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02/03/2025

Derecho al Futuro

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Hoy, el nombre de la responsabilidad es unidad. No se entiende muy bien por qué los peronistas no se unen en la calle para exigir de sus conducciones la responsabilidad que "la hora" exige.

Juan Chaneton *

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La pregunta, no sin un dejo de preocupación, circula, por estos días, en foros y espacios ajenos a la derecha: ¿están peleados todavía, Cristina y Axel? Si es así -decimos-, ojalá se estén reproduciendo, como supo decir el jefe político de la primera y referencia histórico-ideológica del segundo. De lo contrario, sería servirle en bandeja, a esa derecha, una vía de escape hacia el mejor escenario cuando ya se hallaba divisando, aunque borroso todavía, el paisaje chamuscado de una luna amarga que parece querer cubrir con sus sombras a unos atolondrados que ni siquiera en la capital federal pueden exhibir otra cosa diferente a unos ambiciosos que se disputan, a dentelladas, una escuálida masa de votantes, que no hay suficiente para todos: Mauricio, Karina, Horacio y Ramiro, tales los caciques escasos de indios que, hasta hoy, se disputan, en la Ciudad, una libra de carne. Dividirse, frente a esta división en vías de consumarse, sería, no sólo servir en bandeja un plato inesperado, sino algo peor: sería una traición a los intereses de quienes se dice representar, y una traición que tal vez tenga efectos por generaciones, eso es lo grave.

Del lado sensato y piadoso de la política argentina revistan unos dirigentes que abonan la esperanza de que esta pesadilla antinacional y antipopular termine de una vez. Aunque esos buenos dirigentes conviven en el mismo espacio con unas figuras gastadas en su reputación, por decirlo con el respeto que siempre cabe. A estos últimos, sin embargo, habrá que digerirlos como se pueda, en honor a la necesaria unidad en la acción que resulta indispensable para terminar con tanto oprobio devenido, a lo que parece, insólita aparcería delictiva en la cúpula misma del poder del Estado.

En cuanto a la "hermana mayor", no se entiende bien el momento elegido por el gobernador de Buenos Aires para lanzar su espacio propio dentro del peronismo. Pues si en aras de la necesaria unidad hay que silenciar críticas y hasta tragarse sapos, esa obligación debería reposar, en primer lugar, sobre la cabeza de los dirigentes. Tampoco se ve bien adónde se dirige Kicillof con un "espacio". Pues si de disputar política y liderazgos se tratara, habría que fundar un partido en toda la regla y no una corriente de opinión. Claro que eso sería irse del peronismo. Pero entonces, si se necesita del peronismo porque fuera de él se deshilacha toda posibilidad de vigencia, no cabe "molestar" a la conducción de ese Partido Justicialista con rebeldías tempranas y de dudoso rédito. Para eso está el futuro y Cristina todavía es presente, afortunado presente.

Una lástima, por cierto. Porque la unidad de DaF y Unión por la Patria dinamizaría al interior del PJ y hacia el conjunto del país, unas ondas gravitacionales que arrastrarían en su benéfico movimiento a todos cuantos claman, hoy, por la construcción de un frente antibarbarie.

El contexto señala que el escándalo "$Libra" venía incubándose desde un antaño bastante cercano en el tiempo. Cuando un alien emergido de las oscuridades del inconsciente colectivo de los argentinos podía pregonar, alegremente, que una de las banderas históricas del peronismo era un delito público, algo andaba mal en nuestro país y teníamos un problema, sin "Houston" que nos ayudara a resolverlo. Aquella diatriba contra la "justicia social" fue, al tiempo que el síntoma de una anomalía grave en la cultura política de los argentinos, una suerte de marca en el orillo de Javier Milei, quien también traía, escondido en la verija, el fierro listo para la puñalada trapera: el mercado como nuevo absoluto existencial fue la mercancía que comenzó a vender. Y los que tenían que salir a aclarar las cosas optaban por un facilismo: oponían al absolutismo de mercado el asistencialismo y un "Estado presente" como aspiración ética devenida programa político en sustitución de unas verdaderas políticas que estuvieran a la altura de aquellas "tres banderas" que habían dado origen al movimiento popular identificado con Perón y Eva Perón.

