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Columnistas
25/01/2025

A propósito de la crisis agrícola en la Argentina

¿Cuándo los propietarios dejaron de ser productores?

¿Cuándo los propietarios dejaron de ser productores? | VA CON FIRMA. Un plus sobre la información.

Resulta interesante indagar acerca de cómo fue el proceso que transformó a una cantidad de propietarios de la tierra que a la vez eran productores agrarios, en un nuevo sector social ligado al mundo agrario solo como rentista.

Enrique Mases *

Introducción

Los malos resultados económicos que viene ofreciendo la actividad agropecuaria a lo largo del 2024 y en este mes del nuevo año, reconoce diferentes causas que van desde el factor climático, el alto costo de los insumos, el dólar planchado, los derechos de exportación (retenciones) y el valor de los arriendos. Este último insumo reflejado en el alto costo de los alquileres pagados por los productores por las tierras que cultivaron ha visibilizado un cambio social y económico en el mundo agrario que el ciudadano común alejado del mundo rural no lo percibía como tal o en su total dimensión.

De acuerdo a estimaciones oficiales, en la campaña agrícola 2023/2024 de los 34,3 millones de hectáreas dedicadas a la producción agrícola el 70% de las mismas se trabajo bajo la modalidad de arrendamiento o de alquiler de las tierras en cuestión. Dicho de otra manera de los 34,3 millones de hectáreas cultivadas, 24 millones lo hicieron bajo la modalidad de arrendamiento. Es decir, sólo 10 millones de hectáreas fueron trabajadas por sus propietarios en forma directa.1

Como decíamos anteriormente esta compleja realidad en cuanto a los actores que interactúan en el mundo agrario no solo no se percibe en su cabal dimensión sino que además lleva a significativas confusiones.

En efecto, en un claro error conceptual debido al profundo desconocimiento del escenario agrario. los jóvenes libertarios que defienden a ultranza las políticas del gobierno de los hermanos Milei, desde las redes sociales vociferan una y otra vez ante las quejas de los productores que alquilan tierras, que: “si no ganan plata, vendan el campo y dedíquense a otra cosa”, confundiéndolos con los propietarios que por el contrario, lucran con sus arriendos y por lo tanto no la pasan tan mal con el producto de su actividad rentística.

Por lo tanto, y a la luz de esta nueva realidad, resulta interesante indagar acerca de cómo fue el proceso que transformó a una significativa cantidad de propietarios de la tierra que a la vez eran productores agrarios, en un nuevo sector social ligado al mundo agrario solo como rentista de sus propiedades agrícolas.

Los antecedentes

Retrotrayéndonos en el tiempo debemos señalar que a partir de la década del sesenta del siglo pasado se producen profundas transformaciones en el agro signado por una fuerte intervención estatal, pero principalmente por una sustancial transformación en la forma de la tenencia del suelo y un conjunto de mejoras técnicas entre ellas la significativa mecanización. La generalización del usos del tractor sumado al también generalizado uso de las cosechadora autopropulsada y de otros modernos instrumentos de labranza, fue parte de los cambios tecnológicos de esta etapa.

Contemporáneamente, comenzaron a emplearse de manera más intensa insumos tales como semillas mejoradas, fertilizantes y más eficaces métodos de cultivo. La producción de nuevas variedades de trigo y lino primero y de soja y maíz posteriormente, así como la difusión de herbicidas fueron algunos de los cambios que acompañaron estas transformaciones productivas.

Pero también las transformaciones se produjeron en la tenencia de la tierra ya que a lo largo de este período se observa que del predominio de las unidades productivas en arriendo o en aparcería, característica de la primera mitad del siglo XX, se pasó al de las explotaciones en propiedad. Al mismo tiempo se produce una importante reducción de la existencia de pequeñas explotaciones agropecuarias.

