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Un contencioso más ha cobrado cuerpo en el escenario global: se trata de algo que aparenta ser una fusión exótica entre la política y los grandes monopolios de la tecnología de la información, cuyos dueños oficiaron de iridiscentes luminarias en la última ceremonia de asunción presidencial en los EE.UU.
Y así, Gates-Biden, por una parte, y Musk-Trump, por la otra, podrían personalizar -simplificando un poco y en aras de una mejor comprensión- aquel contencioso. Ambos campos de fuerzas (porque no se trata de dos pares de individuos, aquí, sino de dos bloques de ideas), coinciden en lo fundamental, pero sus primeros actores igual se odian porque sus diferencias oscilan en torno a los medios para lograr lo fundamental, lo cual es tanto o más fundamental que aquello fundamental que los separa.
Coinciden en que prolongar la vida del capitalismo, en la era de su extensión a todo el orbe occidental, exige una lucha sin cuartel contra el único enemigo potencial: el comunismo, que no existe en acto en ninguna parte pero en potencial vive en todas. Y el agua en la que podría alguna vez nadar este pez llamado comunismo es ese gentío humano desesperanzado que crece día a día y se dispersa, amenazante, por todo el orbe, como si fuera el opuesto verdadero del capital que se concentra en un punto, cada vez más, arrinconado en el extremo superior de una pirámide que podría comenzar a arder por su base si no se toman medidas preventivas. Alguien sabe, a todo esto, que al capital superconcentrado se le opone, en potencia, el trabajo humano disperso por el mundo. Y que la "utilidad marginal" que deja el uso de ese trabajo disperso es la ganancia que nutre ese capital que crece y se concentra cada vez más... en un punto. Alguien sabe esto, y tal vez sean muchos los que lo saben. Pero hasta hoy no lo sabe nadie con poder en la política.
El punto en cuestión -el que separa acerbamente a unos y otros- es cómo lograr que nadie advierta esa tensión social, mucho menos alguien emergido de ese magma humano extendido y disperso por todo el territorio global. Por ahí empieza a despuntar la diferencia ente unos y otros aludida más arriba: cómo actuar en la globalización para que la globalización sea imparable. De eso se trata.
Los procesos sociales siempre han tenido una dinámica propia que parece emanciparlos de la necesidad de contar con un sujeto activo y consciente que oficie como causa y dirección de los acontecimientos. En el orden global, por caso, la OS (Open Society) opera -más allá de la filantropía explícita que pueda surgir, como fin social, de sus estatutos fundacionales- para evitar que nunca más a esas masas juveniles de occidente, por naturaleza despiertas y bienintencionadas, se les ocurra mirar con atención curiosa a unos íconos del tipo John Lennon o Che Guevara, quienes, en su cuarto de hora, se habían abocado con éxito -incluso sin quererlo del todo- a la realización de una especie de entrelazamiento cuántico-dialéctico entre paz y lucha armada, con el poder político como aderezo de un menú inquietante. Y para eso, es decir para impedir esa colusión disruptiva entre ídolos y juventudes, la OS-sus cerebros más intensos- fueron dando paulatina forma a algo que tenía un origen noble: la ideología "woke", en cuyas aguas se baña hoy Bill Gates pero no Elon Musk. Es el individuo, no el colectivo, dijeron los "woke"; y esto es lo contrario de lo que decían aquel juglar y aquel condottiere. No es ni la solidaridad entre humanos, ni el amor, ni, sobre todo, la "clase", porque si lo fuera, el sujeto sería el trabajo mundializado, y la noche oscura empezaría a clarear, pues nada más apto que aquellos reconocidos "influencers" de época para unir internacionalmente lo que, si desunido, garantiza desiguales repartos de potencia e impotencia.
