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En el contexto casi selvático que conforma la comunicación en la actualidad, es muy probable que la pregunta más importante sea quién elige. Quién elige qué. Las plataformas constituyen, es seguro, un campo de disputa política que parte de un equívoco. Se denominan redes sociales pero es sólo una autodenominación de las empresas que las diseñan, administran y, por supuesto, lucran con ellas. En realidad, son redes digitales; redes sociales acaso sea algo distinto.
Roberto Samar reúne, en este libro, una serie de artículos publicados en medios de comunicación social nacionales (digitales e impresos), en los que plantea (en algunos casos acompañado por colegas especialistas) los problemas de la comunicación en la era de las plataformas digitales y el reinado del algoritmo.
El material está distribuido en cuatro capítulos que abordan las redes digitales; los discursos discriminatorios; la relación entre comunicación, violencia y punitivismo y la definición del papel del periodismo.
Las redes digitales tienen un alimento privilegiado: los comentarios, las adhesiones (los “me gusta”, las reacciones favorables o no) que construyen contenidos y elaboran perfiles. Esa glotonería está conducida por el algoritmo que genera un menú de instrucciones en tanto diseña un sendero lógico para resolver problemas, dar respuestas, configurar sentidos. Esta “selección de hechos y encuadres basada en nuestras opiniones, placeres y entretenimiento” configura una burbuja, una especie de zona de confort en la que “las personas no se sienten vigiladas, sino libres”. Cita entonces al filósofo coreano Byung-Chul Han, en cuyo libro Infocraciamenciona al “teléfono móvil como instrumento de vigilancia y sometimiento explota la libertad y la comunicación”.
El periodismo está en cuestión desde el momento mismo en que la información falsa parece confundirse con la realidad y tiene, según el Instituto Tecnológico de Massachusetts, un 70 por ciento más de probabilidades de ser difundida que una noticia verdadera.
Ocurre con las redes que “tienden a envolvernos en burbujas en las cuales no confrontamos nuestras opiniones con opiniones divergentes”, explica Fabián Bergero, periodista y docente universitario. Esto implica, continúa, mantenerse en una “zona de confort” lejos de las llamadas “disonancias cognitivas”. Sin confrontar opiniones, concluye, “que dicen lo contrario a lo que queremos escuchar”, resulta “difícil construir conocimiento”.
En el capítulo final, Samar aborda tópicos recurrentes en el periodismo que se ejerce actualmente. De oficio o profesión, pareciera que el periodismo en muchos casos se ha convertido en un mecanismo de operación política en sentido amplio, es decir, ser apenas propaladora de los poderes concentrados de la sociedad. Y aquí, el autor desmonta prejuicios describe, con ejemplos, cómo se construye la noticia, más allá de si responde a los hechos o no. Y demuestra los entresijos de la narrativa oficial que se oculta en el tratamiento de la información en los medios masivos de comunicación.
Por eso alude a la necesidad de mostrar los diferentes puntos de vista, coincidentes o antagónicos. En este punto, recuerda, con Rodolfo Walsh, que la historia oficial ha procurado siempre que los trabajadores no tengan historia, no tengan doctrina, no tengan héroes ni mártires. Cada lucha debe empezar de nuevo, separada de las luchas anteriores: la experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan. La historia aparece así como propiedad privada cuyos dueños son los dueños de todas las cosas”.
Roberto Samar: Pantalla cruel. Redes, derechos, medios y violencias. Con textos escritos junto a Magdalena Alvarado, Pablo Scatizza, Emiliano Samar y Facundo Serrano. Prólogo: Marcelo Medrano. Epílogo: Hugo Muleiro. Neuquén, Con Doblezeta, 2026, 100 páginas.
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