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La palabra "idiota" proviene del griego antiguo “idi?t?s”. En la antigua Grecia, "idiota" se refería a alguien que se desinteresaba de los asuntos públicos y se preocupaba solo de lo suyo. En ese contexto, no era un término insultante, sino que se usaba para describir a los ciudadanos comunes y corrientes. Viene como anillo al dedo esta definición para una sociedad cada vez más individualista, nada solidaria, que ha priorizado lo privado a lo público.
Siempre es bueno hurgar en la historia, mirar hacia atrás y observar atentamente los pasos dados para entender la situación actual. Nada de lo que nos pasa es casualidad. Todo tiene una explicación y hay que buscarla a fondo, sin conformarse en la comodidad que nos ofrece la actual tecnología, que bien venida sea, pero no todo comienza y termina en ella.
Este escrito no pretende ser una exposición autocrítica, ni una introspección develada ni mucho menos un anecdotario personal. Sólo una cuestión metodológica de observación, yendo al viejo apotegma bíblico “Ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio”.
En la no tan larga, pero mucho menos corta edad, he experimentado múltiples sensaciones, con diversas actitudes frente a la sociedad. Sentir el altruismo por ideales en los años 60 y 70 del siglo pasado; ver la satisfacción y la algarabía social por la vuelta de Perón; percibir los rostros adustos y preocupados en el Sindicato de mi padre. El miedo y la indiferencia con olor a vela de misa y funeral; ausencias, rejas y desprotección; los siete años más oscuros terminados por una guerra vil, llorando las muertes patrióticas. Todo me conmovió. Y florecí con la esperanza y el espíritu de lucha ante los primeros pasos de la democracia; y la primera decepción al poquito de andar, descubriendo que, con la Democracia no se come, ni se cura ni se educa. Nuevamente el ánimo erguido con la promesa del salariazo y la revolución productiva. Volver al legado de Perón. Duró poco, casi nada. El abrazo del riojano con el almirante Isaac Rojas marcaba un largo camino de sometimientos. La frustración, la desocupación y la marginación no disfrutaban de la “pizza con champagne”. La impotencia del remate de nuestro patrimonio, el “robo para la corona” y la oligarquía con los dos dedos en V. Luego el regocijo de la unión de progresistas con conservadores, casi lo mismo. Y… “qué bueno es dar buenas noticias” explotó en las calles y la infamia se fue en helicóptero. La Patria siempre vuelve y la esperanza fue construidas con las manos. Desde donde se cae la gente del mapa llegaba una pareja de políticos dispuestos a hacerse cargo de aquellos sueños truncados. Y me devolvió la esperanza y la fuerza para seguir esa militancia, que nunca había dejado. Salí del infierno de la mano de aquel pingüino y creí alcanzar el cielo. Y mi amor platónico por la Yegua. Salarios buenos, asados y vacaciones, y aire acondicionado y celulares. Pero… sorpresa, llegó la descendencia y la indecencia de la 'Ndrangheta y todo se frustró. Nos dijeron que había que pagar la fiesta por haber vivido dignamente, que teníamos una vida ficticia. Nos empezamos a confundir.
La solidaridad se reemplazó por la meritocracia y la cooperación por la competencia. Pero son principios difíciles de vencer. Por eso le ganamos a la peste y luego a la pandemia, pero la inoculación de odio ya estaba hecha, la dejamos pasar y convirtieron nuestras esperanzas en ilusiones. Y las ilusiones, ilusiones son. No generan ni futuro ni voluntad que pueda modificarlo. Y nos (y me) metimos para adentro e implosionamos de bronca, nos (me) convertimos en militantes amordazados, en monjes sin fe, en consumistas sin plata, en trabajadores pobres y bandera sin Patria. Y la batalla cultural entregada por nuestros propios oficiales. Nos (me) inmovilizamos. Nos ataron nuestras voluntades. Si el neoliberalismo nos había disociado, convirtiéndonos en unos narcisistas, el neocolonialismo nos convirtió en competidores y enemigos en potencia, desvinculados de cualquier proyecto colectivo. Nos (me) hemos transformados en nihilistas, aliviando las frustraciones en el sufrimiento del otro, aflorando la morbosidad y el goce por sentirnos superiores. Por suerte hay alguien debajo nuestro. Necesitamos encontrar a alguien que se sienta peor, para sentirnos mejor.
Poco y nada nos (me) importa lo público, lo que es de todos y todas. Milei y toda la política destructiva es una consecuencia, no el principio de una nueva forma de vida, sino la muerte misma. Nos (me) han convertido en idiotas, pero hicimos (hice) bastante para que eso sucediera. Yo fui el primero que aportó un granito de arena. Me pregunto día a día como salir del letargo, de este aplastamiento con olor a derrota. El primer paso para revertir esta tragedia individual y social, es hacernos cargo, como sociedad, pero principalmente empezando por uno mismo, sin caer en las pavadas de New Age y todas “las espiritualidades” que andan distrayéndonos. Volver a las enseñanzas de “La Biblia” siendo ateo y a las del “Martín Fierro” siendo urbano, para encontrarnos en nuestra humanidad y en nuestra conciencia nacional. Volver a ser lo que fuimos sin ser lo mismo de antes y eso se logra proyectando un futuro que contenga nuestra historia. Algo simple y muy complejo.
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