A esa línea egotista-wokista, cuyo efecto era desarmar y desorganizar a unas masas juveniles que portaban fuego en su mirada y un poco de insatisfacción (que les venía de aquel ya épico Woodstock), también se agregó una sentencia dañina: son las minorías las llamadas en Estados Unidos, a hacer realidad, si no una siempre imposible redención, sí una vida más igualitaria y humana. Pero eso era vino viejo en odres nuevos. Pues tal cosa ya había sido tema de conversación en los '60 de ese siglo XX. Herbert Marcuse, una especie de "borocotó" de aquellos tiempos, se pasó de una "escuela" que decía ser "marxista" y que, a su modo, lo era (Adorno, Horkheimer), a una inteligencia norteamericana a la cual lo recomendó John Le Carre, el británico escritor-espía. Y lo necesitaban -a Marcuse- para hacer lo que mejor sabía: diversionismo ideológico, que es lo que hoy hace la Open Society de George Soros y algunos subdesarrollados que les sirven de claque: la clase obrera -dijo Marcuse- ha perdido potencia y deseo revolucionarios; el "cambio" en Estados Unidos y en los países capitalistas hiperdesarrollados (porque el filósofo seguía diciendo que abominaba del capitalismo) no vendrá de esa clase obrera "integrada al sistema" sino de la mano de las minorías raciales y nacionales. Y como lo novedoso siempre parece verdad, pocos jóvenes advertían que los negros, en esa sintonía, iban a querer que el capitalismo los respetara igual que a los blancos, y los puertorriqueños demandarían acceder a iguales oportunidades que los estadounidenses, dentro de la empresa capitalista, sin discriminaciones odiosas. Y lo mismo dice la ideología "woke" hoy en día. Que haya nacido adherida a reivindicaciones del tipo "Black Lives Matter" o que anhelos liberacionistas de la raza negra en Estados Unidos puedan ya rastrearse en Angela Davis o en "Alma Encadenada" de Eldridge Cleaver en los iniciales '70 del siglo XX, no empece considerar a estos "despiertos" de Soros, como algo viejo y huérfano de toda originalidad y sólo eficaz para incidir en las conciencias desprevenidas de gentes desinformadas y con buenas intenciones, como son, por regla general, los jóvenes. Luego de Vietnam, Estados Unidos (el Estados Unidos de Jimmy Carter) pasó a predicar el respeto de lo que en el sudeste asiático habían violado de manera espantosa: los derechos humanos y la democracia, que luego, junto al "empoderamiento de la sociedad civil", serían unos eslóganes de propaganda apta para blanquear lo perpetrado y bordar la desmemoria con renovados encajes y puntillas de utilería. De épocas inmediatamente posteriores datan varias "oenegés" que se dedicaron, en Estados Unidos, no sólo a "luchar" por los derechos humanos, sino a juzgar quién honra o viola, en el orden global, esos derechos. La Open Society financia, entre otras, a Human Rights Watch, que es madre y maestra en el oficio de aplicar el doble rasero.
También tañían otras campanas, ayer. Ni la liberación femenina ni la vigencia plena de los derechos humanos tendrán nunca lugar a menos que sea en el marco de una nueva sociedad, de una sociedad no capitalista, y quien -de buena o mala fe- es feminista o milita la dignidad del ser humano sin impugnar el orden social que hace posible el sometimiento y la vejación, se halla en el error o induce a él. Este es el Programa de quienes hoy impugnan el caudaloso parloteo "woke". En la Argentina, solía repetirlo, frecuentemente, Hebe de Bonafini.
De modo que es un disparate decir que el wokismo es el nombre del progresismo en los Estados Unidos. Esa afirmación es históricamente falsa e ideológicamente interesada. Pero interesadas son todas las afirmaciones, y esta nota no es la excepción. El punto, en todo caso, es saber en interés de qué o de quién se habla o se escribe. El progresismo del wokismo es cartón pintado.
El wokismo, en suma, no es lo que parece ser, como el nazismo, que tampoco es lo que parece haber sido. Pues el nazismo fue, en simultáneo, antisemitismo y anticomunismo (antibolchevismo). La gran operación militar de Hitler fue concebida para exterminar no a los judíos sino al comunismo. Eso fue "Barbarroja". De modo que si hoy se aplica la violencia fascista -verbal o física- contra el comunismo o contra las opiniones minoritarias y diferentes, se es NAZI, porque el nazismo fue, ante todo y en pie de igualdad con el antijudaísmo, anticomunismo. Y consecuentemente con ello, nadie que aplauda la decisión de la Corte Penal Internacional (CPI) reclamando la detención de Netanyahu, en principio imputado de genocidio y crímenes de guerra (Tratado de Roma), puede ser, de buena fe, acusado de antisemita.