Como señala Daniel Slutzky, analizando los censos de 1947 y 1960 lo que se verifica es una fuerte caída del número de arrendamientos, aumentando el tamaño promedio de la propiedad y la cantidad de trabajadores asalariados.2

Contemporáneamente, y asociado al proceso de mecanización aparece una nueva modalidad agrícola en la figura del contratista. Por un lado pequeños propietarios, poseedores de maquinaría agrícola adquirida recientemente, vendían sus servicios a explotaciones mayores. Por otro, se volvían a tomar tierras en arrendamiento, pero por periodos cortos de un año o menos, mediante los llamado “contratos accidentales”. Esto, sin lugar a dudas, marco un cambio en las estructuras productivas y una modernización de la explotación agraria en el marco de acceso mayoritario a la propiedad por parte del colectivo chacarero.

A los cambios operados respecto a la tenencia de la tierra, y a la aparición de nuevos actores en el agro, como la figura del contratista debemos mencionar otra modificación importante y que tiene que ver con la radicación urbana de la mayoría de los propietarios productores que hasta ese momento seguían viviendo en sus establecimientos rurales.

Este cambio en el lugar de residencia tuvo clara implicaciones en la relación entre la familia y la unidad productiva, y, a partir de ello, se generó un nuevo contexto de socialización para las sucesivas generaciones.

En términos cuantitativos ya los datos aportados por el Censo Nacional Agropecuario de 1988, señalan que un alto porcentaje de los productores rurales, ubicados en las áreas agrícolas más especializadas no residían en sus unidades productivas.

Así la mayoría de los productores que no residía en sus explotaciones, lo hacía en las ciudades cabeceras de sus partidos; una minoría vivía en las pequeñas localidades que quedaban aún más cerca de sus establecimientos, y otro pequeño porcentaje (productores de gran tamaño) residía en los grandes centros urbanos, especialmente en la ciudad de Buenos Aires.3

Pero también se radicaron en las ciudades los arrendatarios expulsados que se convirtieron en contratistas y los pequeños propietarios que tuvieron serios problemas de escala y que tercerizaban labores o directamente cedían sus campos en arriendo.4

El traslado de la familia del productor al medio urbano significo en la práctica el derrumbe de uno de los pilares fundamentales de la economía chacarera vigente en la etapa anterior a los años sesenta, que era el equipo de producción basado en el trabajo familiar. En la medida que pasaron a vivir en la ciudad, los hijos y la esposa del productor, por diferentes razones ya casi nunca viajaban a la explotación, y, por lo tanto, ya no podían encargarse de la producción secundaria que antes tenían a su cargo.

Pero no solo la mujer y los hijos dejaron de trabajar en la explotación: el propio productor redujo su aporte de trabajo físico a las tareas agropecuarias. En ese sentido debemos señalar que los datos del Censo Agropecuario de 1988 prueban que la no residencia en la explotación se encontraba asociada a un mayor peso de la organización de la producción basada en el trabajo asalariado o con contratistas de servicio en detrimento de la producción basada en el trabajo del productor y su familia.

Estos cambios en la organización social del trabajo tuvieron consecuencias sobre el carácter social de los productores rurales.

En principio ya no sienten la necesidad de trabajar como un impulso interior. Este impulso que parece haber sido característico de los chacareros de comienzo del siglo XX, se ha debilitado en tanto rasgo del carácter social.

Al mismo tiempo su condición de propietario y por lo tanto, de perceptor de la renta del suelo, favorecen las conductas rentísticas o cuasi rentísticas, en el sentido de desentenderse total o parcialmente de la producción.

La condición de propietarios de una porción de tierra genera la posibilidad de percibir una renta que no requiere de otra actividad que la de conseguir alguien que la quiera arrendar y ponerla en producción. Se posibilita entonces, una desvinculación del proceso productivo y se incentivan las actitudes pasivas y los gastos suntuarios, ya que, en tanto rentista, no necesita reinvertir sus ingresos en la explotación.

