.UU., el comercio con aquel mercado de 1200 millones de consumidores.

Aranceles y fascismo es una combinatoria que ha parido la propia globalización. Es ésta o aquéllos. Es esa la opción de este presente histórico para las clases trabajadoras de todos los países del mundo. Detener la historia o acompañar su sentido evadiendo, de ese modo, el caos que significaría la búsqueda anárquica del interés particular de los sujetos políticos estatales o no estatales. La sociedad humana, librada a los requerimientos del mercado, carece de futuro, por cuanto el mercado tiene como sustancia vital, únicamente, su propia y constante extensión.

«El capitalismo es el primer y único sistema de vida en la historia de la humanidad que no busca encarnar ningún ideal ni tiende a ir en ninguna dirección específica. Aquí se podría abrir una discusión interesante sobre la conexión entre capitalismo y nihilismo…» Texto completo en este enlace.

La globalización dinamiza este proceso que marcha hacia la universalización de la forma mercancía, es decir, hacia el mercado mundial. El proteccionismo lo interrumpe. Esa es la razón por la cual hay que estar a favor de la globalización y en contra de los fascismos retóricamente “soberanistas”. Es frecuente oír o leer que el populismo fascistoide ha secuestrado la desglobalización y, por ende, ha desplazado a las izquierdas del lugar de enunciación del programa desglobalizador. Lo inteligente, aquí, sería no lamentarse de tal secuestro sino celebrar que el secuestro se haya perpetrado, pues erigiéndose en campeones de la antiglobalización los políticos fascistas empiezan —como hicieron sus ancestros en el siglo XX— a defender una causa antihistórica y, con ello, a asegurarse la derrota, también en línea con el nazifascismo de aquella modernidad europea del siglo pasado.

Por su parte, las izquierdas y el progresismo mundial están corriendo el serio riesgo de simpatizar con los “nacionalismos” en caso de que no acierten a entender que ninguna globalización en abstracto es, in totum, el enemigo de los pueblos del mundo.

La opción se tensa en torno a los opuestos globalización-antiglobalización. La primera, como dato positivo de la vida humana es inescindible de otro dato igualmente positivo de la realidad social: el Estado-nación. La tensión enfrenta ambos conceptos. Y ello no es ni bueno ni malo. Ello es. La “contradicción” no es un orden ontológico fundado por la voluntad.

La voluntad humana, en el límite, es una ilusión. Vive en la cotidianeidad, pero naufraga frente a la Historia. Y ésta no es una trivialidad. Es la ilusión de absoluto que al ser humano le depara su insignificancia cósmica. Pensar una globalización regida por la multilateralidad política y por la producción de riqueza mundial como alternativa a la especulación financiera es el desafío que afrontan los pueblos que viven en los márgenes del mundo y aun en los espacios centrales del mundo. Pero no se trata de una quimera. Es una idea fuerza que debería estar en la base de todo programa antimercado.

Así las cosas, los fascismos europeos y latinoamericanos son formaciones reactivas de tipo preventivo que más allá de sus declamaciones programáticas, terminarán cumpliendo otra función histórica: enfrentar una probable y violenta desobediencia global que tiende a cristalizar en el espacio del “mercado único mundial”.



(*) Abogado, periodista, escritor.
29/07/2016

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