Ocurre también que la monstruosidad de Auschwitz vela u oculta el objetivo programático de los nazis: exterminar al comunismo y a los comunistas. La literatura instaura otra verdad y esa verdad quema en las líneas que siguen: «...Miré con curiosidad a aquel hombre tan rígido y concienzudo que vestía a sus hijos con ropa de niños judíos muertos bajo su responsabilidad. ¿Se le ocurría pensar en eso cuando los miraba? Lo más seguro es que ni se le pasara por las mientes. Su mujer lo tenía cogido por el codo y soltaba carcajadas secas y chillonas. La miré y pensé en su (vagina), bajo el vestido, anidado en la braga de encaje de una judía joven y bonita a quien había gaseado su marido. La judía y su (vagina) llevaban mucho tiempo incinerados y se habían ido, como humo, a reunirse con las nubes; y sus bragas caras, que seguramente se había puesto especialmente para la deportación, ornaban y guardaban ahora (la vagina) de Hedwig Höss. ¿Se acordaba Höss de esa judía cuando le quitaba las bragas a su mujer para echarle un polvo...? (Jonathan Littell, Las Benévolas).
El nazismo, entonces, no sólo existió con los perfiles infames que ningún negacionismo puede difuminar, sino que hubo causas que lo depositaron en el escenario histórico. El punto reside en esclarecer las razones por la cuales Europa (Inglaterra, en primer lugar) le permitió a una Alemania derrotada y proscripta militarmente por el tratado de Versalles, rearmarse nuevamente hasta igualar y luego superar a todos, en particular a Reino Unido y a Francia.
Las explicaciones que da Churchill descargan toda la responsabilidad en la miopía de los partidos y gobernantes ingleses de la época (conservadores, laboristas y liberales), que no supieron ver lo que él sí veía y, por ello, se embarcaron en una línea pacifista de desarme que proponía que todos en Europa redujeran sus dotaciones militares hasta el nivel en que estaba por entonces Alemania. Ésta fue, según Churchill, la errada política del gobierno Mac Donald-Baldwin, continuada, bajo la forma de una especie de candor recurrente, por Chamberlain.
Sin embargo, caben otras conjeturas.
Una de ellas, asume la forma de la siguiente opción dicotómica. O bien detrás del liderazgo británico operaban unos servicios de inteligencia que presionaban con éxito en favor de la "solución nazi" al problema bolchevique, dejando hacer a la Alemania de Hitler para que avanzara sobre Stalin con la URSS como objetivo; o bien aquel liderazgo político inglés fue autónomo en sus decisiones y, a través de Winston Churchill, vislumbró (en un alarde de sabiduría histórica, versación filosófica y destreza política) que, en última instancia, el comunismo bebía, a través de Marx, en las fuentes del racionalismo occidental y, con ello, era tributario de la idea iluminista del progreso infinito como destino inexorable de la Humanidad; en tanto que el nazismo hundía su raíz en el atavismo ancestral de las hordas paganas prebíblicas, a las que les cantaba Richard Wagner.
Con este actor nazi, la divergencia de Inglaterra era existencial. No así con los marxistas, con quienes Europa podía aliarse al tiempo que tal vez también cabía la ilusión de discutir en torno a planificación o libertad de mercado, sin que en ello le fuera la vida a nadie.
El wokismo, en suma, es la forma astuta del anticomunismo; el nazismo, su modo tosco y bruto. Y para ser progresista o feminista no es necesario profesar ningún "wokismo". Y en nombre del feminismo los disparates que se hicieron (lindantes con la corrupción), y se dijeron (lindantes con la incultura), dan cuenta, en buena medida, de por qué tenemos que escuchar callados hoy las sandeces que dice un hombre culturalmente limitado y políticamente equivocado, cuando dice, por ejemplo, que homosexualidad y pedofilia son sinónimos. Milei no es una autoconstrucción. Es, en medida considerable, hechura y consecuencia de unos desatinos cometidos ayer.
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