Entonces, a lo largo de la segunda mitad del siglo XX se aprecia un crecimiento en importancia de los elementos improductivos del carácter social del propietario productor y estos rasgos de carácter estimulan el cambio en los modos de vida y en las conductas económica de estos sujetos sociales.

Esta situación se mantiene y profundiza a lo largo de las últimas tres décadas en la mayor parte del escenario agrario y particularmente en la región pampeana donde se ha verificado un relativamente acelerado proceso de concentración económica, reflejado en la marcada disminución del número de explotaciones agropecuarias de tamaño pequeño o mediano registradas por los censos. Como contracara de esto, se han formado grandes empresas que operan tomando en alquiler campos de terceros por decenas de miles de hectáreas, lo que configura un profundo cambio de la estructura económico social de la región, no exento de costos sociales.

Las grandes empresas agrarias bajo la forma de fideicomiso financiero o pool de siembra operan con ventaja debido a la magnitud de las economías de escala que alcanzan, su capacidad de diversificar riesgos y su mayor adaptación a lo que se denomino en su momento “la revolución verde” que consistió en un complejo sistema de nuevos procesos de manejo del suelo (labranza cero y siembra directa), semillas genéticamente tratadas, maquinaria agrícola de mayor tamaño y complejidad, a veces sistemas de riego complementario, sistemas de almacenamiento baratos y flexibles y una fuerte articulación de la producción agraria a cadenas y complejos agroalimenticios.

A modo de cierre

A partir de estas consideraciones queda claro que por un lado, en la explotación agrícola actual confluyen distintos actores lo que de alguna manera desmitifica el carácter homogéneo que algunos economistas, políticos y comunicadores quieren darle al “campo” y por otro que existe un alto componente “rentístico”; es decir la existencia de un porcentaje importante de propietarios de parcelas rurales que no laboran sus propiedades y viven por lo tanto de lo le provee el alquiler de sus propiedades. Pero que además, por lo que se esta viendo en estos días están al margen de cualquier crisis coyuntural de la actividad agrícola. Su significativa participación en la composición de los costos de producción esta claramente expresado en la suma que debieron abonar los productores por el pago de sus arriendos muy superior a lo que no percibieron por retenciones.5

De esta manera se da la siguiente paradoja, y es que, mientras por los factores enunciados al principio de este artículo, cultivar la tierra produciendo granos que luego derivaran en alimentos y energía es un mal “negocio”, por el contrario la renta de la tierra es, desde hace años, uno de los “negocios” florecientes derivados de esa misma tierra.

 

 

 

1 Secretaría de Bioenergía de la Nación en base al Sistema de Información Simplificado Agrícola (Sisa) que reunió la AFUP en la campaña 2023/2024. Citado por Couso, Luciano. Diario Página 12. Buenos Aires 22/01/2025. “No todos los chacareros son iguales”

 

2 Slutzky, Daniel. “Aspectos sociales del desarrollo rural en la pampa húmeda argentina”, Revista Desarrollo Económico (IDES), Buenos Aires, abril-junio de 1968. N° 29.

 

3 Balsa, Jorge. El desvanecimiento del mundo chacarero. Transformaciones sociales en la agricultura bonaerense 1937.1988. (2006) Bernal, Universidad Nacional de Quilmes, pp., 164.

 

4 Balsa, .jorge. Op. Cit., pp., 168.

 

5 A una renta de 10 quintales por hectárea alquilada –suelen pactarse contratos por hasta el doble, según la zona- significó que el sector agrícola destino U$S 7.200 millones a la renta de la tierra. Paralelamente, el viernes pasado un informe de la Bolsa de Comercio de Rosario (BCR) precisó que las seis principales cadenas agroindustriales tributaron en 2024, en concepto de retenciones, U$S 5.350 millones. Citado por Citado por Couso, Luciano. Op. Cit.

 



(*) Catedrático de la UNC, integrante del Gehiso.
29/07/2016

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