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“El cliente siempre tiene razón” y como los gobiernos suelen estar entre los mayores clientes de ciertos diarios, éstos acuden solícitos a complacerlos: abundante espacio para la gestión y sus protagonistas, casi nulo para las voces opositoras y nunca una crítica. Este es en buena medida el panorama en el que están inmersos algunos de estos medios -no todos, claro- en la era de la redes y la IA. Para ellos, el destinatario ya no es más el lector sino el que paga, sea un gobierno, un importador de camiones o un vendedor de fideos. Es sencillo: contenido livianito, de “digestión” fácil, nada de problemas ni conflictos. Durante casi tres siglos publicidad e información marcharon juntos pero no siempre mezclados, los diarios vendían noticias, el receptor de su trabajo era el lector y los que querían vender sus productos los ofrecían en sus páginas; a más lectores más publicidad. Pero el salto tecnológico y cierta desvergüenza dejaron eso atrás y ya ni siquiera se disimula. El presente son las redes, donde nadie es responsable de nada y se cultivan el agravio, la falsa denuncia y el odio. En cambio en los diarios, en esos diarios, ya no hay lectores sino clientes. Eso sí, se les brinda una dosis generosa de farándula para entretenerlos.
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