El punto es que el "mercado" no ordena la vida en sociedad porque su función única es emular al sonar que, en la barca del marino, detecta y advierte qué ocurre en el derrotero, no ya del buque, sino, en el caso, de la empresa para, de ese modo, servir a su realización. Pero la sociedad no es una empresa. El mercado, librado a su dinámica, desordena todo porque funciona como medida de la "debida" retribución de los factores productivos y, de ese modo, consagra inequidades distributivas que están en el origen del conflicto social. Es lo que presuntamente está en la base del documento que acaba de difundir Axel Kicillof cuando censura la "apuesta por el mercado desregulado como única respuesta".

Y a este liberalismo nuestro (que no es europeo, sino uno de las orillas del mundo) le es inherente una sociedad pastoril, es decir, basada en la venta al exterior, en crudo, de recursos naturales.

Es importante, en este punto, reparar en que el modelo liberal-agrario no es, en primer lugar, el resultado de ninguna decisión en esa dirección, sino que, ante todo, expresa una necesidad propia de esas economías de mercado en las periferias. Ello así, porque tal liberalismo de mercado necesita equilibrios financieros urgentes cada vez que le toca gobernar, pues su diagnóstico siempre consiste en que el "déficit fiscal" está en el origen de las crisis. Así, si persistiera tal déficit que los economistas liberales anuncian haber venido a equilibrar, ello dispararía dificultades políticas tempranas que tenderán a encerrarlo en callejones sin salida. Éstos pueden eludirse si se echa mano, rápido y pronto, a saldos exportables y fácilmente colocables en mercados globales habituados a recibir esos bienes de márgenes geográficos distantes proveedores de alimentos y recursos.

Nótese que, en circunstancias como las descriptas, estamos ante un actor político que, cuando debe gobernar, se halla urgido de una legitimidad de ejercicio que aún no ha conseguido. Se encuentra, por eso, en una encerrona de tipo histórico que, en nuestro país, se ha repetido con regularidad. Lo razonable sería, en esas circunstancias, oponer a ese modelo "agroexportador" algo diferente a una vía de escape de la encerrona, pues esto último ha sido el asistencialismo que, como sola opción, se ha ensayado en la Argentina a modo de alternativa al orden liberal; alternativa que, cuando fracasa, emula un empate histórico entre el Bienestar y el liberalismo, y se repone a este en el timón del Estado.

Así entonces, a un programa de suyo no interesado en romper con el atraso agrarista basado en la exportación de commodities, habría que oponerle una suerte de combinación virtuosa entre

a) un "Estado presente" que cubra necesidades urgentes y que garantice los derechos conculcados por el mercado desregulado, y...

b) objetivos de largo plazo vinculados con los anteriores como garantía de sostenibilidad en el tiempo. Y sobre esos objetivos de largo plazo cabe decir que más allá de un asistencialismo sanador se halla un modelo industrializador que debería generar crecimiento.

Para esto último, conviene aclarar, no hace falta ninguna inexistente "burguesía nacional" sino que ese programa debe ser, en la Argentina, el programa de un nuevo bloque en el poder constituido por unas clases trabajadoras que vienen desde el fondo de la Argentina inmigrante, en alianza con unas fuerzas armadas que hace rato están en aptitud objetiva de ser re-convocadas -en un nuevo contexto geopolítico- para una empresa soberanista de "producción para la defensa". Y sólo una nueva entidad política podría asumir este nuevo programa histórico, que podrá desplegarse como espíritu objetivo realizador de nuestro "derecho al futuro", o como reconciliación oportuna de dos espacios que no pueden expresar por escrito ni una sola diferencia mutua de naturaleza conceptual: a esta altura de las cosas políticas, nadie en la Argentina parece tener muy en claro cuáles son las diferencias que separan los proyectos de país de Cristina Fernández y Axel Kicillof.

En todo caso, Kicillof no está "dividiendo" al espacio que lo hizo gobernador, como le están imputando a estas horas. Duhalde le supo facturar lo mismo a Néstor Kirchner: que estaba dividiendo el partido que lo había hecho Presidente. Kicillof -nunca será demasiado repetirlo- no está dividiendo nada. Está convocando -extemporáneamente, lo cual es un error- a un frente antibarbarie...

Hoy, el nombre de la responsabilidad es unidad. Tampoco se entiende muy bien por qué los peronistas no se unen en la calle para exigir de sus conducciones la responsabilidad que -como diría un rábula radical- "la hora" exige.



(*) Abogado, periodista, escritor.
29/07/2016

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