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09/03/2025

Cartas de lectores

¡Déjenlo en Paz!

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Ver a Francisco hoy, es leer sus escritos, recordar su mirada buscando las miradas, su alegría ante los niños, niñas y jóvenes, su trato con la ancianidad. Ver a Francisco hoy, es hacernos cargo de su legado.

Lucrecia Casemajor

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Me permito compartir un testimonio personal. No había querido hacerlo hasta hoy, que escuché algunos comentarios, esos que suelen estar demás, y que oscurecen la vida interior de las personas en momentos como este.

El 28 de diciembre publiqué una reflexión que se llama ESTE HOMBRE SOLO en la Revista Vida Nueva. Ver enlace.

Sobre el final, con el subtítulo “Una inmensa y única interioridad”, explicaba esto:

“Hay un hombre que es solo y está solo siempre. Igual que cada persona en el mundo. Que nació solo y morirá solo, dentro de su inmensa interioridad. La que nadie conoce del todo por más que lo crea, piense u opine.

Hay un hombre que el mundo cree que conoce, que un día se fue de su tierra con un solo par de zapatos y dejó toda soledad para ser del mundo entero.

Hay un hombre que entregó todo su ser a Dios y se dedicó a preguntarse cómo ir más allá de toda razón para dar respuestas materiales y espirituales para el mundo entero, esas que ya estaban respondidas en los evangelios.

Hay un hombre que vive su soledad de la mano del Espíritu Santo, cosa que a veces cuesta creer, ver y reconocer. Y a los que lo rodean, llenos de su propia y ajena soledad, más aún.

Entonces, medida nuestra soledad interior, nuestros cansancios y desganos, nuestras faltas de discernimiento, nuestras pobrezas y miserias, nuestras ideologías cargadas de un poder que no es servicio, podemos empezar por preguntarnos si podríamos estar por un segundo en sus zapatos.

Ese hombre que está solo, sumergido en su soledad única, sólo pide que recemos por Él.

Este hombre solo que un día decidió llamarse Francisco.”

Del 21 al 24 de enero estuve en el Vaticano. Me acompañó mi sobrina.

El miércoles 22 de enero participamos de la Audiencia General en el Aula Pablo VI. Ver enlace publicado el 23 de enero

No quise hasta ahora decir lo que vi, percibí, sentí e intuí.

Copio algo de lo que pude escribir desde la intimidad, un par de días después, a un amigo:

“Una experiencia de las inimaginables. Había visto a Francisco dos veces de casi muy cerca. En Roma para el Jubileo de la Misericordia de 2016 y en Chile en 2018.

Ahora, cuando lo empezaron a pasar en su silla de ruedas entre las filas de ansiosas personas por tomar fotos y tocarlo, comencé a llorar sin parar, con esas lágrimas que mi madre les llamaba "espirituales"... Luego de ver todo su recorrido, al salir, hice un primer análisis muy instintivo de todo lo que vi y sentí. Compartí lo que pude con mi sobrina. Ella coincidió en mucho. Muchas de esas gentes sólo querían una foto con y del “hombre más importante del planeta”, dicen los italianos, más allá de religiones y creencias. Casi no importó ni aplaudieron lo que dijo sobre la Paz, pero sí cuando nombraba a los peregrinos de diferentes lenguas... Turistas infatigables con sus cámaras a flor de piel.

Todo lo que vi en Francisco me conmovió y no podía encontrar las palabras para definirlo. Quedé desolada. Acongojada. Entristecida. Vi al "hombre solo" sobre el que había publicado unos días antes.

Vi a un hombre solo llevado en silla de ruedas, hasta violentado por tiempos y espacios, rodando por las diferentes filas, intentándolo todo y dándolo todo para todos, todos, todos... Agotador.

Este hombre cansado –añoso ya para hacer tanto, con el rostro hinchado y su cuerpo amasado por las diferentes dolencias– estaba ahí, al pie del cañón, rodeado por 14 personas que lo llevaban custodiado entre la gente.

Este hombre pastor infatigable. Este Francisco único, inmenso, más allá de cualquier duda que nadie pueda tener. Un Francisco tenaz, persistente, insistente y trascendido.

Este hombre Vicario de Cristo que, con los años que tiene de entrega y servicio a cuestas, supo sostener con osadía el Evangelio para la construcción del Reino. Siento y pienso que Francisco está recontra cumplido y me reverencio ante su grandeza y honestidad brutal tan justa y necesaria.

Eso sí, muchos gritan en contra por el dolor en los callos que les provoca. A llorar al campito. Lo único que siento dentro mío es: ¡déjenlo en Paz! Y rezo, rezo, rezo por él el día entero.

Este hombre al que pude decirle también "padre Jorge", le grité: Neuquén te saluda... Sólo escuchó. Levantó su mano cansada de tantas tocaditas y besos...

Vi su mirada ausentada en varios momentos. Lo tuve tan cerca... Y siguió pasando. Aún faltaba mucho por saludar y consolar…”.

Lamentablemente, luego cayó enfermo. Lamentablemente, hoy estamos desde hace ya varios días, con un Francisco que sigue al pie de la Cruz, como siempre, debatiéndose solo con su vida ante su propia muerte.

Con sus 88 años, después de sus 11 años y 355 días siendo el obispo de Roma y habiendo cumplido hasta ahora con todo aquello que su corazón de jesuita le indicaba –para el mundo entero y más allá de toda frontera ideológica, política y religiosa–, hoy, lamentablemente, se sigue pidiéndole que “viva porque lo necesitamos”, no porque lo amamos. Se sigue escuchando a los agoreros de turno erigidos como profetas de la desgracia. Se sigue especulando sobre lo que dicen los medios, sea sobre su muerte o sobre su sucesor.

Dios no juega ni al ajedrez ni a la baraja. Dios no se deja apabullar por el sin sentido. Dios cuenta con cada uno y cada una de un nosotrosinmenso para la construcción del Reino de la justicia, la verdad y la paz.

Ese Reino con el que Francisco insistirá hasta el último aliento y perdurará en cada uno de sus gestos y palabras desde que comenzó su tarea en el Vaticano. Primero, ante una plaza inquieta y agradecida a la vez, pidiendo que oremos por él. Segundo, fue a Lampedusa. Y podemos seguir día a día cada uno de sus pasos, con sus zapatos negros y su Cruz a cuesta.

Ver a Francisco hoy, es leer sus escritos, recordar su mirada buscando las miradas, su alegría ante los niños, niñas y jóvenes, su trato con la ancianidad. Ver a Francisco hoy, es hacernos cargo de su legado.

3 de marzo de 2025

29/07/2016

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